Educación universitaria para los docentes
El «Debate educativo», que aún está activo, trajo una corriente de aire fresco sobre la futura formación docente. Se piensa en la educación universitaria para los futuros profesores y, también agregamos, maestros.
Decimos que es una buena noticia pues queda demostrado en la experiencia internacional que la formación de los docentes tiene múltiples ventajas cuando se realiza en una universidad por sus posibilidades de interconexión de disciplinas y posibilidades de grados posteriores, como así también el ámbito de investigación y múltiple vincularidad de los estudios universitarios. No podemos dejar de lado las posibilidades que presenta a la hora de hacer especializaciones en el extranjero, donde estos estudios se realizan en universidades.
La vivencia de «disminuidos» la experimentaron quienes cuando tuvieron que emigrar con un título terciario no universitario se vieron en dificultades para retomar sus estudios en el nivel que ellos creían lo estaban realizando en «el paisito». Era difícil convencer a otros de nuestra preparación de grado universitario y cuando las exigencias eran serias debimos recurrir a la benevolencia de los anfitriones.
Estamos de acuerdo en que tiene que haber cambios en la educación, parece ser la primera comprobación de este diálogo y es cierto también que hay distintas opiniones o matices en las propuestas.
Estas distintas propuestas existieron y los «matices» existen y es a lo que hay que apuntar para reordenarlos.
Ciertamente, Carlos Vaz Ferreira y Antonio Grompone suponen dos hitos en la historia universitaria y de la formación de nuestros profesores. Ambos generan dos iniciativas que luego de sesenta años de realización no logran tender puentes entre orillas que hoy vemos como concurrentes a un mismo fin, aunque no necesariamente a un fin idéntico.
Debemos mantener las diferencias pero potenciar las similitudes robusteciendo nuestra acción educativa. Máxime en un país de posibilidades restringidas que no puede desperdiciar energías, sino potenciarlas.
Ahora se plantea una Universidad Educativa, bien puede ser. Sin embargo, insisto en repensar las potencialidades que ofrece lo creado: la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, el IPA, los CERP y el IPES.
Si no hay voluntad política de los actores, aunque se vote una nueva ley no se generará una real educación universitaria nacional. Habiendo voluntad política y decisión de los gestores, aunque la ley no exista, se concretará una realidad de posibilidades nuevas. Nos interesa cambiar la realidad, no se trata de tener una ley estupenda que no genere cambios. Peor aún agregar una nueva opción paralela a las existentes. Si estos cambios nos llevan a la necesidad de formular una ley que garantice nuestros logros, BIENVENIDA, pero la ley de por sí no es mágica. La ley no crea las realidades: las garantiza.
Esta instancia de Debate Educativo trajo muchos beneficios y se plasmaron en el papel muchos acuerdos. Como por ejemplo, promover el reordenamiemto educativo basado en el educando, educación para todos y para toda la vida, la necesaria participación de los directores, docentes, funcionarios, alumnos y padres a nivel del centro educativo. Lo mismo que la necesaria formación universitaria para los docentes. Renovar los ámbitos de la autonomía, cogobierno y descentralización.
Parece que las mejores intenciones se frustan si no accedemos rápidamente a la nueva ley. ¿Es así? ¿Es necesario desgastarse en «sacar» una ley, ya? Pienso que la urgencia es cambiar la realidad educativa, ya, con los instrumentos que tenemos a mano (que no son pocos, aunque no todos los convenientes).
Entiendo oportuno para acelerar los trámites de gestión y realizaciones que este tema de la «formación universitaria de los docentes» sea estudiado fuera del actual proceso de propuesta de la Ley de Educación General.
Este asunto requiere una atención especializada y adecuada. Es necesario, a nuestro modo de ver, partir de lo existente y proyectarse sobre un futuro posible. No descarto la creación de una Universidad Educativa, en la medida que recoja, que sume los esfuerzo, válidos, existentes.
Estamos pensando entonces en formar profesionales de la educación y no en enseñantes de los programas vigentes. Pensamos en fomentar vocaciones, estimular créditos académicos y posibilidades de generar especializaciones y nuevas opciones de grado y posgrado.
Escrito este artículo, recibimos del profesor Mauricio Langón una comunicación titulada
¿Para qué formar docentes? que desarrolla aspectos concurrentes con esta nota. Quiero destacar mi acuerdo global con su propuesta que sistematiza documentadamente. Termina proponiendo una «ilusión»: formar un grupo de trabajo que encare este asunto estratégico de la formación universitaria de nuestros docentes.
Felicitaciones por la propuesta y ojalá sea viable y termine en provechosos resultados.
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