Gobierno y comunicación

Mucho se viene hablando de errores, fallas o carencias del gobierno en lo que tiene que ver con la comunicación con la sociedad. Se atribuye a aquel impericia o negligencia en divulgar o difundir su gestión, los logros obtenidos o las dificultades que se presentaron para posponer el cumplimiento de alguna meta.

Sin embargo, como ya ha sido denunciado y analizado por nuestro director en sus contratapas habituales de los viernes, el gobierno –y su oficina de prensa– no son los culpables de que la población no esté convenientemente informada de la marcha de los asuntos públicos. Con la excepción de contadas emisoras de radio y de algunos medios escritos ( LA REPUBLICA, La Diaria y unos cuantos semanarios), el resto de los medios responde directamente a los intereses de las clases dominantes y es fiel vocero del establishment económico y político representado por los partidos conservadores que gobernaron desde los albores de nuestra independencia hasta marzo de 2005.

No es novedad para nadie que los informativos de televisión y de radio, así como los programas periodísticos de dichos medios otorgan notoriamente menos espacio (o mejor dicho, menos tiempo) a los dirigentes de la izquierda, legisladores, directores y autoridades del gobierno en general, que a los líderes de los partidos tradicionales. Este dato de la realidad fue medido con objetividad hace ya unos años, en ocasión del balotaje de noviembre de 1999.

No se trata de ser complacientes ni de escribir ditirambos ni de cantar loas al gobierno. Se trata de ser imparcial –en la medida de lo posible– y de consignar adecuadamente los hechos y los actos de gobierno, otorgando a cada protagonista el tiempo necesario para que exprese lo que tenga que expresar a la opinión pública. Del mismo modo, los programas periodísticos, tanto los de investigación como los de entrevistas que se emiten por los canales de aire y por las emisoras de radio privadas, exhiben por lo general un sesgo marcado que los lleva a magnificar los errores, a minimizar los éxitos y a tergiversar los hechos de mil maneras posibles de modo tal de dejar en el público una imagen negativa de la acción de gobierno.

Es que esas ondas propiedad del Estado y concedidas a particulares son usadas inescrupulosamente por sus concesionarios. El afán de lucro –presentado como el gran motor del desarrollo– prevalece de tal modo en la mentalidad de los propietarios de los medios masivos, que la programación está en función no del interés cultural o de los valores a ofrecer a los televidentes, sino al servicio del interés financiero de los dueños. Es así que ofrecen la peor basura enlatada proveniente de otros países, promoviendo antivalores y embruteciendo a las gentes.

Siendo así las cosas, no es de extrañar que esos medios masivos no estén dispuestos a servir de vehículo de comunicación de un gobierno progresista.

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