Exitos económicos
La política comercial del país está siendo modificada por la vía de los hechos y una porción considerable de decisiones políticas del gobierno. Sin considerar el comercio de servicios, el coeficiente de apertura de la economía coex/pbi- se sitúa en ratios del 40% y el arancel medio del país no es el chileno pero es sustancialmente menor al de la media regional. El movimiento de capitales es libre y más allá de la precaución que tiene el gobierno para que el precio del dólar no se derrumbe definitivamente, el tipo de cambio flexible es una fortaleza que genera ciertas garantías frente a eventuales cambios bruscos en las condiciones del entorno.
Pese a las dificultades fenomenales que le ha generado al país su dependencia de la inflación importada y la relativa debilidad de la política monetaria para enfrentarla, es notorio que el gobierno no ha debido toquetear directamente precios ni intervenir en las canastas generadores de los índices de precios sacrosanto valor de credibilidad y base de confiabilidad. Las intervenciones regulatorias del gobierno sobre los precios a los efectos de no superar los dos dígitos de inflación se han realizado de manera transparente con el correspondiente asiento del costo fiscal. De hecho, cuando las restricciones a la importación, explícitas o implícitas, han generado sobreprecios de productos, estas han sido flexibilizadas y todos hemos aprendido cuán caro y distorsionarte es manejar administrativamente permisos o certificados de importación o exportación concedidos como regalías por el burócrata de turno. Es más, el gobierno ha rehusado incursionar en la regulación administrativa de varios precios que son emblemáticos en el sector agropecuario carne, leche, trigo, entre otros. De tal manera el país productivo ha sido blindado por la cautela y madurez de un gobierno tentado por su ideología y sus propios aprietos políticos y económicos a una intervención torpe en los mercados principales. Esta política no es un símil del liberalismo comercial con apelación al mercado como asignador óptimo de recursos. Pero tampoco tiene nada que ver con el camino adoptado por la Argentina del Menem de los pactos sociales del 89 o del actual gobierno que no sabe ya como hacer para evitar que se faenen vaquillonas selección holando de mil trescientos dólares como vacas de carne de quinientos, porque a los tamberos ya no les interesa seguir invirtiendo en un negocio con un precio de la leche topeado en veinticinco centavos de dólar cuando en cualquier mercado de la región se paga más de sesenta.
Esa diferenciación uruguaya es un ejemplo y un cono de atracción a la inversión externa directa de los argentinos que vienen a producir al país con tecnología y una capacidad comercial desconocida. Algo similar sucede con los brasileños. Los vecinos vienen a producir y entrelazan soberanías, afectos y crecimiento tecnológico con demanda de mano de obra más calificada y abundante. Las ventajas competitivas modernas ya no se refieren a la calidad de los suelos o el acceso geográfico a la vía de salida de la producción. La tecnología resuelve rápidamente este tipo de eventuales insuficiencias. El ejemplo más impactante es el de la siembra directa y el paquete de la soja impulsando una verdadera revolución agrícola en el litoral. Nuevamente, la ventaja competitiva real demuestra ser, esencialmente, la capacidad de mantener las reglas de juego, los compromisos y el fomento real de la inversión en confianza.
Lo asombroso es las dificultades que tiene el gobierno para exponer estas victorias y polemizar, desde los hechos, con quienes lo acusan de subvertir el clima de la inversión generando riesgos de sustentabilidad del crecimiento de mediano y largo plazo. Bien le vendría al gobierno, a la gente y al propio proceso, que la elaboración del discurso oficial sobre la producción destacara estas victorias, capitalizara este esfuerzo y no lo tuviera que insinuar con extraño pudor en ámbitos cerrados, casi avergonzado de sus éxitos.
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