Oribe

Recientemente se han conmemorado 150 años de la muerte de un grande de nuestra Nación. Hemos leído y escuchado trabajos que hacen justicia con el presidente general Manuel Oribe.

Desde un ángulo diferente diremos que pese a toda la riqueza política y a la inspiración patriótica que emanan de Oribe, sobre su figura recayó una pérfida leyenda negra.

Sin embargo no fue sólo el antiguo adversario descendiente del Partido de la Defensa, el que coadyuvo a borrar a Oribe de la memoria nacional; también en su colectividad cayó en desgracia.

Esa situación duro décadas y abarcaba tanto a su figura como a su ejecutoria, de ello poco se habla en los últimos tiempos, pero no fue una ficción aunque lo parezca.

Ello tuvo vigencia hasta que en 1922 el doctor Lorenzo Carnelli, el abogado de los ácratas del «Buen Trato» y líder de la justicia social, publicó su célebre obra «Oribe y su época».

Desde sus páginas comienza una intensa obra de reivindicación oribista, la que más tarde fundamentará con múltiples obras y estudios documentales, uno de los más importantes integrantes del revisionismo rioplatense y latinoamericano, y me refiero al doctor Luis Alberto de Herrera.

En 1922, en el más absoluto bipartidismo ejercido por los partidos históricos de nuestro país y a su vez con tendencias muy marcadas dentro de cada uno de ellos, Carnelli, jefe del Partido Blanco Radical y en polémica con el Partido Nacional, consignaba en su obra:

«Por mucho que con el Programa de 1872, se haya querido crear una nueva y distinta colectividad, con menosprecio de una verdad tan común como la de que estas agrupaciones no se fundan a capricho, puesto que obedecen a causas naturales y a leyes superiores a la simple voluntad del hombre, por mucho que se haya declamado sobre la extinción de las divisas, estableciéndose en aquel manifiesto angular, como un precepto de reacción contra las viejas tendencias, que el nacionalismo «no condena ni glorifica a los partidos del pasado», lo cierto es que nunca se desvaneció del alma de las multitudes ciudadanas que se reunieron bajo esta nueva y antojadiza caracterización, el recuerdo enaltecido de Manuel Oribe».

Muchos años antes «La Democracia», órgano de prensa de los liberales del «Club Nacional, consignaba el 1º de junio de 1872: «Los partidos tradicionales son los principales enemigos de la civilización y el progreso. Ellos se empeñan en mantener viva y ardiente la hoguera de las pasiones que le dieron nombre y origen. Si el Partido Blanco ha muerto con su organización tradicional, con sus símbolos de guerra, con sus programas de lucha, es el Partido Nacional quien ha pronunciado su sentencia de muerte…»

Es más que evidente que Oribe no sólo derroto al tiempo, sino que con terquedad derrotó al Manifiesto del Club Nacional de 1872 y a sus ideólogos.

El pueblo blanco coadyuvó a ello, cabe como ejemplo el que relata la crónica, aquella que en 1925 al asumir Luis A. de Herrera la Presidencia del Consejo Nacional de Administración, la multitud que se encontraba bajo los balcones del Cabildo, vitoreaba a Oribe, siendo que Oribe había muerto 70 años antes.

Sin duda, tal como decía Carnelli, Oribe estaba metido en el alma de su enorme parcialidad.

No puede extrañar este dato, que demuestra la pasión que su invocación despertaba.

Se daba la ironía de que las clases dirigentes del nacionalismo no se reconocían oribistas, pero desde la prensa adversaria se refería al nacionalismo con el apelativo de oribistas.

En realidad el fusionismo, tendencia política importante de la segunda mitad del siglo XIX uruguayo, abjuró de la memoria de Oribe, pero el pueblo pudo más.

En 1898, Luis A. de Herrera publicó «La Tierra Charrúa». Tenía 25 años de edad.

El tenor de esa obra ejemplariza la tendencia que emana del Manifiesto de 1872. Herrera había recibido esa visión política de su padre, Don Juan José, prócer del Club Nacional de 1872 junto a Agustín de Vedia y otros.

Existió por lo tanto un ciclo profundamente antioribista dentro del nacionalismo, sobrarían ejemplos, los que surgen de la colección de la primera «La Democracia» y de profusa bibliografía.

Esas actitudes tuvieron amplia resonancia en nuestra sociedad en el último tercio del siglo XIX y parte de siglo XX.

Eduardo Víctor Haedo le atribuye a Luis A. de Herrera haberle dicho en conversaciones sobre el pasado nacional: «¡Pensar que en la Universidad nos hacían leer en clase el panfleto contra Artigas de Feliciano Sáez de Cavia» y de su padre «haberlo escuchado vociferar contra Manuel Oribe».

No seríamos justos si no consignamos que el Dr. Luis A. de Herrera evoluciono desde «La Tierra Charrúa», a partir del campo de la investigación documental llevada a cabo desde los más importantes archivos de Londres, París, Río de Janeiro, Buenos Aires y nacionales, rectificando conceptos y opiniones, esclareciendo períodos oscuros de la historia nacional y regional. Trabajo para ello sin descanso.

Cuando llegó la reivindicación oribista de Herrera, la misma se afirmó en «Orígenes de la Guerra Grande», «Por la verdad histórica» y «La seudo historia para el delfín», obras categóricas que fueron un codo en la historiografía de nuestro país.

En fin, fue polemizando que se abrió paso la reivindicación histórica de Manuel Oribe.

Don Juan Pivel Devoto decía en 1945 que la polémica no es historia, pero es por medio de ella que se llega a la verdad sobre los sucesos controvertidos del pasado.

Decía Pivel: «Fue polemizando con Berra primero y con la publicación el ‘Sud América’ más tarde, que Carlos María Ramírez ­sin escribir la historia de Artigas­ abrió la posibilidad para que otros lo hicieran, después que él había desbrozado el camino».

La polémica surtió idénticos efectos sobre Facundo Quiroga y otros grandes americanos, sobre quienes recayeron «leyendas negras» amañadas e interesadas.

El tiempo ha ido ubicando a Manuel Oribe a mejor resguardo de la historiografía nacional y de la consideración general, sin duda, en función de que la proyección de su ejecutoria adquiere valor, para acometer el constante desafío que implica definir el quehacer futuro de nuestro país. Por lo tanto para muchos se ha transformado en un referente insoslayable.

En lo personal, hoy como ayer me gusta imaginar a Oribe allá en el río Uruguay atravesándolo sigilosamente junto a sus compañeros, todos con las manos tensas tomando los naranjeros pues la cosa no era fácil, o allí en la cima del Cerrito de Montevideo, señalando rumbos, protegiendo a su país, es decir, siempre al servicio de la Nación.

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