Los desafíos de Cristina K.
Los retos para el gobierno argentino, que encabeza la flamante presidenta Cristina Fernández, podrían resultar mucho más complejos que los afrontados por su esposo y antecesor Néstor Kirchner en su mandato desde 2003. La huelga que le decretaron a pocas horas de asumir los productores lecheros, las amenazas del poderoso dirigente sindicalista Hugo Moyano y la guerra sucia de EEUU y la derecha para abortar la alianza con el socialista Hugo Cávez lo presagian.
En los asuntos económicos, el principal desafío de la primera mujer electa como mandataria en la historia del país será el manejo de la economía y las finanzas que recibe en excelente estado de salud. La presidenta cuenta con una buena herencia dejada por su marido, Néstor Kirchner, o sea, superávit fiscal primario, balanza comercial favorable y deuda saldada con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Además, en sus cuatro años de gestión el mandatario que llegó a la Casa Rosada con la menor votación de la historia democrática argentina (22%) logró reducir sensiblemente los índices de desocupación, pobreza e indigencia con importante inversión social. Programas para la construcción de viviendas populares, la infraestructura vial del país, el sector energético, la educación y la salud se encuentran entre esos esfuerzos reconocidos.
Con todos esos elementos a su favor, el nuevo gobierno -que deberá ser la continuidad del cambio, como se promueve oficialmente- podrá abordar de manera más holgada las tareas inmediatas para intentar consolidar las posiciones conseguidas tras años de desmantelamiento del país que hizo la derecha.
Los sectores más desfavorecidos han acusado cierta recuperación, pero están aún lejos de haber alcanzado los niveles óptimos y se necesita de acciones más profundas para lograrlo.
Lo anterior conlleva a un mayor compromiso político con quienes más apoyaron a Kirchner y dieron en octubre pasado su voto masivamente a quien prefieren llamar simplemente Cristina (el 45,29 %, con 22 puntos porcentuales encima de su más cercano rival).
La tarea no será fácil, dada la complejidad del panorama nacional heredado como consecuencia de la aplicación a fondo de las recetas neoliberales por más de una década.
En materia de derechos humanos, si bien es cierto que se avanzó mucho con la anulación de las leyes de impunidad (1986 y 1987), de los indultos de los años 90, y los progresos en los juicios a ex represores de la dictadura, la justicia es demasiado lenta y hay mucha insatisfacción. Un reflejo parcial, pero llamativo de ello, lo ofreció la Marcha de la Resistencia protagonizada frente a la Casa Rosada por numerosas organizaciones sociales y de derechos humanos, bajo la consigna «Vamos por más». Si bien el eje central de los reclamos a las autoridades fue «más verdad y más justicia», en referencia al pasado, también urgieron por «más salud, más educación, más inclusión y más redistribución de la riqueza», cuestiones sensibles y vitales del presente.
Estos mismos sectores llevaron a Cristina Fernández a la victoria y dejan en claro desde ahora lo que esperan y quieren de su gestión, pues opinan que no hay más razones para nuevas postergaciones.
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