El País no cambió nada
El editorialista de El País del pasado martes mostró toda su hilacha derechista bajo el título «Extraño país». Jugando con los sentimientos de los uruguayos, nos describe ese país que todos tenemos adentro: «Es un país con balcón al mar, con muy pocos habitantes, que produjo hombres y hechos maravillosos, que a través de su prócer máximo proclamó que con libertad no ofende ni teme a nadie. Que fue de los primeros en tener y practicar muchas de las cosas que enorgullecen a las naciones: una legislación social de avanzada, grandes éxitos deportivos, pensadores de fuste, artistas y literatos de renombre, destacados científicos y una modalidad humana cálida que es valorada por cuanto extranjero pisa esta tierra».
El editorialista, casi nos hace llorar de emoción, pero más adelante casi nos hace llorar de dolor y de vergüenza ajena. Es cuando el escriba maquilla a la dictadura y sostiene que ella fue producto de la intervención militar para combatir a la sedición que «lamentablemente se transformó en dictadura militar». «No obstante ello –agrega–, realizó un plebiscito constituyente, lo perdió y, entonces, convocó a elecciones y abandonó el poder».
Para el editorialista de El País la dictadura, a pesar de ser dictadura, tenía en su ADN un cierto espíritu liberal que la llevó a dejar el poder. Para el diario de la dictadura, que en 1980 llamó a votar el SI en ese plebiscito constituyente, no existió la lucha del pueblo uruguayo, ni de Wilson, ni de Seregni, ni de la CNT, ni de los presos, ni de nadie, como factor fundamental de la derrota de la dictadura que terminará de caer cuando Gregorio Alvarez sea procesado y condenado. Y esto va a ser en las próximas horas, aunque a El País le duela y trate de disimularlo.
No conforme con esa visión falsa de la historia, el redactor golpista se lamenta porque «los sediciosos de otrora pasan a ser víctimas y mártires; sus vencedores, en cambio, son calificados como represores y victimarios y perseguidos judicialmente por los excesos que cometieron en el período dictatorial. El colmo no tardó en concretarse: los insurgentes fueron indemnizados y generaron derechos jubilatorios durante su actividad sediciosa». Su «razonamiento» o vómito seriado agrega más elementos a la cloaca del fascismo, cuando sostiene críticamente que «no hay dinero para refaccionar escuelas y liceos ni para terminar las obras del Sodre, pero sí para resarcir a El Galpón, nave insignia del teatro de izquierda en el período predictatorial».
Le molesta que este extraño país se preocupe «de la niñez desvalida deambulando por las calles» pero que a la vez admita toda clase de «mensajes de violencia y de prematuro erotismo». Sólo una mente extraña puede identificar y vincular a la violencia con el erotismo, pero El País hace votos de castidad, como si viviera en la Edad Media, donde seguramente sería de los acusadores de Eloísa y Abelardo, por el solo hecho de ser amantes.
Dentro de los «ejes del mal» coloca al Estado benefactor (atención batllistas), al que define como «protector e igualador para abajo» porque «subestima el trabajo, la creatividad y la competitividad, bases de la riqueza de las naciones desarrolladas».
Está todo dicho: El País no cambió nada, sigue siendo de la dictadura.
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