El año finaliza con una operación de compra de deuda externa que le ha permitido al gobierno avanzar un poco más en la disminución de la vulnerabilidad externa, reivindicar un poco más de soberanía y liberar ocho millones de dólares más para su utilización en el amplio espectro de programas sociales.
Uruguay no es una excepción en el concierto de los países emergentes que, en su gran mayoría han utilizado parte importante de sus excedentes en mejorar su perfil de deuda. A tal punto que las cotizaciones de las deudas “soberanas” se han elevado significativamente como producto de una reestructura de la oferta y la demanda.
El país había amortizado su deuda condicionada y ahora gestiona su deuda soberana con una profesionalidad excepcional. La Oficina de gestión de deuda instalada en el Ministerio de Economía es un hallazgo institucional y profesional construido en la transición del gobierno pasado y formalizado en el actual. En varias oportunidades ese equipo ha logrado utilizar las pequeñas ventanas abiertas de mercados turbulentos y más selectivos para ir reperfilando y amortizando una deuda que se aproxima rápidamente a ratios inimaginables hace poco tiempo. A la salida de la crisis, la deuda neta del país oscilaba en el 75% del PIB. En la actualidad ese ratio ya ha descendido largamente pro debajo del 50%. El perfil de deuda ya ha dejado a las futuras administraciones sin preocupaciones financieras que, eventualmente, las obliguen a tener que volver al mercado internacional en condiciones inconvenientes o, en su defecto, a acudir al endeudamiento condicionado.
Es preciso saber que en estas condiciones Uruguay está a un paso de acceder al investment grade o grado de inversión, categoría que automáticamente lo transporta a un escenario aún más holgado para ensayar un relanzamiento pleno como país soberano, efectivamente apto para comenzar a implementar transformaciones más audaces, proyectadas desde la frontera, hacia fuera y hacia adentro.
Sería una pena que esta oportunidad no fuera utilizada con políticas más ambiciosas, más integradoras en lo social y en lo político. Es probable que recién ahora Uruguay esté en condiciones realmente de concentrar sus activos humanos en la imaginación de una política de estado capaz de aprovechar plenamente una situación espléndida.
El año finaliza pero en el mundo transcurre un continuo de cambios y realineamientos que se suceden con enorme velocidad y profundidad. La delegación del gobierno uruguayo que recorrió Asia ha vuelto con una medida de lo posible que nada tiene que ver con aquella visión resignada con la cual los uruguayos y paradójicamente- la izquierda ha observado durante tanto tiempo el escenario global. Ahora es preciso avanzar más rápido, utilizar las oportunidades y el privilegio de una plataforma más sólida para despertar un entusiasmo social que parecemos haber perdido.
La silenciosa labor de la oficina de gestión de deuda es un buen ejemplo desde el cual rescatar dos requisitos básicos para ir en búsqueda de ese entusiasmo: profesionalidad y audacia.
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