Un presidente con paso libre

Nunca un presidente de Uruguay, como Tabaré Vázquez, tuvo que enfrentar la compleja situación de visitar a la hermana Argentina, en el momento de la asunción de un nuevo presidente, en este caso Cristina Fernández de Kirchner. Compleja situación, porque un grupo de ambientalistas argentinos, que oscilan entre el principismo y el fundamentalismo, han transformado en causa nacional el rechazo a la instalación de la pastera Botnia, en Fray Bentos, territorio uruguayo.

Tabaré, vale nombrarlo por su solo nombre, fue solo, con valentía, como andan los muchachos de La Teja, dispuesto a soportar el agravio, pero con una mirada larga, con visión de futuro, con una clara conciencia de que hay una perspectiva de futuro si es en base a la integración latinoamericana.

En ese solo gesto de concurrir solo, pero concurrir al abrazo de la Argentina, no fue una claudicación porque los problemas circunstanciales con el hermano pueblo se van a superar con el espíritu artiguista, que fue republicano, liberal, integracionista, profundamente radical en materia de justicia social.

La derecha uruguaya, expresada en el diario dictatorial El País, hubiera querido que Vázquez se quedara en su casa o en Anchorena, pero no lo hizo. El Presidente sabía bien que en Buenos Aires la cosa no iba a ser fácil y no sólo por los piqueteros, sino también porque el discurso oficial, por encima de las gestualidades de género, iba a tener un componente crítico. Cristina Fernández fue crítica, pero también fue afectuosa y por momentos elegante. El desafío de los uruguayos, que no es sólo de Tabaré

Vázquez debe apuntar a encontrar un nuevo entendimiento entre los dos pueblos, pero como se ha hecho hasta ahora hay que reafirmar que de este lado del barrio hay un ejercicio inclaudicable de la soberanía.

El futuro no va a ser sencillo, en materia de relacionamiento binacional. Argentina, por razones históricas y culturales, tiene una mayor tendencia que nosotros al nacionalismo a ultranza. Pero Uruguay tiene la suficiente paciencia, la sublime elegancia de un pueblo que no quiere darle cátedra a sus hermanos sobre los comportamientos sociales. Tiene, además, un Presidente sereno, firme, convencido de su andar, que no se quiere apartar de la región, pero que a la vez no entrega el derecho a ejercer su soberanía, porque para eso lo destinó el pueblo uruguayo, su pueblo.

En la región comienza una nueva etapa, con Cristina de presidenta. Hay que aprovecharla, sabiendo que el primer discurso de un presidente nunca es toda la verdad, pero que marca el rumbo futuro.

Ya vendrán en la hermana Argentina momentos de tensiones, porque aún no está claro el rumbo de la economía en el segundo país del Mercosur, después de Brasil.

Nuestro pequeño país, en materia económica y poblacional, deberá actuar con cautela, con perseverancia, con perspectiva de futuro, pero también construyendo una inserción internacional que no rompa con el vecindario, pero que no se ate de manos con el mundo por fuera de la región.

Tabaré mostró agallas, firmeza, postura de estadista, sensibilidad oriental, sentido de hermandad y de visión de futuro. Estamos en buenas manos y no en un irresponsable que por razones ideológicas busca la ruptura con quienes nacimos para tener un destino común.

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