¿Por qué son profesionalmente malos los políticos profesionales?
Nos referimos, por supuesto a los políticos de la situación. Los de la oposición ya mostrarán sus virtudes, o la ausencia de ellas, cuando cumplan su prueba.
En estos días, la nota dominante en gran parte de la sociedad es el malestar provocado por las informaciones acerca del Mensaje Complementario enviado por el Poder Ejecutivo al Parlamento Nacional.
El tal malestar tiene un registro de amplitud tal que abarca desde los jóvenes estudiantes movilizados que se aprestan a ocupar nuevos locales universitarios y los funcionarios judiciales hasta algunos parlamentarios del Partido Nacional que se sienten defraudados por la forma como el Dr. Lacalle condujo las negociaciones con el gobierno pasando por los empresarios del sector salud no mutual, cooperativas de crédito, profesionales y asalariados con rentas superiores a los 30.700 pesos.
El trámite llevado adelante por el equipo económico, el Consejo de Ministros y los legisladores de la coalición ha sido, por lo menos, torpe y plagado de contradicciones, zonas oscuras e indescifrables, a veces, hasta para los propios jerarcas del gobierno.
No creemos que se trate de un problema de capacidad intelectual o de ausencia de dedicación. Hoy, en nuestro país a cargos de gobierno se llega después de una carrera plagada de obstáculos, codazos, zancadillas y pugnas implacables.
En los andariveles demasiado poblados de la «carrera de los honores» dicho esto en sentido metafórico, hay una selección «darwiniana» de los más aptos.
Por eso no creemos que la explicación a tanta torpeza e ineptitud haya que buscarla por el lado de la capacidad intelectual de los operadores políticos.
Pensamos, más bien, que se trata de una problemática compleja que tiene relación con las formas de funcionamiento del sistema político, particularmente los partidos y la institución parlamentaria.
Los partidos no funcionan como instancias de elaboración política y programática. No exhiben un pensamiento propio que aglutine a sus miembros en torno a una causa a la que defienden con convicción y devoción.
No sostienen una visión común, fuertemente sentida, de un proyecto de país, de un horizonte común para todos los uruguayos.
Partidos, como el Nacional o el Colorado, que en otros momentos históricos estuvieron animados por las ideas y los entusiasmos que dimanaban de líderes como Herrera o Wilson, o José y Luis Batlle, son hoy meras yuxtaposiciones de intereses de grupos o de caudillos o caudillitos.
Sin vida ni palpitación interna. Sin debates ni asambleas en las que vibre la convicción política, las estructuras partidarias han devenido, cada vez más, instancias administrativas, pobladas de los plantilleros de los contratos de arrendamiento de obra y de los cargos de confianza política.
Entre los que poseen la soberanía partidaria, a diferencia de lo que ocurría otrora, no hay casi ciudadanos que no coman de la política.
¿Qué criterio propio, qué independencia crítica puede tener un ciudadano que depende de Davrieux para su subsistencia, la de sus hijos, esposas, nueras y cuñadas?
¡Por favor! Bastante hacen los pobres yendo a aplaudir impresentables discursos de sus líderes.
Estos partidos-cohorte, estas formaciones sequitales ¿qué clase de percepción pueden tener acerca de lo que está pasando en la sociedad?
No hay respiración, no hay diálogo, no hay formas de influir y ser influidos por lo que ocurre en la realidad de la economía, de la desocupación, de los desalojos, de la desesperanza juvenil.
En cuanto al Parlamento Nacional también se ve erosionado por estos problemas.
Además, las decisiones del actual elenco de gobierno de usar y abusar del mecanismo de la leyes de urgente consideración tiende a acentuar el divorcio entre el personal político legislativo y la realidad del país, de sus problemas, sus estilos, sus angustias y sus esperanzas.
¿Por qué son profesionalmente torpes los políticos profesionales?
Por qué no usan las instancias –partidarias, parlamentarias– para dialogar con la gente, con sus asociaciones, sus sindicatos, sus aglutinamientos locales y regionales.
Si cuando le toque hacerlo, las fuerzas políticas progresistas actúan también de espaldas al país y a sus organizaciones sociales, también harán gobiernos malos, cosechadores de antipatías y rechazos como está pasando con éste.
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