Firmeza y diálogo
El litigio que mantienen los gobiernos de Argentina y Uruguay por la radicación de la planta de celulosa en Fray Bentos debe necesariamente encauzarse hacia caminos de racionalidad. La responsabilidad es de todos, no sólo de las autoridades –sobre quienes sin duda recae el mayor peso de hallar una salida–, sino también de todos los ciudadanos, de uno y otro país.
Se ha llegado muy lejos en el deterioro de las relaciones que ya trascienden los extremos de la controversia política y legal para alcanzar, y lamentablemente dañar, las relaciones entre los pueblos.
Se está a tiempo de trabajar para que la situación, de por sí preocupante, no se agrave aún más. Para ello se requiere una enorme y sostenida voluntad de ambas partes para que el diferendo gane en voluntad de diálogo, relegando a un segundo plano los aspectos puntuales más irritantes, «encapsulándolos», al decir de la presidenta electa del país hermano.
Diálogo no significa debilidad. Hay que contribuir a que la aguda desavenencia, vista inicial y equivocadamente como un fenómeno de previsible corta duración en el tiempo, vaya superándose paso a paso.
Va a ser un camino largo que tendrá que recorrer diversos escenarios, desde los tribunales internacionales hasta el de poner en práctica una mecánica de convivencia en la diferencia por parte de los gobernantes y los pueblos de una y otra orilla del Plata.
No hay otras fórmulas fáciles ni atajos. Ninguno de los dos gobiernos puede presentarse como el dueño de la verdad absoluta, desdeñando o descalificando los puntos de vista del otro.
Hay quien sostiene que el gobierno y el pueblo uruguayo han sido pacientes en exceso. Creemos que no es así. Cuando de conflictos entre países hermanos se trata, todo esfuerzo pacificador siempre resulta insuficiente.
Los uruguayos no podemos demonizar al movimiento ciudadano surgido en Gualeguaychú, pese a que algunos de las más mediáticas figuras que lideran el injusto bloqueo como forma de protesta, tengan visiones catastróficas que buscan instalar –y por momentos lo logran– en el pensamiento de toda la población entrerriana. Hay que actuar sí en función de los intereses nacionales, pero sin lastimar las sensibilidades de quienes no alcanzan a aceptar que los presuntos riesgos de la producción de Botnia pueden controlarse y neutralizarse con la cooperación y no con el enfrentamiento.
Allá quienes alimentan el miedo por quién sabe qué designio. Pero lo cierto es que el miedo se introdujo en las vidas de los argentinos de la frontera y es un dato de la realidad que hay aceptar y saber manejar.
Somos de la idea que la paciencia y el diálogo son instrumentos idóneos para contribuir a cultivar un espacio hacia el encuentro y no el desencuentro.
Sin dejar de lado la firme defensa del punto de vista uruguayo, que aparece como muy creíble en ámbitos internacionales que miran sorprendidos la naturaleza y alcance de la indeseada situación.
Pero trabajar en silencio –los excesos discursivos nunca son aconsejables– en la búsqueda tenaz de puntos de coincidencia, por menores que parezcan.
Así y sólo así irá quedando atrás lo peor de una realidad que se ha ido de las manos o, al menos, ambos gobiernos no encuentran las vías para superarlo.
En las últimas horas apareció una tímida señal desde la Cancillería brasileña de reconocimiento sobre los inconvenientes que apareja al Mercosur el diferendo pastero.
Bienvenida esa señal por más tarde que haya arribado. Esperemos que se transforme en acción decidida y consecuente en aras del fortalecimiento de las relaciones entre los socios del acuerdo regional. También así se despejarán los legítimos resquemores y desconfianzas que han surgido por los déficits de equilibrios entre los socios más poderosos y aquellos más pequeños.
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