Hay diferencias ideológicas

En el mundo complejo y contradictorio del primer decenio del siglo XXI la izquierda política y social europea parece estar a la deriva. El colapso del comunismo, identificado con el totalitarismo, el atraso económico y tecnológico, creó un vacío que fue ocupado por la ideología neoliberal. Esta, insensiblemente, colonizó a Europa, tanto a los gobiernos presididos por socialistas, laboristas o socialdemócratas como a los demócratas cristianos, algunos convertidos en derechistas. Es decir, colonizaron a las dos familias políticas que históricamente construyeron Europa, desde el Tratado de Roma de 1957. Esta colonización desacreditó a socialistas y socialcristianos, quienes habían sido los responsables de los progresos de las sociedades de bienestar europeas durante cuatro décadas. Las distinciones entre izquierda y derecha se esfumaron y abrieron camino a las políticas neoliberales conservadoras, particularmente en el plano social, recortando algunas de las conquistas políticas y sociales que caracterizaron al modelo europeo de posguerra.

El descrédito de la política -y de los políticos sin convicciones

firmes-, la utilización generalizada del marketing político y el

advenimiento de las democracias mediatizadas al servicio de intereses económicos, restaron representatividad al Parlamento, disminuyeron el peso de los partidos políticos -como si no contaran las diferencias entre ellos- y debilitaron el movimiento sindical, dejando paso al populismo, que ya en la antigua Grecia significaba tiranía.

Afortunadamente el neoliberalismo, como ideología global, también está en decadencia, particularmente en América del Norte, como lo demuestra el desprestigio de la administración de George W. Bush. Al mismo tiempo, el fenómeno de la mala reputación de la política y de los partidos se comprueba en toda Europa, donde el economicismo manda y el dinero es rey. La solidaridad es un valor escasamente cotizado en sociedades extremadamente individualistas, sin ética ni principios, en la que cada uno se las arregla como puede.

La izquierda tradicional y la nueva izquierda navegan sin rumbo claro, sobre todo en términos europeos.

Lo que sucede en Francia, donde el presidente Nicolas Sarkozy pesca en aguas socialistas al compás de políticas erráticas y populistas es verdaderamente una vergüenza.

Recientemente, el semanario francés Le Nouvel Observateur se preguntaba, a propósito de un libro de Bernard-Henry Lévy «¿Es posible aún ser de izquierda?», y continuaba. «¿Todavía tienen sentido las diferenciaciones ideológicas?»

La respuesta no admite dudas. Hoy las diferencias ideológicas tienen más sentido que nunca. Ser de izquierda, para un europeo, no sólo es tener un pasado coherente, antifascista, anticolonialista, es también estar a favor de una democracia económica y social, no de una democracia liberal. Es luchar contra las desigualdades sociales, ser partidario de una Europa política y social capaz de ser solidaria con todos sus integrantes y con todas las regiones del mundo donde se sufre. Es apoyar las grandes causas de la defensa del ambiente, de los derechos humanos y de la igualdad de todos los seres humanos independientemente de sexo, opción sexual, raza, religión o condición social. Es defender la primacía de la política sobre la economía y de la ética contra la mezcla explosiva de los negocios y la política, es ser tolerante y aceptar a quienes son diferentes de nosotros, el multiculturalismo y el laicismo, o sea la separación del Estado y las iglesias. Es identificarse con un sistema capaz de corregir las desigualdades, con un Estado de Derecho y un Estado intervencionista particularmente en las esferas de la salud, la justicia, la enseñanza y el conocimiento. No parecen diferencias de poco monto entre izquierda y la derecha.

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