Si existe Dios
Homenaje al Cro. Milton Freire, preso político en el Penal de Libertad (nro. 568), entre 1972 y 1982, fallecido el 26/11/2007.
Como una pluma se eleva después de una breve flexión de las rodillas y queda suspendido en el aire; su brazo derecho se dobla sobre su cabeza y los cinco dedos de su mano apenas con las yemas sostienen la pelota; la muñeca se pliega hacia atrás, la pelota ya está equilibrada entre el pulgar y el resto de los dedos; los ojos celestes están clavados en el centro del aro mientras a todos nos parece que ha quedado detenido eternamente allá arriba en lo más alto de su impulso; la muñeca, finalmente; lanza la «spalding».
El dicho popular afirma que cuando nos morimos, todos pasamos a ser buenas personas. Yo no lo creo, en todo caso hablo o escribo de los buenos. Milton -el «Carita»- Freire no sólo era de los buenos, era de los mejores y no me estoy refiriendo a sus dotes de eximio basquetbolista, sino a sus valores como hombre, amigo, compañero y militante.
Derrochó coraje, solidaridad y optimismo a través de diez largos años en el Penal de Libertad durante la dictadura.
En el primer piso sector A -como en el basquetbol- cubría, tapaba, habilitaba, ordenaba, definía la estrategia y la táctica y la lideraba, hasta que lo señaló el artero dedo de la delación y fue a parar con el colchón y sus petates al segundo piso, el piso de los «peligrosos».
Esto no modificó su comportamiento; al contrario, redobló el trabajo y la militancia y parte de este trabajo fue la «escuelita» de basquetbol; tenemos que pensar en 50 hombres presos saliendo media hora al recreo en una cancha de básquet corriendo desesperados tras una pelota sin ningún tipo de fundamentos: un caos. Entonces el «Carita» Freire comenzó a dedicar 10 o 15 minutos de cada recreo a enseñar el doble ritmo, a picar la pelota, a rebotar, a pasarla, a pensar antes de tirar -y no estoy hablando de minis ni de cadetes, hablo de hombres que necesitaban quemar energías, correr, descargar, borrar «rayas» – pero para algunas cosas primero hay que aprender y muchos, de su mano aprendieron.
Del deporte en el Penal nadie ha escrito y es una verdadera lástima; a lo largo de trece años tan sólo hubo dos campeonatos interpisos, el primero entre diciembre de 1974 y enero de 1975, el segundo en la primavera de 1976. Se compitió en tres deportes: fútbol, básquet y voleibol. Después vino la compartimentación -interpisos, intersectores, interceldas- más criminal que uno pudiera imaginarse, pero en esos dos campeonatos muchos sargentos perdieron fortunas apostando por sus pisos, otros ganaron, pero los que más disfrutaron fueron los compañeros que estaban alojados en las celdas que miraban hacia las canchas; a su vez desde la cancha uno veía las cabecitas rapadas ocupando el recuadro oscuro de todas las ventanas de la celdas los días de campeonato.
Esos compañeros son testigos de partidazos hoy ya legendarios en la memoria del Penal, como la lucha a brazo partido de Bernardito Larre Borges contra el «Carita» Freire en el primer campeonato.
La dirección del Penal consideró que los campeonatos interpisos eran peligrosos y los cortó, los proscribió, los censuró, los condenó, los declaró indeseables. Les quitó a los presos la posibilidad de deleitarse visualmente con aquellos enfrentamientos, estaba prohibido ver una faja, una bandeja, un gancho o la elegancia del jump shot, de aquel tiro saltando desde la punta izquierda de una cancha de vitumen podrido, resquebrajado y agujereado lanzado por Milton Freire -como si estuviera en el Cilindro Municipal- que inexorablemente llevaba destino de red, no sé porqué digo red, los aros del Penal nunca tuvieron red, pero la imaginábamos.
Estaba parado en la cabecera del puente sobre el río Santa Lucía aquel ya tan lejano como inolvidable 10 de marzo de 1985 cuando salimos los amnistiados y nos iba sacando de los autos uno por uno para abrazarnos, recibía a sus compañeros, a sus aprendices de basquetbolistas.
Ya no creo en verdades absolutas, tal vez porque estoy medio viejo, así que por las dudas me dejo una puertita abierta, en este caso, si existe Dios, estoy seguro que el flaco Freire quedó detenido allá, bien arriba de su salto, en lo máximo del impulso de su corazón generoso, suspendido en el aire como una pluma, encestando para siempre en el tablero del cielo. Eternamente.
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