La desigualdad

¿Qué significa vivir en América Latina, la región más desigual? De cada cien niños que nacen en Suecia, sólo el 0,5% muere antes de cumplir un año. En Bolivia, entre niños de madres con poca educación la cifra asciende al 10%, veinte veces más.

Un niño no elige los ingresos del hogar en que nace, ni el lugar, ni la educación de sus padres; pero en la región, son determinantes en su destino. Así, aunque la democracia ha hecho un gran esfuerzo por aumentar el número de matriculados en primaria (que supone más del 90%), el 50% no termina el ciclo. Entre el 20% más pobre, sólo el 12% finaliza la educación secundaria, y sólo el 0,9% finaliza la Universidad a pesar de ser gratuita. Operan las trampas de desigualdad. Los niños pobres desertan en primaria porque deben trabajar (20 millones de menores de 14 años trabajan), están desnutridos (el 16% tiene una talla menor a la que debería tener de acuerdo a su edad) y vienen de familias desestructuradas por la pobreza. Sólo tres de cada diez hijos de padres que no terminaron la primaria finaliza la secundaria. Sin esta educación, están condenados a formar parte de la economía informal, donde no tienen crédito, apoyo tecnológico y protección social, y ganan muy poco. En 1990 un trabajador formal ganaba un 60% más que uno informal; hoy es un 72% más.

Por otra parte, un 25% de los jóvenes no forma parte del sistema educativo, ni del mercado laboral, y en muchos casos sus familias se desmembraron. Están fuera de todo marco de integración.

La desigualdad es decisiva para entender a América Latina y para poder actuar con efectividad sobre sus enormes niveles de pobreza (38,5%, 205 millones de personas).

La desigualdad de América Latina, donde el 10% más rico tiene el 48% del ingreso, y el 10% más pobre el 1,6% es caracterizada por diferencias notorias en el acceso a tierra, salud, crédito, educación de buena calidad, agua, instalaciones sanitarias, Internet y otras áreas…se paga muy cara. Viola la ética común a todas las cosmovisiones espirituales que proclaman la dignidad e igualdad de todos los seres humanos. Impide, además, que la pobreza se reduzca más allá de ciertos límites. A altas desigualdades, el crecimiento tiene un impacto casi nulo sobre la pobreza. Congela la movilidad social. Estrecha los mercados internos, hace que la tasa de ahorro nacional sea muy baja, fractura la cohesión social y atenta contra la eficiencia de la economía. Los latinoamericanos saben hoy que el hecho de que casi la mitad tenga que resignarse a vivir agobiada en un continente tan rico potencialmente y que unos pocos en cambio tengan el nivel de vida de las metrópolis más ricas del mundo, no supone un juego limpio.

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