Confesiones y precisiones sobre el FA, el PCU y el voto en blanco
«En las elecciones internas de 1982, en plena dictadura, el voto en blanco propiciado por el general Seregni desde la cárcel, no fue aceptado por todos los grupos, y los que participaban en la Convergencia Democrática junto a Wilson Ferreira, como el Partido Comunista y el Partido Socialista, no compartían ese paso en aquel momento», escribió en LA REPUBLICA, el pasado martes el senador Rafael Michelini, dentro de una muy buena nota titulada «Izquierda: razón y corazón».
Antes de entrar en tema quiero destacar que tengo un profundo afecto por Rafael, fundamentalmente por su permanentes actos solidarios con los perseguidos y con mi familia y porque mis primeras andanzas juveniles, de adolescente crecido, fueron junto a su padre en la Lista 99 del Partido Colorado. Agrego, además, que me siento amigo del Chicho Michelini, uno de los hermanos de Rafael.
Hechas las salvedades, me quiero referir a la actitud del Partido Comunista en aquellas elecciones internas y sobre su postura sobre el voto en blanco, que no están abarcadas en las pocas líneas del Rafa.
Yo no puedo decir qué se discutió en el Comité Central del PCU sobre ese tema, porque nunca pertenecí a él. Sí puedo decir sobre las orientaciones que nos llegaban a México y sobre la actitud de los comunistas que vivíamos en el país azteca.
Tengo la profunda impresión de que el Comité Central del PCU en el exterior impulsó la posibilidad de que los frenteamplistas nos manifestáramos con el voto dentro de las corrientes progresistas de los partidos tradicionales, particularmente a favor del wilsonismo. Pero a la vez, tengo la absoluta convicción de que desde México, la cuna de la Convergencia, muchos queríamos eso.
Personalmente trabajé para ello e intenté influir sobre compañeros de la clandestinidad en nuestro país, compañeros comunistas que creían que había que votar en blanco, al igual que el compañero Seregni. No tuve éxito.
Desde el exilio, cosa que muy poca gente entiende, existían cientos de vías de contacto con el país, pero no hay que creer que todo era orgánico, disciplinado y estructurado. Yo fui destinado por el PCU de México a informar de nuestras posturas a un grupo de dirigentes de la clandestinidad, mientras mantenía un buen diálogo epistolar con el dirigente colorado Carlos Walter Cigliuti, quien había sido mi vecino y mi profesor de historia en Canelones.
Confieso que trabajé arduamente para que el FA votara al wilsonismo y por tres razones: a) porque queríamos influir en la conducción de los dos viejos partidos tradicionales; b) porque entendíamos que al mezclarnos con la campaña del electorado blanco íbamos a «legalizar» a centenares de muchos militantes clandestinos comunistas, que militaban con grandes dificultades en el país; c) porque no nos habíamos apeado de la idea de que a la dictadura se la tiraba con la unidad y convergencia de todos los sectores democráticos.
En aquellos días se nos dijo, quizás con razón, que eso podía debilitar al Frente Amplio. Nosotros, con la misma preocupación, creíamos que si los frenteamplistas no se mezclaban con los progresistas blancos, podíamos quedar fuera de la historia y del relacionamiento con el pueblo uruguayo. Temíamos que el clima electoral aislara a los compañeros que actuaban en la clandestinidad.
En aquel debate a distancia –no había mail, celulares, ni Internet y sobraba represión–, terminó primando la postura del querido general Líber Seregni, quien en el marco de la lucha contra la dictadura entendió que había llegado la hora de separar «a los bagres de las tararias».
La postura de Seregni resultó ser la mayoritaria, pero no sólo fue la de Seregni, también lo fue –justo es reconocerlo– de los compañeros que dirigían la lucha dentro del país, fueran comunistas o no.
Antes de finalizar, dos acotaciones. No hubo nunca, desde el exilio, un solo llamamiento a votar al wilsonismo en las elecciones internas. Recuerdo, incluso, una reunión de militantes del PCU latinoamericanos y del Caribe, realizada en la Universidad Obrera «Vicente Lombardo Toledano» de México, donde resolvimos por unanimidad impulsar y apoyar el voto en blanco, porque eso era lo que había resuelto el FA en el interior del país. Tiempos de lealtades que Oscar de los Santos desearía tener en el FA de Maldonado, cuando la unidad de acción le es esquiva.
Incluso, personalmente, una de las tantas cartas que envié al país fue dirigida a la casa de mi padre que recién había fallecido en México (mi hermano creyó que yo había enloquecido cuando vio mi letra en el sobre, pero de inmediato entendió que se la dirigía a nuestro padre para no comprometer a nadie. La carta decía algo más o menos así: «Votá en blanco, 1001 Frente Amplio. Raúl».
La otra aclaración que quiero hacer, que por lo general no se evalúa bien, es que comunistas y socialistas, también el Gau y otros, llegamos a construir la Convergencia Democrática en Uruguay después de haber reconstruido en el exilio a la CNT, la FEUU y el Frente Amplio, que encabezó Hugo Villar en el exterior. Nadie vio a la CDU como sustituta del FA: sobre esto pongo las manos en el fuego.
En ningún momento las discrepancias con Seregní fueron sobre si el FA debía existir o no, porque en eso los comunistas de aquella época –los de adentro, los de afuera y los de la cárcel — estuvimos siempre absolutamente de acuerdo y lo demostramos en los hechos. La diferencia estuvo en cómo hacerlo: Seregni prefirió el voto en blanco, mientras que el PCU se inclinó, en principio para trabajar por la posibilidad de votar al wilsonismo. Pero el PCU no dejó solo a Seregni y votó en blanco.
Se me podrá decir que allí está el Frente, que está en el gobierno y que va a seguir construyendo patria, cambios y avances democráticos. Ante la evidencia de los hechos, mis respetos: porque en política sólo valen los frutos. Pero, agrego, que aquella estrategia que yo creí conveniente también era correcta, aunque quizás más peligrosa que el voto en blanco para los intereses del FA, aunque hoy no pueda confrontarla con la realidad.
Esto lo conversé con Seregni alguna vez en Costa Azul y ninguno de los dos cambió de opinión, lo que no limó el respeto que siempre tuve por él. Más cuando fue artífice fundamental del Club Naval, la mayor obra política del General del Pueblo y de la izquierda.
Eran otros tiempos, esos, los de las lealtades. Sin duda.
* Maestro por vocación, periodista por necesidad.
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