Oribe: 150 años
Referirse a Oribe es exponer sobre el serno lo más profundo y puro de la historia de la patria vieja. El prócer Artigas creó la idea nacional de país y ciudadanía. Oribe y Lavalleja la materializaron en la patria soberana y libre. Sin ellos no hubiese habido patria ni Partido Nacional en el caso específico de don Manuel. Su trayectoria hoy, a los 150 años de su muerte (12/11/1857), marca más que nunca una secuela ideológica permanente en su vida y aún vigente.
No hay contradicciones ni actitudes bastardas en sus luchas contra los imperios de la hora por unanimidad. Contra los españoles, franceses, ingleses, portugueses, brasileños y porteños unitarios y colorados, financiados y respaldados por las potencias imperialistas europeas. Su respeto por la Constitución y la ley e integridad de su patria Uruguay, también lo es por la independencia americana. Fiel a su nacionalismo conceptual que llevó a cabo desde sus comienzos como joven oficial con su hermano Ignacio, en la lucha libertaria contra los godos imperialistas del gobernador Elío que los expulsa con toda su familia de Montevideo (1812).
Tiene su pico glorioso en la cruzada de los Treinta y Tres como segundo jefe, pasando por una presidencia ejemplar, prosiguiendo en la Guerra Grande como comandante en jefe de las Fuerzas Federales Argentinas (general invicto) en lucha contra los unitarios imperialistas (ingleses, franceses y lusitanos) y culminando con la pacificación, a riesgo de su propia vida, al volver a la patria proponiéndole a Venancio Flores un acuerdo de gobierno de consenso (Gabriel Pereira) por el bien de sus hermanos orientales. Se puede asegurar sin error que es a partir de su gobierno que la patria funciona como un Estado organizado.
Hereda un caos administrativo con un default de $ 2.200.000 de déficit para la época impagable. Al decir del historiador Mateo Magariño, se dedica con pasión y prolijidad fanática a todo el armado del Estado incipiente. Lográndolo en apenas 3 años y meses, enfrentando los levantamientos canallescos de Rivera (batalla de Carpintería 1836) ganada por su hermano Ignacio con el apoyo del propio Lavalleja al mando del ala derecha del ejército patriota. No obstante ese triunfo, cae posteriormente su gobierno por el acuerdo vesánico del traidor Frutos aliado con los imperiales brasileños. Años después, Juan Carlos Gómez, enemigo colorado feroz (1872), decía al respecto de este período: «El caudillaje enciende la guerra civil en 1836 bajo un gobierno (el de Oribe, es obvio) que respetaba la ley, administraba con escrupulosidad los dineros públicos, que ningún derecho atacaba, fomentaba la educación popular, tributaba a consideración de los talentos y las luces y hacía alarde de modestia republicana y cultura de procederes».
Esto dicho, insisto, por un reconocido enemigo emblemático. Y nada menos que Andrés Lamas, siniestra figura histórica colorada, firmante de los vergonzantes tratados con Brasil, quemados por Atanasio Aguirre y don Juan José de Herrera en la plaza pública, en carta a Melchor Pacheco y Obes: «¿No vio usted, no tocó, como toqué yo con el alma despedazada, todo lo que habíamos perdido en la sustitución de la administración de Oribe?» ¡Sin comentarios! Vale además señalar el sentido de igualdad entre orientales en su específica y muy personal resolución de abolir la esclavitud.
Verdadero mercado de seres humanos brutal en función o selección del color de la piel de cada uno. Termina de cuajo con el comercio que financiado por los imperios europeos en sus buques negreros, seguía con la venta miserable de vientres humanos de «pingües» beneficios para la canalla esclavista criolla con el imperio norteño, socios todos de espurias ambiciones riveristas. Fue proverbial su esfuerzo, dedicación y logros obtenidos en materia de cultura.
La fundación de la Universidad, refundación de la Biblioteca Nacional, originaria de Larrañaga, destruida por un voraz incendio y depredada por tropas brasileñas lo que restó (1838), sin perjuicio de la incipiente red de Escuelas Rurales y Departamentales, en función de la contratación de maestros y organizaciones religiosas católicas, quienes cubrieron la indispensable necesidad para un país incipiente.
Organiza el Correo Nacional, arma la Administración estatal y nivela la economía que el gobierno de don Frutos dejó con un déficit antes mencionado, y que a su caída, él deja en superávit. Buena y fundamental cosa es resaltar su respeto a la Constitución y a la ley emanada de la voluntad libre de los ciudadanos. Cuando el gobierno de la República era ejercido por Rivera, Lavalleja intentó en tres oportunidades y respeto. Pero sí, su visión de estadista sin perjuicio del respeto a la legalidad, le indicaba que los quiebres institucionales en un país recién nacido con muy precarios recursos defensivos, seríamos «pasto» seguro de las ambiciones imperiales brasileñas y porteñas, que hasta hoy no ocultan sus ansías de conquista. Su grandeza visionó que era preferible soportar el término del mandato del «Padejón», que desaparecer del mapa político como Estado brasilero o provincia porteña.
Después de la Batalla de Arroyo Grande (1842), donde «palicea» a Rivera que huye en mangas de camisa a lomo de caballo dejando en el campamento su uniforme, las armas y hasta el propio sable, y por supuesto abandonando su gente y tropa que debió proteger, (César Díaz «Memorias» Tomo 1), sitia Montevideo durante ocho años. Que resiste con el apoyo permanente de las flotas inglesas y francesas acantonadas en la rada capitalina y las tropas bastardas coloradas unitarias. Instala su gobierno en el Cerrito y dirige la República, menos Montevideo, con equidad y sobriedad republicana.
Designa a título anecdótico, la calle principal (hoy 8 de Octubre) del Pueblo de la Restauración o Unión su capital de hecho, con el nombre de General «Don José Artigas» en homenaje, primero al país, a su antiguo y glorioso jefe. Finalmente, con la traición del entrerriano Urquiza después de la Batalla de la Vuelta de Obligado, donde Rosas derrota definitivamente a los imperios europeos que retiran sus flotas (Guerra Grande), los colorados asociados con el imperio brasileño que invade la patria por el norte con dos ejércitos, sumado a los unitarios argentinos (superan los 26.000 hombres), derrotan a Oribe. En las elecciones siguientes, se elige a Giró que lleva como ministro de Guerra a Venancio Flores que en la realidad detenta el verdadero poder. Giró lo deporta a Barcelona.
A partir de allí es donde culmina tal vez, con el acto entre otros de su rica personalidad, de mayor grandeza y desprendimiento personal. Vuelve en 1855 a riesgo de su vida a pacificar el país.
Desde el buque el patriota le ofrece a Flores un pacto (De la Unión) para formar un gobierno de consenso entre los dos grandes partidos. Connotados historiadores aseguran que Flores, ante las realidades de la hora, le ofreció la presidencia, que don Manuel rechaza por la paz de la nación. Actitud que obligó moralmente a Venancio a imitar. Optaron por Gabriel Pereyra, que había sido vicepresidente de Rivera. Se retira a su quinta del Prado ya aquejado de una grave tisis, enfermedad mortal de la época.
Muere el 12 de noviembre de 1857 y su última voluntad en su agonía póstuma fue ordenar cubrir con sus bienes las deudas de su finado amigo, Norberto Larravide (en la Unión), que dejó a su viuda con 10 pequeños hijos en la ruina y a punto de rematar su casa. Un acto muy puntual, pero que demuestra la grandeza de su espíritu superior. Su carrera militar fue de una eficacia contundente.
Apoya la revolución libertadora contra España y son expulsados por el gobernador Elío de Montevideo con toda su familia, se une a Rondeau. En la Batalla de Cerrito con su hermano (20 y 17 años) son recomendados para seguir estudios militares superiores en Buenos Aires. En 1814 se integran al Segundo Sito de Montevideo, conquistando la ciudad el 20 de junio de 1814 con el grado de teniente, siendo
nombrado ayudante del general Estanislao Soler. Se une a las tropas artiguistas como capitán de Artillería al mando de Otorgués. Acompañan los hermanos, a 36 oficiales superiores encabezados por el coronel Rufino Bauzá (1817) jefe del regimiento de libertos, opuestos a la designación como comandante del ejército a Rivera por Artigas. No como oposición al prócer, sino como discrepancia sustancial con el mando otorgado con el pardejón, de quien se niegan a recibir órdenes. Artigas así lo entiende y los deja ir. No sin antes advertirle a don José de futuras traiciones de Frutos, concretadas años después con la famosa carta al entrerriano Ramírez.
En 1825 triunfa en la Batalla del Cerro, lucha en Ituzaingó y respalda a Lavalleja en el movimiento federal de octubre de 27. En el 28 persigue a Rivera, pero consigue una pacificación en la que interviene el sobrino del pardejón, Bernabé. Contrae enlace con su sobrina, hija de su hermana mayor María Josefa (alias). La tupamara de destacada militancia en el Sitio de Montevideo. Y con la cual tiene 4 hijos, 3 niñas y un varón que acompañó a su padre en la revolución y de mayor se estableció en Barcelona.
Los triunfos después de la Batalla del Cerro son significativos. Sin perjuicio de Ituazaingó y Sarandí al frente de una de las alas, es de señalar Casavalle donde vence a Rivera, como los destacados y relevantes triunfos, siendo comandante en jefe federal en la Guerra Grande, Famailla y Quebracho Herrado, terminado con el cruel unitario general Lavalle ejecutor y asesino de Dorrego (amigo personal). Ni olvidar la Batalla de Arroyo Grande donde vuelve a vencer a Rivera.
Se puede parafrasear con Napoleón, que sostenía que todos sus triunfos militares y conquistas imperiales quedaban apocados ante la creación de su famoso código, lavando las circunstancias y personajes, se puede sostener también con don Manuel, que son las grandezas de sus principios y conductas como las que emblemáticamente en Carpintería mandató llevar en las frentes de sus hombres, la divisa como lema «Defensores de las Leyes», contra el despotismo y la arbitrariedad criminal, su mayor grandeza. Esencia ideológica futura de su partido blanco. Banderas de libertad y soberanías de estas patrias americanas, contra las ambiciones depredatorias imperiales, que junto con su honradez administrativa han sido la característica más relevante con la que el libertador Manuel Ceferino Oribe Viana entró en la inmortalidad y permanece vigente como prócer y hombre de Estado. *
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