Etica, realidad y medios
Nunca como ahora se han dedicado tantas líneas a los medios masivos de información en tanto productores y reproductores de la realidad, ya sea a través de la literatura o el periodismo, productos ambos del trabajo de especialistas en estas tareas, cuyo final que se convierte en principio es el establecimiento de la comunicación de quienes les siguen. Corroborar lo anterior es tarea sencilla si pensamos en el marco bajo el cual surge este texto o si revisamos el acontecer nacional: los medios y sus especialistas hablando cada vez con mayor preocupación y seriedad de nosotros mismos. La discusión, desde quienes a través de la academia o de la profesión nos involucramos en su análisis, siempre ha tenido como punto de partida y tesis final la crítica institucional: ellos nos dominan, ellos nos dicen qué hacer, ellos nos dicen cómo debemos portarnos, ellos nos dicen lo que es correcto y lo que no; en síntesis: ellos, los medios masivos de información, nos dicen cómo debemos pensar y acerca de qué.
Las miles de páginas dedicadas al tema en los últimos 50 años han pretendido, tácita o explícitamente, revertir la tendencia mediática hacia una que atienda las necesidades de los públicos a quien se dirige. Poco o casi nada se ha logrado. Lejos de equilibrar la balanza mediática esa balanza en la que empresas y espectadores vean cubiertas sus expectativas y alimentadas sus aspiraciones-, en el siglo XXI la balanza está más descompuesta que nunca.
Pero hoy, desde el pensamiento relativista hasta el absolutista, se reconoce a la Ética como principio clave en el desarrollo de nuestras acciones, incluidas y obligadas las comunicativas.
Mentir, engañar, deformar, ocultar, cambiar, alterar, convierten a lo comunicativo en acción antiética. ¿Mienten, engañan, deforman, ocultan, cambian, alteran los hechos aquellos que hacen periodismo?, ¿son seres antiéticos per se? Hace tiempo millones de seres humanos dejaron de creer que el mundo es dicotómico, aunque suman otros tantos millones los que aún lo perciben así. Nunca un todos pero jamás un ninguno.
Periodismo antiético lo hacen los hombres y mujeres de la profesión con objetivos inconfesables, quienes obtienen prebendas políticas o económicas, unos cuantos que utilizan la pluma simplemente para tomar dictado de aquello que se les indica, los que esperan recibir una mejor posición en su diminuta esfera de poder, los que han dejado de creer en el concepto de público, aquellos a los que el lector no inspira respeto alguno. Se sabe quiénes son, el rumor los atrapa y la duda sobre sus dichos permanece. Creemos que son necesarios para validar el trabajo de los otros, muchos, que son ajenos a juegos como los descritos. El conflicto radica en aquellos desconocedores de la relevancia de su rol, a los que nunca podríamos calificar de antiéticos sino de ignorantes de la Verdad: Es en estos hombres y mujeres en donde se anidan los más grandes problemas. Muchos de ellos, periodistas muy conocidos, no han hecho consciente su papel de constructores de la realidad del espectador. Las razones: necesidad de un salario, velocidad de una profesión: Este tipo de periodista desconoce -por una historia personal- a la sociedad a la que pertenece, a la que «sirve» e «informa». Si no está cerca de su lector, en un ejercicio real de atención a sus preocupaciones ¿cómo transmitir la realidad del espectador desconocido? Cientos de voces apelan a la normatividad desde la ética de la labor periodística pero antes sería necesaria una formación integral dentro de la cual está la Ética.
Simplificando mucho, podríamos resumir que el quehacer periodístico de hoy asume tres premisas clave: 1) En el sistema de libre mercado en el que vivimos, el receptor de la información, como colectivo, es quien, a través de la compra de las noticias, dicta al medio de qué quiere que se le informe, configurando qué se constituye en noticia y, por ende, en realidad social. 2) La función del medio de comunicación de masas es hacer de árbitro o mediador entre las distintas fuentes que pugnan para que sus acontecimientos se conviertan en noticias, y su función ideal sería la de intermediario entre las demandas sociales y los dirigentes. 3) Según estas coordenadas, existen acontecimientos que son, en sí, más noticias que otros, según una lógica interna .Pero debemos reparar, nunca como justificación sino por entendimiento del fenómeno, en que estos constructores de la realidad social forman parte de un ente organizacional cuyos fines se asientan en el cerebro ideológico de la empresa mediática, si es que se tienen. No perdamos de vista que las empresas privadas dedicadas a la emisión de información son precisamente eso: empresas privadas, así que el primer objetivo declarado o no- es hacer dinero o dicho de manera más elegante: la rentabilidad, que depende de las condiciones de compra del espectador.
social .Y de inmediato pensamos en la Ética de esos que están en la otra parte del proceso: jefes de información, productores de espacios informativos, dueños de estaciones mediáticas. Ética de negocios y ética de la información. ¿Pueden estos conceptos compuestos competir contra el rating? «Ellos» son quienes -solamente en un primer momento- deciden lo que habremos de ver.
Construyen la realidad con tan solo apretar un botón que exhiba las imágenes que nos han cocinado a lo largo del día: muertos por el mundo producto en el pasado de accidentes espectaculares y en el presente por culpa del terrorismo, escándalos en video por dineros (mal) repartidos, una ciudad violenta en todos sus rincones, una estrella exculpada por la prensa mas no por sus detractores… mientras el espectador, lector, perceptor, lo cree o parece creerlo.
Es tiempo de formar en el lector, espectador una percepción ético crítica respecto a su realidad primero para luego aterrizarlo en la realidad mediática y otras realidades más.
Retomar la agenda de medios asimilándola a la realidad de la que parece estar divorciada, pero con la intención de ampliarla y hacerla más compleja, menos reduccionista de los tres o cuatro temas que dominan la discusión doméstica nacional. El ejercicio arranca en cuestionar al lector con asuntos como ¿se parece eso que ves en los medios a aquello que te sucede en el día a día? No se trata de orillar a nadie a dejar de consumir las realidades mediáticas en tanto ofertantes de un entretenimiento a veces único en sociedades sin amplias posibilidades, por cuestiones financieras o simple desconocimiento.
¿Hasta cuándo y hasta dónde va a permitir este perceptor, público, espectador, lector, el avance mediático? *
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