Tanática salud reproductiva
Cuenta Félix de Azara, en su «Descripción del Paraguay y Río de la Plata», las costumbre existentes entre muchas tribus como albayas y guaicurús: «Las mujeres albayas abortan con violencia a todos sus hijos, y no conservan cada una sino uno.
Este es por lo común el último que conciben, cuando se figuran que no tendrán más según la edad y robustez con que se sienten. Si equivocadas en este concepto conciben otro del que conservaron abortan el último concebido, y esperando tener al último no le conciben, se quedan sin ninguno.» Las mujeres guaicurús tenían costumbre semejante; inspiran a Azara los siguientes comentarios: «Para tener idea de lo que destruye esta costumbre, basta saber que el producto de ocho matrimonios será ocho hijos, de éstos, según la probabilidad de la vida, morirán cuatro sin cumplir ocho años, y después dos sin llegar a los treinta y cinco o cuarenta, que es cuando conservarán a su ultimo hijo, y restan sólo dos para unirse y conservar un hijo que sería la segunda generación: y siendo la primera de ocho, resulta que cada uno sólo es la octava parte de su precedente, y las naciones que han adoptado tal costumbre desaparecerán luego de la faz de la Tierra. No puede verse sin dolor que un capricho mujeril extermine a las naciones más fuertes, altas, bellas y elegantes que conoce el mundo.
Se cree que el amor, principalmente de las madres a los hijos, viene de la naturaleza, con tal imperio que no puede haber madre que no ame a sus hijos tanto como a sí misma. Pero muchas de mis naciones de indios, son la excepción de esta regla, y hacen ver que un capricho de las mujeres tiene más fuerza que la misma naturaleza».
Las indias descritas por Azara en su viaje en el siglo XVIII bien puede tener explicaciones antropológicas válidas, los pueblos recolectores y cazadores están constreñidos a mantener a su población en equilibrio con los recursos del entorno, tal como anota Azara se lo expresara al viajero una mujer albaya: «Para que nos eviten el trabajo de cuidarlos y conducirlos en nuestras marchas frecuentes, hemos imaginado abortarlos luego que nos sentimos embarazadas». ¡Preclaras feministas las mujeres albayas! Esta actitud de contención demográfica tendiente a defender a la generación presente de las necesidades futuras, evita compartir la mesa con nuevos comensales.
Entre nosotros esta cultura tiene dos vertientes, «la derecha», que supone que la pobreza es producto de la elevada fecundidad de los pobres, por lo tanto, mediante «planificación familiar» puede lograrse disminuir el número de futuros pobres, esos excedentarios que el sistema no puede ni absorber ni exportar.
La vertiente «izquierda desarrollista», inspirada en la cultura consumista, postula modos de vida y niveles de consumo que postergan a edades avanzadas la maternidad, en «aras de una vida confortable». La familia, en caso de existir, está limitada por las exigencias de consumo de bienes. Conciben la maternidad al modo de las indias albayas. En nuestra sociedad no abunda la franqueza, todo se disimula con filantrópicas declaraciones de principios. Hay tartufos que defienden su fecundidad sectaria con fundamentos religiosos. Es la clase sensistaria que busca afirmar su dominio universal en la endogamia oligárquica.
La mediocracia mayoritaria, aquellos que desde sus dos televisores, dos perros, un auto y un hijo, temen por «la fecundidad de los planchas» que asedian sus enrejadas vidas, visten de filantropía su propuesta, con un feminismo que nos recuerda los argumentos de las mujeres albayas. Tenemos una natalidad del 1%, unos 35.000, que podría ser el doble sin los 32.000 abortos anuales. Pero, aun de esa reprimida natalidad, la mitad nace de vientres excluidos. De los sobrevivientes, la mitad, son carne y cerebros de exportación… Huelgan, las cuatro jóvenes bajas diarias, los que no llegan vivos a los treinta años, víctimas de accidentes, homicidios y suicidios, en medio de la indiferencia general. Estamos en un país productor masivo de productos alimenticios, pero esos recursos no promueven el desarrollo demográfico interno, son vertidos al exterior compulsivamente, para satisfacer los comportamientos de consumo de la sociedad. Así pues, el país debe ir reduciendo su volumen demográfico en aras de la demanda, siempre creciente, de ese consumo interno, que justifica y promueve la exportación de riqueza. Lo saludable de la salud reproductiva es que no reproduce.
Y, en biología, lo que no se reproduce está muerto. No se ocupa de fomentar y proteger la reproducción saludable, la familia, en un país en crisis demográfica. ¡»Caprichos mujeriles», al decir de Azara! ¡Brindemos pues, por una salud reproductiva para seguir siendo pocos! Para ello nada más adecuado que un buen Tanat oriental. El inconsciente colectivo traicionó al creativo que apodó al tinto oriental, al viejo Harriague, Tanat. Porque, tanat viene de thanatos, muerte.
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