Cambios generacionales inevitables, aunque no nos gusten

Los que pasamos los cincuenta hace rato doblamos el codo. Es así. Aunque nos sintamos bien. Aunque… lo que quieras. ¿Qué quiero decir? Que hace rato los jóvenes son otros. Ellos, los que nos llaman: «señor» y a vos como que te dan ganas de matarlos. Pero es así. Y está bien. Aunque eso no quiera decir que estemos para tirar. Con otras escenografías, usos y costumbres, vuelven a repetirse situaciones y frases que nos tocaron vivir pero del lado del mostrador en que hoy están nuestros adolescentes. «¿Pero qué se habrán creido? ¿Se pensarán que nosotros no vivimos? Nosotros éramos rebeldes, pero con causa. Y con sentido. Una cosa es libertad y otra libertinaje. A ustedes lo único que les preocupa es la farra y andar por ahí con sus amigos. Si yo te contara, porque uno sí que ha vivido… Vos no escuchás a nadie …»

Así como nosotros con nuestros padres, nuestros adolescentes y jóvenes tienen todo el derecho y necesidad de construír su camino por sí mismos. Eso inevitablemente implica tomar distancia de sus mayores (nosotros) Como lo hicimos nosotros. De lo cual nos sentimos orgullosos, aun reconociendo que nuestros viejos habían hecho lo mejor posible. Pero teníamos nuestras propias ideas. Sobre la vida, el mundo, la revolución, el sexo, el aquí, el ahora, el después te llamo, y todo eso. ¿Qué pensábamos, que éramos los elegidos de Dios para hacer los cambios y que ahí se terminaban? ¿Que les habíamos construido un mundo ideal y lo único que tenían que hacer era decir «gracias papi»?

Los cambios generacionales implican buscar su propia identidad. Cuanto más fuerte es el modelo que tienen encima más les costará elegir por sí mismos. Elegir, asumir, vivir, hacerse cargo. Es eso. En un mundo más complicadito que el que nos tocó a nosotros. Donde todo era derecha e izquierda y se hacía fácil elegir. Hoy está claro que para ellos la política no es todo (nos guste o no).

Que no sirve de nada cerrar los ojos y aferrarse a ilusiones y empujar a puro voluntarismo. No hay absolutos ni verdades infalibles. Cada vez hay más pobres, menos trabajo, más consumo, más contaminación, más drogas, más adicciones, más medios de comunicación, más incomunicados… Nuestra juventud no compra paquetes al paraíso religioso, ni paquetes al paraíso socialista, ni paquetes que no puedan abrir y comprobar día a día. Están hartos del doble discurso, de la solemnidad hipócrita, del palabrerío hueco y rebuscado. Salvo un sector seriamente comprometido desde chiquito por la miseria, la degradación, y ahora la pasta base, los jóvenes de hoy buscan y quieren una vida saludable, aquí y ahora, con derechos y obligaciones transados mano a mano, de igual a igual entre hombres y mujeres. No compran «para siempres» que son difíciles de cumplir, pero tienen una vida amorosa y sexual más trasparente y sincera. Son menos ambiciosos y soberbios, menos dramáticos y susceptibles, pero inteligentes, frescos, con sentido del humor, linda gente.

Nos toca a nosotros estar del lado del mostrador en que estuvieron nuestros viejos. La diferencia a nuestro favor es que algunos estamos en mejores condiciones de darnos cuenta de que los cambios generacionales no sólo son inevitables, sino saludables. Para nuestros hijos, pero también para nosotros.

Guachos de mierda. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje