El egoísmo corporativo

N o es esta la primera vez que nos ocupamos del tema. Pero ocurre que las cosas han llegado a un límite que exige el freno de las conciencias civilizadas. Los conflictos sindicales –sobre todo los protagonizados por AEBU y Adeom– han sobrepasado las fronteras de lo racional para entrar directamente en un terreno regido por la arbitrariedad más absoluta, en el que prevalecen claramente intereses corporativos por encima de legítimas reivindicaciones gremiales, en el que la mezquindad se ha impuesto sobre la solidaridad. Se ha entronizado una mentalidad regida por el indivualismo más extremo (que se confunde fácilmente con el egoísmo ramplón) en desmedro de la solidaridad, del mirar por los otros (los más postergados), haciendo prevalecer el «hacé la tuya», el «sálvese quien pueda», que desplazan a un segundo plano los sentimientos más nobles y los valores más caros y emblemáticos de la izquierda uruguaya.

Que el nivel medio de salarios en Uruguay es bajo, nadie lo discute. Que sólo desde que asumió el gobierno actual el salario real ha empezado a recuperarse, es algo que nadie niega. Que no se trata de «igualar para abajo», tampoco está en discusión. Pero si no empezamos a corregir las brutales injusticias en materia de remuneraciones, jamás llegaremos a los niveles de justicia distributiva que todos anhelamos.

En este panorama heredado de años y años de aplicación de políticas económicas neoliberales, desreguladoras y excluyentes, los sectores menos perjudicados (por no decir los más privilegiados) deberían mostrar una disposición clara a resignar ciertos beneficios en aras de una mayor justicia social, en vistas de la recomposición del entramado social y de la redignificación de las mayorías sumergidas.

El espíritu de la clase trabajadora, plasmado en los postulados de la central sindical, ha sufrido un duro revés. Al igual que la mentalidad burguesa y pequeño-burguesa, celosa de sus privilegios y beneficios, dispuesta a todo con tal de no resignar ni la mínima parte de sus bienes o estipendios, los gremios que nuclean a los empleados bancarios y a los funcionarios municipales claman para que no se les practiquen quitas a sus sueldos, defendiendo con uñas y dientes sus privilegios. No advierten que gracias a esas quitas o descuentos –por impuesto a la renta o por aporte al Fonasa– los menos privilegiados, los uruguayos de ingresos menos suculentos y los más pobres podrán acceder a una pequeña mejora en su condición y en su calidad de vida. Ese es el quid de una sociedad solidaria, una sociedad en la cual los que más tienen se avengan a perder parte de sus ingresos en aras de una mejora en el bienestar de los más, que son los menos privilegiados.

Como decimos más arriba, todos estamos de acuerdo con que debe incrementarse el nivel medio de salarios y que es preciso «igualar para arriba». Pero debemos estar dispuestos a dar estos primeros pasos en el camino de la justicia social. ¿O acaso estos trabajadores prefieren que todo siga como estaba, que todos los asalariados y jubilados aporten el mismo porcentaje y que no todos tengan cobertura sanitaria? ¿Cómo pretendían que el gobierno popular se las arreglara para rescatar a los sumergidos sin tocar el bolsillo de los privilegiados? ¿Qué clase de socialismo los inspira?

Este gobierno ha surgido de elecciones libérrimas en el marco del respeto a la Constitución y las leyes y al libre juego de una sociedad democrática. Prometió cambios que está llevando a cabo dentro de ese respeto por la institucionalidad. No es un gobierno surgido del triunfo de una revolución armada, por lo que no se puede hacer tabla rasa y partir de cero.

Es posible «exigir lo imposible para ser realistas», como preconizaban los muros de París en mayo de 1968. Pero es una ligereza y una irresponsabilidad que esa exigencia se convierta en intransigencia frente a un gobierno popular y progresista que vela como nunca antes por los derechos de los asalariados. *

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