La Corte de los milagros

A yer, la Corte Electoral reiteró su posición contraria a conceder a los montevideanos la posibilidad de contar con las urnas de esa institución del Estado para la consulta ciudadana del próximo domingo 28 de octubre.

Quienes son miembros de la máxima autoridad electoral forman parte del alto cuerpo desde la administración Sanguinetti, pasando sin renovarse por la de Batlle y, desconociendo la realidad política que surgió de las urnas el 31 de octubre de 2004, persiste en su caprichosa integración en los primeros tres años de gobierno del Frente Amplio.

La actitud de la mayoría de la Corte no debe sorprender, más allá de que pueda sí considerarse fuera de lugar, ofensiva e insólitamente despreciativa del soberano, en la ocasión, de los vecinos y autoridades legítimamente constituidas de Montevideo.

Esta vez una ajustada mayoría de ministros colorados y blancos rechazó el recurso de revocación que presentó la Intendencia de Montevideo.

Pero no es otra cosa que más de lo mismo. Tratar de negar la realidad porque «no me gusta». Buena parte de la oposición aún no ha terminado de asumir que el pueblo uruguayo se pronunció tres años atrás y votó un cambio de rumbo, un programa de gobierno y un plan de medidas.

Cuando la mayoría rosada de la Corte Electoral entiende que no es pertinente ceder las urnas porque es una consulta ciudadana y no una elección, se asiste a un escenario de extremos tragicómicos.

Mientras, esos ministros eternizados en los sillones de la Corte justifican con gran naturalidad la entrega de las urnas a clubes políticos, deportivos, sociales y comisiones de fomento, porque son actos electorales, impúdicamente niegan las mismas urnas a la votación del Presupuesto Participativo porque «no es un acto electoral» y sí «una consulta ciudadana».

Y van más lejos y tratan de justificar lo injustificable con el increíble y banal argumento de que no pueden cederse las urnas para la elección de los montevideanos por «el respeto que ellas implican como símbolos del sistema democrático».

¡Cuánta soberbia! ¡Cuánto menosprecio de la inteligencia de los uruguayos!

La cuestión trasciende lo episódico de la elección del Presupuesto Participativo, que obviamente se desarrollará a pesar de la voluntad de los ministros negadores de la realidad, e ingresa en un terreno de responsabilidad democrático-republicana.

Y si ésta falla, como en el caso que nos convoca, habrá que acordar que es tiempo para que el Parlamento encuentre los caminos de entendimiento necesarios para resolver de una buena vez el indudable pendiente de la irregular integración de la Corte Electoral.

Esta Corte no sólo carece de legitimidad por eternizarse en su singular constitución, sino que situaciones como la aquí descrita han demostrado una alarmante falta de jerarquía intelectual e institucional. *

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