Y si no ellos… ¿quién va a hablar?
Volvimos a pasar por la tortura y la humillación de buscar restos mortales de desaparecidos políticos en un lugar señalado por los militares donde nada se encontró.
Quienes pueden aportar datos relevantes continúan jugando con los sentimientos de los familiares y de la gente toda, macabras escondidas que no conducen sino a ahondar la separación cívica entre los militares de este país y los civiles.
Viendo llegar a los enviados a misiones en el Congo y a los que esperan, recibirlos, pienso: ¿acaso ellos no merecen la oportunidad de ser mirados con buenos ojos por el Uruguay? ¿Qué culpa tienen de las incalificables bajezas que cometieron sus antecesores, aunque estos hayan marcado una impronta indeleble de cobardía y crueldad institucionalizada en las Fuerzas Armadas?
Sin embargo y ante la ausencia del abrazo de los propios por razones de trabajo, muchos de entre sus filas podrían pensar en quienes sufren desde hace décadas por desconocer el paradero y penurias de sus amados familiares, a quienes seguramente no dejan un instante de imaginar –dadas las circunstancias– sujetos a los más terribles vejámenes y martirios antes de inevitablemente morir.
El silencio de los culpables ha logrado teñir de perenne deshonra y endémica sospecha a los uniformados del Uruguay. No le pueden echar la culpa al pueblo de que nos cueste verlos como hermanos. Aunque sepamos que no son todos, mientras no se encuentre a los desaparecidos y se juzgue a todos los verdaderos responsables de los crímenes de la dictadura, nos será prácticamente imposible distinguir por más buena voluntad que pongamos.
Es hora, antes de que sea tarde, de que empiecen a salir a luz más nombres de particulares y militares involucrados en delitos de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de facto. No es dable pensar que sólo un mero puñado de ellos fueron amanuenses y protagonistas del terrorismo de Estado. De todo esto que duele tanto a la nación oriental la tropa también debe hablar. El llano del organismo debe decir lo que sabe a la Justicia olvidándose de protocolos, porque no hay jerarquías castrenses ni de ninguna índole que valgan a la hora de delinquir.
Un asesino es un asesino antes que nada, sea civil, sea militar o sea un cura, y no debe ser encubierto a menos que deseen convertirse en coautores de violaciones a los derechos humanos, genocidio y crímenes de lesa humanidad. Es hora ya de no cargar con eso en las conciencias.
Si muchos están limpios o los limpia el arrepentimiento, tienen derecho a verse así públicamente.
Alguien va a hablar, eso es seguro. Y los que no lo hagan primero serán señalados fatalmente como cómplices frente a la opinión pública por su omiso silencio.
Necesitamos saber dónde están los desaparecidos para que podamos creer en ustedes otra vez.
De igual manera las Fuerzas Armadas deben hacerse un profundo autoexamen y entregar íntegra e integralmente a sus culpables de una vez a los Tribunales de la democracia. Incluso les conviene ahora que aún existe la ley de impunidad que también, como la llegada de la Justicia a los homicidas y torturadores del proceso dictatorial uruguayo, tiene los días contados. *
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