Chávez y el canje humanitario

La paz se ha convertido en un bien tan preciado que algunas personas sólo han podido conseguirla tras perder la vida y, como si fuera un consuelo para quienes permanecemos vivos, solemos decirle «paz a su alma» o que «descanse en paz», como si hubiésemos aceptado que su alma no estaba en paz mientras vivía.

Pero ¿qué pasa cuando el alma y la vida no están en paz porque la muerte es la constante en el entorno? Quizás, la respuesta a esa pregunta está en el profundo silencio que hay en las mujeres, hombres y niños quienes sobreviven en Colombia sin haber conocido indicios para definir la paz, porque nacieron, crecieron y, tal vez, mueran en la terrible guerra que les sirve de escenario para la vida.

Estas reflexiones no son suficientes para entender la magnitud del problema colombiano. La aparente comodidad y tranquilidad de nuestras existencias es la única referencia que tenemos cuando tratamos de buscar una comparación para definir el asombro que nos producen las constantes informaciones que recibimos con indiferencia, ante la certeza de que se trata de otro horrible y común episodio en la historia de medio siglo de violencia en Colombia.

Simón Bolívar muere lejos de su Caracas natal; fallece, prácticamente exiliado en Santa Marta (Colombia) el 17 de diciembre de 1830; pero una semana antes, convencido de su agonía, escribe su Última Proclama, en la que, entre otras frustrantes y dolorosas expresiones, dice: «Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro».

Es deber de los bolivarianos del Mundo lograr que El Libertador «descanse en paz» y para ello es fundamental lograr que «se consolide la unión» y, por eso, debemos ayudar a nuestros hermanos colombianos a conseguir espacio para que descubran -en el alma- sus coincidencias en función de la paz.

El presidente Hugo Chávez Frías ha puesto una piedra fundamental para la construcción de la paz en Colombia, comprometiendo su palabra y energía para tratar de conseguir, como primer paso, un canje humanitario entre las autoridades del gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, para que, tanto las personas quienes permanecen en manos de las FARC (algo así como 45 de ellas), como quienes están detenidas en las cárceles colombianas (unas 500) puedan reencontrarse con sus familiares y amigos para intentar vivir en paz.

La utopía de la paz nos abre un nuevo camino, en palabras del poeta uruguayo Mario Benedetti, para que marchen juntas la vida, el alma y la paz.

La gestión humanitaria que ha emprendido el presidente Chávez desde finales de agosto de este año, junto con la senadora Piedad Córdoba como facilitadota autorizada por el presidente colombiano Alvaro Uribe, ha motivado una gama de iniciativas tan interesantes que nos permiten ser optimista, y esto a pesar de quienes tratan de «ponerles palos a las ruedas de la carreta» del líder bolivariano.

Afortunadamente, alrededor de la acción del mandatario venezolano se ha concentrado una cantidad y calidad muy significativa de actores que le han dado solidez a este esfuerzo de ir prendiendo luces a la esperanza, no sólo para millones de colombianos, sino para un universo de pueblos e instituciones que han observado que el clamor de Lennon pareciera está siendo escuchado, porque se le está dando «una chance a la paz».

Ya no es tan importante saber quién comenzó todo, lo satisfactorio es observar quiénes se han ido sumando al esfuerzo; el presidente de Venezuela Chávez recibió el respaldo de su par colombiano, Alvaro Uribe, al designar a una senadora opositora a su gobierno, Piedad Córdoba, para que emprenda la labor de acercamiento con las FARC.

El segundo en el mando de las FARC, Raúl Reyes, en nombre de Manuel Marulanda, abre las puertas de su selvático campamento para que la parlamentaria colombiana exponga la idea y reciba pistas para una negociación.

Luego, el presidente Chávez da a conocer el testimonio de las FARC, y con esas evidencias revela que las partes fueron conectadas, dándole al mundo argumentos para observar que la gestión humanitaria no es retórica, sino que hay elementos concretos para asegurar que existe voluntad para un acuerdo.

Tras esos testimonios, el presidente deja de asistir a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), porque en su agenda estuvo recibir en el Palacio de Miraflores a los familiares colombianos, estadounidenses y franceses de varias de las personas quienes permanecen en manos tanto de las FARC como de las autoridades colombianas.

En paralelo y como consecuencia de estos episodios, han surgido, y seguramente seguirán apareciendo, expresiones de solidaridad, cooperación, acompañamiento y otras muestras de apoyo que, con sólo nombrarlas, sugieren el alcance de este camino que el presidente Hugo Chávez ha abordado en nombre del pueblo venezolano, ya que el país entero ha expresado una actitud de confianza hacia este esfuerzo.

La Unión Europea (UE), del Movimiento de los No Alineados (NOAL), los presidentes de Francia, Brasil, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Irán, Libia y Cuba, así como la Asamblea Nacional de Venezuela, junto con miles de intelectuales, académicos, organizaciones sociales del planeta e incluso algunos diplomáticos de EEUU, han manifestado su respaldo a esta gestión.

Todos sabemos que la paz para los colombianos no llegará solamente con el éxito de la gestión humanitaria del presidente Chávez, pero es evidente que estamos frente a un gigantesco paso en el desierto de muerte que ha significado la violencia en esa nación hermana.

Nuestro corazón, alma e inteligencia, es decir, nuestra conciencia, deben estar preparados para emprender nuevos desafíos en favor de la paz, porque es bien sabido que, tanto dentro como fuera de Colombia, se mueven fuerzas que han sido impulsadas tradicionalmente por los «perros de la guerra» y que, «por ahora» y ­ojalá- para siempre, no se les oye ladrar como antes. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje