El marxismo y la moral
Las concepciones morales exteriorizan las relaciones económicas en que se producen y cambian las riquezas y las condiciones prácticas en que se desarrollan las sociedades. Cuando éstas se dividen en clases aquéllas exponen los valores de esas clases, acordes con sus intereses, y en el caso de una clase dominante, afirman su dominio.
En las sociedades en que los hombres dominan poco a la naturaleza y hay escasez general de bienes, es imprescindible limitar los deseos de los individuos. La moral, vinculada a la religión, convierte la necesidad en virtud. La moral fija reglas, y quienes las violan son reprobados, sin diferenciar al criminal o al genio creador, castigando la audacia transgresora. Pero esas reglas, disciplinas o sanciones jamás aparecen con su sentido real, sino como mandamientos de potencias ocultas.
Los sistemas morales han sido instrumentos de dominación. No hay una moral de amos y otra de esclavos, sino sistemas ideados por los amos para que los esclavos los respeten. Cuando las clases dominadas se sublevan, abandonan las virtudes que les enseñaron (la obediencia) y asumen las propias (la rebeldía). No hay moral neutra, sino siempre, moral de clase.
La superación de las relaciones de esclavitud o de servidumbre por el «trabajo libre» (por el cual quien no quiere libremente trabajar puede morirse de hambre) coloca los cimientos de la moral burguesa. Cuando la sociedad extiende el saber, y por ende el poder sobre la naturaleza, la burguesía ascendente rompe las corporaciones productivas medievales, las trabas comerciales (peajes, aduanas) y propone el «libre contrato» entre patrones y trabajadores. El ideal moral de libertad, la burguesía lo asocia a su derecho de explotar. Será «libre» la sociedad en que pueda explotar; será «tiránica» aquella en que no pueda. El objetivo del burgués es la defensa de la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio para lograr la ganancia, con lo que impone el sufrimiento para los desposeídos y desata la corrupción. El tráfico de drogas es apenas una variante de la libertad de comercio, la prostitución otra variante de la venta de la fuerza de trabajo. El capitalismo, opuesto a la felicidad de las mayorías, aporta riquezas para pocos y vidas mezquinas. Los sueños perseguidos son los placeres artificiales, la persecución de la juventud eterna, la seguridad garantizada por condominios enrejados.
Si toda moral es de clase, la de los marxistas lo es también pues «está enteramente subordinada a los intereses de la lucha de clases del proletariado. Nuestra ética tiene por punto de partida los intereses del proletariado en la lucha de clases» (Lenin).
Para el marxismo, se trata de gestar una ética comunista, la del «Hombre Nuevo» planteado por el Che Guevara, capaz de unir la disciplina colectiva con la iniciativa individual, y cuyo ideal de felicidad es la lucha, en la que cada individuo –agente de los intereses del proletariado, clase partera de la nueva sociedad– se realiza como tal en tanto contribuye a la emancipación de la clase. Aspira a que el individuo libre sea fruto de una sociedad libre, a que «el hombre rico» de una sociedad sin clases sea fruto de la autorrealización como necesidad interna, gestando la reversión de la moral individualista: primero el pueblo, último yo. De eso resulta que el marxismo desprecia a los egoístas, a los cobardes, a los corruptos, a los que anhelan figurar. Y valora a los sinceros, a los leales, a los abnegados, a los dispuestos siempre y por sobre todo, a servir al pueblo.
Pero el Hombre Nuevo será fruto de la sociedad nueva, socialista. Y a ésta habrá que construirla con los hombres como son, sin idealizaciones, procurando sí, desde ahora, la permanente superación colectiva e individual, forjada mediante la búsqueda insaciable del conocimiento y la acción consecuente. La moral del marxismo, a diferencia de las de inspiración religiosa, no aspira a la dicha celestial, paradisíaca, ni colectiva ni menos individual. Aspira a que «la tierra sea el paraíso, patria de la humanidad» como expresa la letra de la Internacional. *
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