Las dificultades de gobernar para todos

Probablemente, el año en curso será el que registre uno de los más altos índices de conflictividad. Al ya antológico conflicto de los anestesistas –superado tras largas tratativas merced a una actitud firme pero flexible del Poder Ejecutivo–, se han sumado los reclamos de los funcionarios de la Administración Central nucleados en COFE, en demanda de ajustes salariales por el brote inflacionario; los bancarios del sector oficial; los funcionarios municipales (ya duchos en conflictos con la administración municipal) y hasta los docentes que, además de reivindicaciones salariales, han expresado su malestar por el borrador de la reforma educativa que, según ellos, no contempla los planteos formulados en ocasión del debate.

Manejándose con suma cautela y tratando de atender y estudiar la posibilidad de satisfacer los reclamos, exhibiendo una voluntad de diálogo mucho mayor que la demostrada por los gobiernos anteriores, armando un complicado rompecabezas para contemplar las aspiraciones de los funcionarios de acuerdo con las posibilidades reales del erario, el Poder Ejecutivo va sorteando las dificultades y resolviendo los problemas de la mejor manera.

Esta situación de conflictividad que acabamos de resumir se produce mientras los partidos del llano practican una oposición sistemática e implacable. Claro está que esta oposición despiadada no tiene consecuencias políticas ya que la mayoría parlamentaria de que dispone el gobierno apoya sin fisuras la gestión del Ejecutivo y sus ministros, pero tiene sí efectos en la opinión pública. Con el inestimable apoyo de los medios amigos del establishment, las críticas de la oposición se amplifican para instalar en la opinión pública dudas sobre la gestión gubernamental del Frente Amplio. Hay que reconocer que esa furibunda campaña ha tenido relativo poco éxito si nos atenemos al índice de aprobación que recoge el gobierno entre la población, pero así y todo, se trata de una tarea de desgaste que pretende socavar lentamente la credibilidad del gobierno y desprestigiar su imagen. Pero en fin, en definitiva nada anómalo hay en ello, dado que en el juego político la lógica y la tradición indican que ese es el papel que deben desempeñar las minorías.

Ahora bien, como si todo esto fuera poco, se ha abierto un nuevo frente contra el gobierno: el empresariado vernáculo ha resuelto sumarse a la furia opositora, y uno de sus voceros –el ex presidente de la Cámara de Comercio Diego Balestra– acaba de tildar al gobierno progresista nada menos que de «régimen cívico-sindical». Con esta ingeniosa expresión se pretende presentar al gobierno como una alianza entre autoridades políticas y dirigentes sindicales, como si el país estuviera realmente gobernado por los gremios. Si así fuera, si realmente pudiera hablarse de un régimen «cívico-sindical», ¿cómo explicar la conflictividad laboral a que aludimos al comienzo? Francamente, estamos ante un exceso verbal del representante de un colectivo que pretende no ceder ni un gramo de su poder y que se aferra con uñas y dientes para no soltar ni un milímetro del mango de la sartén.

Bueno es reconocer que el gobierno actual ha dado pasos trascendentes para volver a dar su lugar a los asalariados, desplazados por el modelo neoliberal; de lo que se trataba era de apoyar al sector más débil, el que más había sufrido los efectos del modelo. La negociación colectiva, los consejos de salarios, la ley de fuero sindical y otras medidas en el mismo sentido no hicieron otra cosa que reparar situaciones particularmente injustas de modo de redignificar al asalariado y fortalecer al alicaído movimiento sindical. Esto es así y todos los uruguayos deberíamos congratularnos por ello. Pero de ello no puede razonablemente concluirse que el poder sindical comparte el gobierno con el poder civil. La prueba está, lo reiteramos, en el rosario de conflictos que enfrenta el gobierno, conflictos debidos a una intransigencia inexplicable que no atiende razones y que no valora los esfuerzos del gobierno por concretar la justicia social.

Evidentemente, es muy difícil contentar a todos los sectores de una sociedad de clases. *

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