Los dos Ocho de Octubre
La paz del 8 de Octubre de 1851, «sin vencidos ni vencedores», sería el preludio de la gran derrota federal de Caseros en febrero de 1852, con la derrota de Rosas a manos del traidor Urquiza. Las provincias unidas se sumirían en la guerra civil crónica, la furia oligárquica daría décadas de caza , casa por casa, de los federales. El estado oligárquico exportador sólo podía sustentarse sobre las mayorías por medio del terrorismo o del fraude electoral. La paz de octubre pretendió salvar a los orientales de esa carnicería, por medio de una paz precaria, donde la mayoría de la población era blanca y federal, debía coexistir con una minoría oligárquica conformada por el centenar de familias que habían llamado y servido las intervenciones brasilera, francesa o inglesa, durante treinta años. De ahí que los viejos federales seguirían, entreverados en la campaña, tras los caudillos sobrevivientes, Timoteo Aparicio sería el último en levantar las banderas de Unidad Americana en su campaña junto a Felipe Varela en la resistencia al mitre-florismo y su guerra contra el Paraguay. Los últimos federales caerían en la resistencia americana iniciada en Paysandú y que terminaría en Cerro Corá, donde Solano López caería inmolado con sus últimos guerreros. «Muero con mi patria», diría al ser lanceado por un esbirro. Más de cien mil rioplatenses cayeron en esa guerra. Los pocos presos comunes y políticos, poco más de un millar, que formaron tras de Venancio Flores, fueron diezmados en las primeras batallas. La guerra la ganaría la banca inglesa prestamista de las oligarquías de Río y de Buenos Aires con las cuales se conchababan y armaban los mercenarios europeos. Una verdadera operación colonial británica encubierta bajo las banderas de las oligarquías mercantiles portuarias.
Los partidos políticos uruguayos surgidos a partir de 1872 en el seno de la doctocracia portuaria montevideana, en el intento de resolver las diferencias políticas dentro del marco colonial del Imperio Británico, fueron coaliciones liberales en cuyo seno pujaban por expresarse intereses libre importadores del puerto con fuerzas comerciales y sociales internas que necesitaban del proteccionismo del estado para su desarrollo.
El medio siglo de paz victoriana que tras Masoller se diera la oligarquía vacuna sobreviviría al imperio que le dio el ser. La sustitución del Imperio Británico por el yanqui, en medio de la guerra fría que dividiera a los vencedores tras la Segunda Guerra Mundial, sería para los americanos del sur especialmente cruenta.
El reacomodo de las oligarquías vaqueras a las necesidades del nuevo amo, de por sí hasta competidor como productor de carnes, fueron políticas y no económicas. Fue lo que se definiera como «afinidades ideológicas» en el marco de la guerra fría, lo que introdujo la conquista política yanqui de nuestras colectividades políticas tradicionales, tras la muerte de Luis A. de Herrera, tal vez el único político de la era victoriana que supo ver lo que se venía.
Como acontece siempre, de los conflictos imperialistas surgen las oportunidades de liberación de los oprimidos. De ahí que en medio de esta guerra fría, más guerra psicopolítica que otra cosa, surgiera la revolución cubana, una de tantas en nuestra turbulenta América. Sólo que el marco internacional la hizo diferente.
El sincretismo ideológico entre el marxismo y el nacionalismo hispanoamericano, generará en Cuba el guevarismo. Guevara, más allá del resultado de su aventura personal, encarnará a la generación de americanos que dejan de mirarse en Europa para construir su identidad. Los americanos del sur despiertan de la siesta colonial, sólo venciendo la balcanización política y mental podremos ser libres. La unidad de los americanos del sur surge como una necesidad perentoria, supera los esquemas coloniales de pensamiento. La dicotomía colonial entre «izquierdas y derechas», cede paso a una clara conciencia de identidad cultural, necesidad de fortalecer por la integración a nuestros mercados y con ello dar posibilidades de desarrollo material y cultural a nuestros pueblos.
Una nueva fuerza política emerge en América, que intenta dar forma política a las fuerzas capitalistas locales, donde tienen masa crítica para ello, eso explica las conjunciones entre los caudillos populares y las burguesías nacionales. Casos típicos lo constituyen Chávez, Lula y Kirchner. Los coloniales, liberales o marxistas, no pueden captar el cambio, de ahí su desconcierto, su estancamiento en trillados esquemas de cipayos en seguro de paro. El nuevo milenio plantea desafíos a la geopolítica regional que puede determinar la coexistencia forzosa del hemisferio de Alaska Tierra del Fuego, en un mundo famélico que ha aprendido todas las artes de la revolución tecnológica.
«¡Cosas veredes Sancho, si vivieres!» *
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