El Gallego Castro, un gallego de ley
Ayer despedimos los restos del escribano Ruben H. Castro Dagnino, el Gallego, un hombre íntegro, inclaudicable, fraterno, querible y querido.
Juro y confieso que me corresponden las generales de la ley, porque hemos estado hermanados, indisolublemente, durante 65 años. Y no me duelen prendas, las exhibo orgulloso, él fue mi mejor amigo; y yo, su mejor amigo.
El Gallego era un hombrón, por fuerza, por carácter, por ternura, un amigo de fierro.
Pasó indemne por turbulencias y tormentas, no hubo con qué darle. Ajeno a honores, supo jugarse entero por sus ideales, cuando muchos escondían la cara o se refugiaban debajo de las camas.
Siempre en la primera línea, en los arrebatos juveniles del viejo Liceo Miranda, en el inolvidable anexo de Preparatorios frente al viejo Liceo Francés, en el Centro de Estudiantes, en la FEUU, o en el quehacer universitario y gremial. Y al frente en la militancia política.
Fue un escribano de excepción. Excelente consejero, con un manejo fluido del derecho, con el que se amalgamó para atender al hombre, sus necesidades y, por qué no, también sus sueños. Escribano de ley, confiable y de una honestidad inclaudicable. No sólo fueron sus clientes los que acudieron como tales, sino que se transformaron en tales muchos, muchísimos que acudieron inicialmente como eventuales contrapartes en un negocio jurídico.
Pero no le sacó el cuerpo a nada. Cuando llegó la hora de los hornos se jugó la ropa, toda la ropa. En él vivió el militante y el preso de excepción. Los largos años de cautiverio le hicieron mella, sólo la mella indispensable, porque salió como había entrado, fuerte y convencido. Quisieron hacer de él un hombre numerado pero la empresa les quedó grande. Un hombre que siempre pensó y actuó con cabeza propia.
En una de sus últimas etapas de su quehacer fue responsable de un CCZ, el de su barrio, donde trabajó con ahínco, tratando de hacer realidad un ambicioso programa de descentralización, siendo pionero en las obras de recuperación del arroyo Miguelete.
Su apoyo al proceso revolucionario cubano capeó todas las tormentas, y asumió sin dudarlo, la responsabilidad de presidir la Casa de la Cultura y Amistad Uruguay-Cuba.
Vibraba con las expresiones artísticas y puso toda su capacidad y entrega al servicio del Museo Blanes.
Simpático, ocurrente, galano, un hombre lleno de afecto y pleno de afectos, en un quehacer social del que siempre fue protagonista.
Se nos fue el Gallego, un gallego de sangre, sangre a la que honró con donaire y grandeza.
Fue espléndido, para muchos, compartir con él años, sueños y utopías.
Un sembrador a quien la cosecha no debiera fallarle. *
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