Emaús, el largo brazo de la solidaridad
Lo importante de un apostolado es más que crear, fundar, aportar ideas, esfuerzo y sacrificio, hacia la meta fijada.
Lo importante de un apostolado dedicado a la gente humilde y necesitada es la fortaleza ideológica que permite al ser humano, al final de toda una vida de solidaridad y desprendimiento personal, dejar el camino sembrado de seres que sigan el camino que la palabra tan perfecta expresa: solidaridad.
Quienes han continuado y perseverado en este campo tan diferente de lo que estamos acostumbrados, el desinterés, la ambición, el culto a la envidia y la intolerancia, a la ambición y acumulación de la riqueza en forma profana y desmedida, a los faltos de fe y de amor por los derechos humanos de los individuos que forman parte de todas las naciones, saben que el sentido de la solidaridad no se compra ni se adquiere, se nace con él.
Saben quienes son discípulos de la lealtad desinteresada, que aunque su dedicación completa por el bienestar ajeno les impida mencionarlo, que no hay inicio sin continuidad, que lo importante no está solamente en llevar adelante la idea de lo que se trate, que es tan importante quién creó esta vida desinteresada y solidaria como los que continúan en ella.
Henri Antoine Groués (alias Abbé Pierre), nació el 5 de agosto de 1912 en Lyon; era el quinto de los ocho hijos de una familia establecida.
Educado en los jesuitas, pasa a integrar a los 19 años la orden de los Capuchinos, desprendiéndose de todos los bienes heredados de su familia.
La segunda guerra mundial lo sorprende dedicado a salvar a las víctimas de la guerra y asume el nombre de Abbé Pierre que lo acompañará hasta su muerte, guía de personas fugitivas del terror nazi, perseguido por la Gestapo, preso finalmente, logra escapar hacia Argelia a través de la red patriótica que había creado con su dedicación.
Al finalizar el conflicto bélico regresa a su país, Francia, buscando darle a quienes regresaban de la guerra en busca de amparo un lugar donde tuviesen tiempo para reflexionar, descansar y recuperarse de las terribles situaciones vividas, situaciones que había vivido en su propio cuerpo.
Emaús, ese fue el nombre que le dio a esta comunidad solidaria un pasaporte sin fronteras, donde la solidaridad es el común de sus integrantes y donde todos los trabajos compartidos y humildes tienen el mismo valor, donde solamente importa lograr para todos un mundo de vida mejor, un hogar confortable, para la estabilidad de sus familias, y un lugar de afecto para levantar la autoestima de tanta gente humillada por falta de oportunidades unos, y por el avasallamiento irresponsable de otros,
Se le dio el nombre de Emaús, por ser un lugar de Palestina donde tanta gente fue y se sacrificó buscando el camino de la esperanza, esperanza de un mundo mejor, esperanza de un mundo sin tanta intolerancia, un lugar donde realmente encontraron una razón verdadera para vivir.
Hemos buscado y hurgado en muchos lugares, textos, libros, pensamientos generosos, y también recorrimos los diccionarios más voluminosos en busca del significado de la palabra solidaridad, y no hemos quedado conformes, no hemos podido llegar a una definición exacta de la misma, quizás porque no estamos acostumbrados, o quizás porque hay tanta falta de gente solidaria que nos olvidamos de su significado, que contempla el trabajo y el esfuerzo desinteresado de tanta gente, y no lo hemos encontrado, sí se nos ocurre que quizás sea porque la solidaridad no se puede describir, simplemente se lleva adelante, en silencio y este tampoco se puede interpretar.
Hemos compartido su mesa, comido su pan, y participado en sus proyectos escuchar sus conversaciones, y sentarnos al lado de refugiados indocumentados con diferentes idiomas, que huyendo de su país encontraron igual que el Abbé Pierre, un lugar para impulsarse, proyectarse en el campo de la vida, un lugar donde empezar a creer.
La casa central en Francia nos abrió sus puertas, Emaús Sabadél nos recibió y fuimos por poco tiempo uno más en este trabajo solidario que todo lo da y todo lo puede con la participación de mucha gente desconocida, hoy transcurrido el tiempo más allá de la distancia, nos damos cuenta de que en ese momento empezamos a crecer.
Hoy Emaús está grande. A todos ellos, a los cuatrocientos y tantos Emaús esparcidos por el mundo que llevan sobre sus espaldas la responsabilidad asumida sin reparos, a los cinco o seis mil luchadores sociales anónimos portadores de la esperanza y el verdadero sentido de la solidaridad, sacrificando todo bienestar.
A quienes recogen todas las donaciones de gente sensibilizada por su trabajo, a los que en lugares remotos están a la espera de poder seguir prestando un servicio invalorable para todos, tal vez golpeen a su puerta en nombre de Meaux, les damos un fuerte abrazo y les decimos gracia por habernos hecho sentir tantas cosas y sobre todo habernos hecho sentir importantes. *
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