¿Hacia la unificación conservadora?
Primero fue el doctor Lacalle quien lanzó –hace unas semanas– la idea de un posible acuerdo político entre las dos colectividades tradicionalmente adversarias, como la forma más eficaz de cerrarle el paso a la izquierda.
La iniciativa del ex presidente blanco tuvo relativo poco eco en ambos partidos históricos, pero fue debidamente destacada y comentada en las páginas de LA REPUBLICA.
El pasado miércoles 26 se produjo, sin embargo, un nuevo hecho significativo en el marco de esa idea unionista. Por un lado, el ex presidente Lacalle aprovechó la presentación de un libro del ex parlamentario colorado Ruben Díaz para volver a exponer, de modo muy sutil, su propuesta. Leyendo entre líneas, la alusión a la necesidad de «construir una alternativa nueva y creíble que trascienda lo electoral» resulta más que clara en el sentido de buscar caminos de entendimiento entre los partidos que conforman el bloque conservador.
Pero lo más llamativo fue la coincidencia entre este nuevo empujón del doctor Lacalle y la exposición en el mismo sentido del también ex presidente Jorge Batlle en una reunión en la Asociación de Dirigentes de Marketing. El doctor Batlle fue más explícito y fue más lejos en su propuesta. Incluyó en el eventual acuerdo a los dos partidos opositores minoritarios (la Unión Cívica y el Partido Independiente) y esbozó las bases mínimas para la elaboración de un programa común en lo que vendría a ser la concertación programática de la oposición. Allí aparecen las ideas fuerza del ex presidente: inserción del Uruguay en el mundo (apertura hacia EEUU, tratados de libre comercio, etcétera), papel del Mercosur (propuesta de que el país pase a la condición de Estado asociado dejando la de miembro pleno), reforma del sistema fiscal (la derogación del nuevo sistema tributario), incorporar la energía atómica y, por último, un asunto muy sensible, la seguridad. El doctor Batlle, que no es tonto, apunta a los flancos que la oposición se ha encargado de hacer aparecer como débiles del gobierno.
Esta propuesta concreta del líder de la Lista 15 tuvo una buena acogida en filas opositoras: su rival interno, el doctor Sanguinetti, la evaluó positivamente y tuvo comentarios elogiosos; y el senador nacionalista Sergio Abreu también expresó su visión positiva. No obstante, se hicieron oír voces discrepantes, como la del también senador herrerista Luis A. Heber.
Ahora bien. Desde mucho antes de que se concretara la unidad popular en el Frente Amplio, blancos y colorados eran percibidos desde filas de la izquierda como dos partidos adversarios pero en definitiva ideológicamente iguales. Con el paso del tiempo, fueron perdiendo identidad y llegaron a confundirse, al punto de que hubo dirigentes blancos y colorados que apoyaron el régimen cívico-militar y otros que lo combatieron, tal como había ocurrido con el golpe de Terra en 1933. Y desde el retorno a la normalidad institucional en 1985, las viejas colectividades fueron perdiendo poco a poco sus respectivas opciones progresistas. Las figuras de izquierda abandonaron los lemas tradicionales y se unieron al Frente Amplio o quedaron opacadas por la amplia supremacía de los sectores conservadores. Recuérdese que desde 1985 funcionaron las coaliciones parlamentarias que garantizaban gobernabilidad e incluso el cogobierno.
Así las cosas, la introducción del balotaje fue el primer paso relevante en la simbiosis de los dos partidos. La prueba es que en la primera elección con el nuevo sistema el Partido Nacional no tuvo prurito alguno en votar a Jorge Batlle con tal de derrotar al enemigo común.
De prosperar la iniciativa de Lacalle y Batlle, estaríamos ante la concreción oficial de esa unidad de hecho que existe desde hace por lo menos veinte años. Son dos partidos de derecha con pequeños matices y pequeñas diferencias de enfoque respecto de asuntos puntuales pero con una clarísima identidad ideológica.
La unidad conservadora sería una forma de sinceramiento ante la ciudadanía. *
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