La estrategia para contener brotes inflacionarios

E n estos días se han venido conociendo distintas encuestas de opinión que sugieren algunos cambios de cómo observa la ciudadanía a su gobierno según sea el nivel de información y especialización del conjunto encuestado. En las respuestas del círculo más amplio de la opinión pública, más allá de las precisiones, debería observarse un estado de mayor inquietud o atención sobre la gestión del gobierno. En un conjunto estrecho, integrado por el conjunto de una veintena de consultores muy atentos a eventuales desvíos del programa económico, la gestión del gobierno es también evaluada con una atención nueva. En este último conjunto, las respuestas más frecuentes coinciden en admitir que el gobierno cumplirá su programa macroeconómico, esencialmente en materia de crecimiento y equilibrio fiscal. En ese mismo conjunto, sin embargo, existen respuestas bastante frecuentes que indican el mantenimiento de la duda respecto a que el gobierno pueda enfrentar la inflación con éxito.

Es importante la coincidencia en que, al menos hasta ingresar en el año electoral, el gobierno logrará cumplir sus metas macroeconómicas. Y es tan sugestivo como preocupante leer en esto el recordatorio de que, esas metas macro pudieran cumplirse aunque el valor de la moneda y el ingreso de los hogares sean erosionados por una inflación contra la cual el gobierno hace ocho meses que batalla. De hecho, esas dos vertientes de consulta tienen un vínculo común: la gente advierte un estado nuevo de incertidumbres respecto a cómo va a ser su vida de aquí en más percibiendo los riesgos de un proceso inflacionario. La confianza de los individuos no se alimenta de los grandes números, sino de las seguridades de poder, al menos, mantener la capacidad de compra de los ingresos y una estabilidad en la cual pueda mejorarlos. En el círculo más informado sucede lo mismo. Enfrentados al nuevo problema, los responsables de decidir conductas en el mercado, ya sea en materia de inversión, salarios, política financiera o comercial, se enfrentan a un panorama confuso respecto a cuál es la esencia real de la estrategia antiinflacionaria del gobierno. En este conjunto la duda aparece más explícita porque son preguntados específicamente sobre esto, a diferencia de las familias cuyos integrantes son interrogados acerca de cómo «se porta» el gobierno. No observan que todo el gobierno comparta el diagnóstico sobre las causas de la inflación y en tanto también dudan acerca de la potencia de la política monetaria y la voluntad de aplicarla. Es natural entonces que, tanto las familias como los ahorristas e inversores, intenten cubrirse de ese riesgo cuyas consecuencias no pueden ponderar. Los discursos se mezclan y confunden con acciones que van desde echarle la culpa a los pollos que no respetan los acuerdos de los humanos, hasta el déficit fiscal, pasando por el precio del petróleo. La comunicación, buena o mala, se encarga de amplificar las disonancias y ello multiplica la confusión. Enfrentada a la nueva incertidumbre, la gente intentará indexar como pueda sus ingresos y salarios, volcándose a la disputa distributiva con la precaución de lograr, si le dan las fuerzas, aumentos más holgados de salarios o ingresos de aquellos necesarios para reparar la pérdida de capacidad adquisitiva real en un estadio de estabilidad. La gente no es tonta y asocia los desenlaces de estas conductas a escenario de conflictividad y confrontación mayor. El problema lo entienden con más facilidad las familias que algunos técnicos.

Ahora, el gobierno se debate en un escenario incómodo, que pone a prueba su capacidad de operar sobre una realidad compleja. Cual un cirujano que duda ante una dispersión inesperada de células patógenas, el gobierno sabe que debe asumir decisiones mayores, tan riesgosas como indeclinables; en su círculo íntimo el gobierno sabe que de ahora en adelante ya no se puede balconear el riesgo inflacionario. Y advirtiendo esos vínculos de insatisfacción social con la incertidumbre natural de un proceso inflacionario, intuye que debe arriesgar más para bloquear la dispersión de esa patología novedosa a la cual se enfrenta. No más allá de la primera semana de octubre se deberán adoptar algunas medidas más agresivas y costosas políticamente en el corto plazo. Empero, sería imperdonable arriesgar los éxitos alcanzados por el primer gobierno de la izquierda arriesgando el ingreso a un escenario de desequilibrio y confrontación mayor. El gobierno debe convencerse y convencer de que puede revertir esa duda luego de ocho meses de sospechas crecientes acerca de que, en realidad, subestima los efectos políticos y sociales asociados a una inflación elevada. *

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