La energía, un bien escaso

Casi nunca preguntamos de dónde viene la energía. Sabemos que cuando encendemos una simple lámpara de luz allí estará; sabemos que la heladera funciona automáticamente y que no se precisa una preocupación especial sobre ella. Se prenderá y apagará sola, punto. Si tenemos termotanque sabemos que tendremos agua caliente y si alguien se bañó antes que nosotros deberemos esperar uno minutos solamente y ya estará todo pronto de nuevo.

Si tenemos auto sabemos que alcanza con tener nafta para que ande y si tomamos transporte colectivo no pensamos en si tiene gasoil o no, sabemos que anda y nos llevará a destino.

Hasta allí nuestra natural inocencia y desinterés general por la energía. Algunas preguntas nos empezamos a realizar cuando debemos pagar la tarifa eléctrica, recargar la garrafa de gas, llenar el tanque o pagar el boleto. También cuando compramos leña nos fijamos en el precio o la calidad que nos ofrecen.

El uso de la energía está asociado a industria, comercio, desarrollo y confort. Está bien, es así. ¿Debemos aumentar nuestra industria o nuestro comercio o nuestro confort? Sí, claro, todos opinamos favorablemente. Pero desde la guerra de Yom Kippur en 1973, cuando el petróleo subió más de un cien por ciento y Europa quedó paralizada, pasando por la revolución islámica de 1979 que derrocó al sha de Irán y provocó una nueva suba del petróleo del orden de otro cien por ciento, la energía pasó a ser un tema un poco más complejo, en el cual se empezaron a tomar en cuenta el precio, la fragilidad de las reservas y las condiciones políticas influyendo sobre la viabilidad y fragilidad de los suministros y por sobre todas las cosas un precio en aumento creciente.

Una consecuencia muy evidente fue el rediseño de los motores, tanto de los autos como de aquellos destinados a otros usos. Esos impactos políticos y económicos produjeron un fuerte cambio tecnológico que llegó para quedarse y para profundizar su mejor rendimiento. Ya no habrá energía barata y segura, ya no quedan tantas reservas. El mundo ha cambiado y ahora sólo nos queda adaptarnos.

El año 2006 fue para Uruguay de sequía extrema e histórica. Se había jugado a la ruleta rusa del neoliberalismo energético y todos quedamos al borde del precipicio del gran apagón. La salida a esa situación se debió a dos factores: una conducción inteligente y firme desde el gobierno y una conciencia nacional de colaboración para salir sin llegar a la falla.

Vinieron las lluvias, se realizaron las inversiones más urgentes, se comenzaron a desarrollar y a concretar las obras de mediano plazo y se empezaron a definir las estrategias a más largo plazo, con un horizonte en donde el gobierno piensa como Estado y no como partido político.

Pero una enseñanza le ha quedado a todos los uruguayos: debemos ser eficientes y responsables en el uso de la energía. Todos queremos y merecemos más confort, pero que nada se haga con cabeza neoliberal, apostando a que el mercado por si solo resolverá estos problemas.

El gobierno viene dando señales claras de que tiene un plan de largo aliento que incluye diversificar la matriz con energías renovables y buscando alternativas como la planta de regasificación proyectada. Tiene planificadas inversiones que aseguren el abastecimiento y los posibles acuerdos con Pdvsa para explotar un pozo en el Orinoco son muestra de ello, así como la apuesta a más y mejor integración energética con la construcción de 400 kilómetros de línea entre San Carlos y Presidente Médici.

Si la energía es un bien escaso y con un precio en aumento, la eficiencia, es decir el uso racional de la misma, debe estar en la agenda de nuestra cultura de desarrollo.

El proyecto de país productivo requiere de una mayor oferta energética. *

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