Escrito por: ANDRES PAMPILLON Periodista
Hace unos días se divulgaron nuevas encuestas, de esas que periódicamente intentan auscultar a esa especie de músculo cardíaco de la sociedad, conocido con el apelativo de opinión pública. En este caso un entramado de preguntas correlaciona la opinión sobre el nuevo Impuesto a la Renta de la Personas Físicas con la opinión de los mismos consultados respecto a la imagen del presidente y la gestión del gobierno.
Todas estas sencillas cuestiones compiladas en un ameno y breve cuestionario, que para mayor sencillez acota el universo de respuestas posibles mediante opciones preestablecidas.
Estas últimas encuestas terminan de concluir en una caída de la imagen presidencial, la erosión del “veredicto popular” sobre la gestión de gobierno y por supuesto una furibunda mayoría opuesta radical e indignadamente al tan mentado IRPF.
Demonio éste ya exorcisado por los datos de la recaudación de agosto de la DGI que demuestra, con hechos no con opiniones, que la inmensa mayoría de los trabajadores y pasivos uruguayos tiene la desgracia de tener tan magros ingresos que la guadaña del IRPF les pasa por arriba sin tocarlos.
Pero volviendo a los siempre bien divulgados instrumentos de medición de la opinión pública, cuando se analizan los resultados es bueno también tener en cuenta el momento en que estos instrumentos de medición se aplican, en este caso por ejemplo, en medio de una avalancha opositora sobre el tema. Incluso con interpelación mediante de un precoz candidato a la presidencia, decorado con gestos, gritos e indignaciones de rostro desencajado. Arsenal gestual emitido en horario central en nombre de proteger a las afectadas mayorías de un impuesto que paradójicamente no tienen que pagar.
Si no fuera verdad, bien podría considerarse un montaje de circenses ribetes.
En medio esta compleja articulación de episodios uno tiene derecho al menos a sospechar, tanto del diseño como de la oportunidad en la que se realizan estas auscultaciones sobre lo que opinan los uruguayos.
Esto, dejando de lado que el cómo y el por dónde se difunden los resultados, dejan un halo de duda mayor respecto a la neutralidad de estas mediciones.
Pues, resulta que mientras se relanzan ofensivas opositoras, mientras se reinstala el tema en los medios, se agitan fantasmas impositivos sobre gente que no tiene que pagar y se le sale a medir opinión al respecto.
¿Pero qué es lo que están midiendo estas encuestas? ¿La opinión de los ciudadanos debidamente informados acerca de los pros y contras de un impuesto, que a la mayoría no toca?, o ¿la indignación solidaria de aquellos que ganan menos, por el incremento en los impuestos de aquella minoría que tiene suculentos ingresos?
O tal vez, quizás, ¿no podría estar midiendo el efecto de la campaña opositora, amplificada mediáticamente y legitimada luego con números y procedimientos que subrogan el prestigioso aval de la ciencia?
Muchas son las cosas presentadas como verdad inapelable, guerras en nombre de la paz, dictaduras en nombre de la democracia, minorías arrogándose los derechos de las mayorías, champúes que rejuvenecen.
Medir la opinión publica respecto del IRPF en medio de esta campaña, da al menos para sospechar de la existencia de un factor estacional, un sesgo importante que podría estar incidiendo en la muestra de 1.000 casos y por ende en los resultados.
Sesgos que deben ser ponderados a la hora de utilizar cualquier instrumento para medir, o auscultar la sociedad.
Si no puede caerse en correlaciones espurias. Para decirlo sencillamente, el caso analizado es como realizar una encuesta sobre seguridad aérea luego de que un avión lleno de escolares se desploma sobre una localidad.
Igual efecto que cuando un cronista policial, luego de acontecido un asesinato con violación, pregunta a los vecinos qué opinan sobre aplicar la pena de muerte a los violadores.
La técnica de la encuesta es, como cualquier instrumento, una herramienta útil para algunos casos y nada recomendable para otros.
Y más en ciencias sociales, en las que la imperfección de las técnicas de medición y la complejidad del objeto a medir requieren de fuertes resguardos y parámetros éticos bien definidos y explicitados.
De lo contrario, puede caerse en la inanidad de salir a preguntarle a la persona si es cornuda, cuando todos sabemos que el resultado tenderá seguramente a cero.
En lo social, muchas veces creemos estar midiendo cuando en realidad estamos interfiriendo, moldeando, consolidando y legitimando una situación. Incluso con los conocimientos apropiados podemos saber qué preguntar, cuándo y de qué manera para que los resultados se alineen con las expectativas nuestras, o del cliente.
Muchas veces pretendiendo auscultar la sociedad, se termina intentando erigirse en el marcapaso de la misma. Frente a esto la única garantía es la libertad y el sempiterno instrumento de la razón y de la ciencia: el análisis crítico, versión académica del proverbio criollo que recomienda siempre “abrir los ganchos”. *
OTRAS NOTICIAS EN LARED21