¿En pos de la Cisplatina?
En estos días, ha ocupado la atención de la prensa el tema de la extranjerización de algunas de nuestras fuentes de producción. En nuestra época de legislador presentamos tres proyectos sobre el asunto, con respecto a la titularidad de la tierra uruguaya.
Todos terminaron rechazados faltando solo el voto de dos o tres legisladores para su aprobación por el Senado. En esas oportunidades nos respaldamos en la opinión de empresarios, dirigentes y periodistas del agro y también de legisladores de todos los partidos políticos, que entendieron conveniente, legislar sobre la tenencia de la tierra. También se incursionó en el terreno del Derecho comparado, comprobando que, casi la totalidad de los países de América del Sur, del Caribe y también de otros continentes, han prohibido (total o parcialmente) la tenencia de tierras a los extranjeros. Nuestro colosal vecino, el Brasil, lo prohíbe en todo su territorio, salvo autorización expresa de su Congreso Legislativo, mientras nosotros nos hemos negado a toda limitación.
Al respecto, el prestigioso jurista, Héctor Gros Espiell, al expresarse en una comisión del Senado, señalaba que una legislación uruguaya no significaría otra cosa que una cuestión de reciprocidad.
El problema se ha agravado notoriamente en los últimos tiempos; hoy es notoria la creciente demanda de tierra por extranjeros, en su mayoría brasileros y también en su mayoría, no residentes en el país.
En tanto, cinco de los más importantes frigoríficos han sido adquiridos por grupos económicos del mismo origen, y otros están en trámites para posibles negociaciones; la poderosa Petrobras ya exhibe sus importantes centros de comercialización y servicios, mientras se gestiona -o ya se ha concretado- la venta de Saman a otro poderoso capital de mismo origen. La tierra, además del asiento físico del Estado, sigue siendo nuestra principal fuente de divisas; la distribución de los combustibles es cada día menos nacional, la industrialización y comercialización del arroz se hará, por lo menos mayoritariamente, por los nuevos dueños de la principal empresa, hasta hace pocos días, nacional.
Vuelve a aparecer en el horizonte la amenaza del monopolio de la carne, que, hace 50 años, tenían las compañías inglesas.
¿Será que, como decía Wilson, si bien el Uruguay no parece correr peligro de ser invadido, la soberanía puede ser arrasada por el capital extranjero? ¿O como oportunamente manifestó el doctor Enrique Martínez Moreno, que «llegara el día en que el dinero, la industria, los bancos y la tierra vana estar en manos de extranjeros y nuestros hijos y nietos serán los que los sirvan?
Todos estos testimonios y vaticinios parecen tener una pujante realidad en estos días. Aunque las circunstancias actuales no parecen viables para una aventura belicista, no debe olvidarse el viejo sueño de la política portuguesa primero y luego heredada por Brasil de extender sus «fronteras naturales» hasta el Río de la Plata.
Si todo ello en la actualidad, no se manifiesta claramente en el aspecto político, es bueno recordar que en un documento desclasificado en los Estados Unidos, se señala como ese país, por intermedio de Brasil, incidió en el resultado de las elecciones uruguayas del año 1971, y como este «país hermano», mandó a su canciller a pretender indicarle al nuestro, algunas de las conductas a seguir en materia de acuerdos comerciales, mientras se une a Argentina para Mercosur de por medio ahogar la economía uruguaya.
170 años no significan mucho tiempo para la historia. Lo expresan muy claramente, el corte de los puentes sobre el Río Uruguay, la construcción clandestina de un canal de navegación en aguas de uso común en la República Argentina, el territorio que ha ocupado Brasil en el norte uruguayo y el recuerdo de todas las intervenciones y amenazas de los vecinos, desde el mismo momento del reconocimiento de nuestra independencia.
Los riesgos de un futuro abonado por un pasado no tan lejano no pueden olvidarse, porque siendo «muy veleidosa la probidad de los hombres», también lo es la de los Estados. *
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