Uruguayos, a innovar

A yer se puso en marcha la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII). De esta forma se acaba de dar un paso más, por parte del gobierno, en el logro del Uruguay Innovador que es uno de los objetivos programáticos que el presidente Tabaré Vázquez presentó durante la campaña electoral.

Es intención de la actual administración fomentar, incentivar y promover la innovación, la ciencia y la tecnología, entendiendo que éstos son pilares del desarrollo del país, tan necesario para elevar la calidad de vida de los uruguayos.

De esta forma, el país mira lejos, realiza una fuerte apuesta a la vinculación del conocimiento con la producción e intenta, quizás un poco tarde, desatar una fuerte competencia en el mercado regional.

El director de la OPP, Enrique Rubio, fue contundente en este aspecto cuando ayer manifestó que Uruguay puede transformarse «en el polo tecnológico del Mercosur».

Días antes el ministro de Industria, Energía y Minería, Jorge Lepra, recordó que en 1967 la Universidad introdujo el estudio de la computación y «40 años más tarde Uruguay es un país líder en software». Subrayando que el año pasado, en este rubro, «Uruguay exportó casi la misma cantidad (en millones de dólares) que Brasil, y exportó cinco veces lo que exportó Chile».

La creación y puesta en marcha de la Agencia es de un fuerte impacto para el país, como lo fue en su momento (1914) la creación de La Estación Experimental La Estanzuela para organizar un servicio de mejoramiento genético y vegetal, que a partir de 1961 amplió sus cometidos a los rubros ganaderos, especializándose en el tema forrajero. A la vez, en 1951, se creó el Instituto Clemente Estable, para investigar sobre las Ciencias Biológicas.

Estos dos grandes emprendimientos quedaron, en distintas etapas del país, a la merced de los intereses políticos y económicos. Fue así que distintos gobiernos –particularmente la dictadura cívico militar– aceptaron resignados que Uruguay debía ser un país tecnológica y científicamente dependiente, lo que lesionó nuestra capacidad innovadora, a la vez que produjo la emigración de cerebros, que en el 98% de los casos fueron educados en la enseñanza pública, sostenida por la contribución de los uruguayos.

Es de esperar que esta buena nueva que acaba de anunciar el gobierno, más buena porque antes se puso en marcha el Instituto Pasteur, sea un gran impulso para que la ciencia y la tecnología, así como la investigación y la innovación, pasen a ser parte de la conversación diaria de los uruguayos.

Claro que en esto de zambullirnos de lleno en el Siglo XXI, pasa también por el fortalecimiento de la UTU, tanto del punto de vista de los contenidos y del apoyo presupuestal, para que desde la adolescencia las nuevas generaciones vayan dialogando con el pensamiento científico.

El proyecto de la ANII, el actual anuncio de su creación, debe también penetrar en las escuelas y en los liceos para que los alumnos de hoy asuman que pueden ser los investigadores de mañana.

Sin ese cambio cultural no hay posibilidades de incorporar conocimiento a los procesos productivos, que si no lo hacemos seguiremos siendo una sociedad exportadora de materia prima, que para acceder a la tecnología tiene que recurrir, a un alto costo, a los centros económicos del primer mundo.

El país acaba de abrir una gran ventana al futuro y eso debe de transformarse en patrimonio de todos los uruguayos, aunque aún hoy el salto no haya sido todo lo largo que tendría que ser, pero lo importante es que el salto se ha dado.

Estamos, entonces, ante una nueva oportunidad a la que hay que abrazarse con firmeza, para que no se nos escape como agua entre las manos.

Como dice el presidente Tabaré Vázquez: «Vamos bien, pero falta mucho». *

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