Juan Martín (De) Posadas: el eunuco del poder
Federico Fasano Mertens
Me da pereza escribir estas líneas sobre un tartufo de la política nacional. Mi padre siempre me decía que no discutiera nunca con un hombre cuya opinión no me mereciera respeto. Y también apelaba a un añejo proverbio manchego: «Cuando haya que emplear la pluma acuérdate de la vieja leyenda de toledanos aceros; no me saques sin razón ni me envaines sin honor».
Pero tanto va el cántaro a la fuente que este ombú ha decidido darle sombra a un tonto, entontecido por desuso: el ex cura, ex wilsonista, ex legislador sin votos propios, ex habitante de la trinchera cristiana de los desposeídos, Juan Martín De Posadas (la «De» se la sacó vaya a saber por qué trauma de la infancia), pequeño hombrecito inerecto, miembro de esa raza de pusilánimes que se venden sin que los compren, que desde hace tiempo ha decidido babear sobre mi humanidad hasta que hoy decidí poner a la canalla en cintura.
El lector bien sabe que no es mi estilo el insulto ni el agravio. Yo combato con las noticias no con las injurias. Si las noticias resultan insultantes, son ellas y no yo las protagonistas.
Puse una y otra vez la mejilla practicando la generosidad cristiana que el renegado abandonó hace ya mucho tiempo.
Hasta me ocupé personalmente de ignorar una noticia que lo lastimaba profundamente cuando hace poco fue procesado y encarcelado un familiar suyo muy cercano y querido.
Actué como el sándalo que perfuma a quien lo hiere.
Pero el límite hoy fue rebasado. Y convocó a mi ira dormida, nunca tan bien legitimada.
El ex cura, desertor de juramentos eternos, no por legítimas razones de conciencia, como tantos hombres dignos reducidos al estado laical, sino como consecuencia de la traición al amigo que le abrió su hogar, y de la oportunidad que le dio en confesión su condición de hombre de Dios (a buen entendedor, Juan Martín…) me calificó de «fiolo» (La Democracia 30/6/2000), «indecente, plagiador, extorsionista, defraudador del fisco, impostor» (La Democracia 27/10/2000).
El ex cura, pese a que salvó latín raspando, bien sabe que «de minimus non curat praetor» (de lo pequeño no se ocupa el pretor) y obtuvo por lo tanto, en ese entonces, mi callada por respuesta.
Siempre supe, que la ignorancia es una enfermedad que no tiene vacuna, y que el pobre Juan Martín era un ignaro crónico, bueno para nada, señor de los fracasos en una familia que se destacaba por ciertos éxitos. También sabía que la envidia, uno de los peores pecados capitales, es el talento de los mediocres y según cuentan sus correligionarios, con Wilson Ferreira a la cabeza, esa envidia era el mayor de sus talentos. Por lo tanto decidí no ocuparme del odio de un indigno y rodearme del amor de los indignados.
Cuando me apedrean siempre pienso, como decía Galeano, que sólo los árboles que dan frutos son los que reciben las pedradas.
Pero el domingo último en el diario del Opus Dei, a donde se pasó con armas y bagajes (hay pocos precedentes donde un seguidor de Iñigo de Loyola se pase a las huestes de José María Escrivá sin dejar jirones de ética por el camino) este sepulcro blanqueado, limpio por fuera y agusanado por dentro, volvió a violar el octavo mandamiento de la ley al mentir sin rubor y sin temor a las llamas del infierno en las que dice creer y temer.
Afirmó textualmente luego de volver a insultarme que: «LA REPUBLICA recibe una proporción de la propaganda oficial mayor de lo justificable» agregando una nueva infamia al afirmar que «Ancap y Antel habían pagado a LA REPUBLICA por unas fotos en un estadio de Nigeria con publicidad estática de ambos entes, que nunca existió». Su osadía llega al colmo de acusar al solvente fotógrafo de LA REPUBLICA que es Fernando González, de no haber sacado en Nigeria la foto que sí sacó y transmitió desde Lagos, en donde se pueden ver en las tribunas a los inconfudibles nigerianos de piel negra y alma mucho más blanca que nuestro calumniador. Tanto Ancap como Antel ya desmintieron la existencia de irregularidad alguna en esa publicidad extra que nunca fue contratada y mucho menos cobrada por LA REPUBLICA.
No es raro encontrarse ladrones que predican contra el robo para que los demás no les hagan competencia. Es el caso de este hombrecito modesto, con muchas razones para ser modesto sin esforzarse demasiado.
Ahora, apoyado en una falsa premisa, intenta que el Estado utilice los recursos de la publicidad oficial, que es de todos, para castigar la rebeldía de un diario corajudo, ente testigo de los abusos del poder, defensor de la gente de a pie, esa que el aristócrata De Posadas desprecia.
Desafío a este nuevo integrante de la pandilla arbillista, a este nuevo jilguero del poder, a este defensor de los jerarcas de prensa de la dictadura, de los clausuradores de diarios y encarceladores de periodistas, a que pruebe su indecente e inescrupulosa afirmación.
Su ruindad no tiene límites. Sabe bien que LA REPUBLICA es el diario que menos publicidad oficial recibe. En los 13 años de existencia, con una sola excepción en un año, nunca pudo superar el último lugar en los avisos estatales. Y también sabe que esa injusta situación sólo fue posible porque LA REPUBLICA antepuso los intereses de la sociedad civil desinformada a la genuflexión crónica a la que él siempre estuvo acostumbrado, tanto cuando era cura como cuando desertó.
Usted es un necio, Juan Martín De Posadas, pero un necio irredento. Todo necio confunde valor y precio. Pero usted Juan Martín, además de confundir valor y precio, siempre está a favor del precio. Y eso no tiene cura. Primero son las 30 monedas. Y después, quién sabe qué. ¿Cuánto le pagaron por traicionar a Wilson? Ya se olvidó cuando Wilson, ese animal político y soberbio, que le dio vida y le entregó la dirección de La Democracia, dirección de la que usted fue cesado por inepto, tuvo que sacarlo a empujones porque no quería abandonar la poltrona. Sus intrigas contra Wilson motivaron que el Directorio del Partido Nacional por unanimidad lo sancionara éticamente y lo dejara en ridículo.
A partir de ese momento ni siquiera pudo aproximarse al edilato. Y comenzó a transitar su vocación de amiba, esos seres que no poseen columna vertebral y se pueden adaptar a cualquier forma. De wilsonista ingrato pasó a ser maromero profesional. Según el diccionario, un maromero es un político astuto que varía de opinión o partido según las circunstancias. Si le agregáramos que usted es una amiba maromera, que hoy sirve a la derecha arbillista o a la derecha católica, a cambio del placer impotente de conformarse con abrochar los botones de la camisa del rey, la descripción me parece perfecta para este valet del poder. Es uno de los síndromes de los impotentes, transformarse en eunuco para estar cerca de las alcobas de la autoridad.
El lector desprevenido podrá pensar que deben ser terribles los motivos que tuvo o tiene el pobre Juan Martín para atacarme con saña inaudita a mí y a LA REPUBLICA, en todas las ocasiones que le viene en gana.
A ciencia cierta ignoro esos motivos aunque supongo que el gran odio que alberga en su pequeño corazón se debe a la noticia que investigué sobre el ilícito que llevó a cabo su hermano, cuando era embajador en Londres, que culminó con su cese, el pase a la justicia penal y el pago de una importante suma de dinero a la Cancillería para evitar la prisión.
A partir de ese momento, el pobre Juan Martín no cesó de injuriarme, de todas las formas posibles.
No sabe que en su pecado está su penitencia.
El pasará a la historia como el fracasado y el traidor, a sus ideas, a su congregación, al jefe político que le dio
todo. Yo pasaré como el que dedicó su vida a «honrar a dioses distintos a los de la ciudad y por eso le dieron a beber la cicuta». Nunca traicioné mis ideas. Ni en la cárcel, ni en el exilio. Pero con cicuta o sin ella yo estoy en viaje de ida y hago esta vez una excepción en mirar el gesto de alguien como Juan Martín, que vive permanentemente en viaje de vuelta.
¿Será acaso esa la razón de su odio?
O será porque de tanta envidia y traición se quedó sin barco. Y como diría Carlos Ares, sin barco no hay viaje, sin viaje no hay destino.
Y algún árbol tenía que hachar para construir su navío y así poder navegar. Y Juan Martín eligió a alguien de noble madera para usarlo de verga («mástil que sirve para sostener la vela»). No sabía el iluso que este mástil sólo acepta sostener las velas del pueblo, no la de renegados sin conciencia y sin honor.
Y basta por hoy. Espero que las nalgadas le hayan servido al eunuco del poder. Y si no fueron suficientes habrá que profundizarlas descifrando cierto informe que «manos generosas» hicieron desaparecer y que hoy repentinamente vuelve a la superficie.
Sé que hoy cometí tres errores que había evitado cometer durante muchos años. Franklin decía que las tres cosas más difíciles de esta vida eran guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.
Hoy, ni guardé el secreto sobre las presuntas causas del odio del pobre Juan Martín, ni perdoné sus agravios ni aproveché el tiempo.
Por eso iré al purgatorio. Pero cierto es que no me encontraré con el renegado en el infierno. Es mi alivio.
* Federico Fasano Mertens – Director
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