El legado de Salvador Allende
Un tenue viento tibio sopla en el valle central anunciando la llegada de la primavera, preñada de protestas y cuestionamientos al modelo que propugnan los cuatro partidos políticos gobernantes en Chile y una derecha opositora conteste en mantener el «statu quo». Son claros vestigios que desacomodan los expansivos y prósperos síntomas de crecimiento de una economía pujante en el contexto regional y mundial. Se abren paralelamente las anchas alamedas del recuerdo y estoicismo en la vital actitud de Salvador Allende, en la hora de los hornos. Parece una osadía rememorar su gesta heroica en defensa de las instituciones democráticas en el marco de una globalización neoliberal tan a contramano del mundo bipolar de la década de los años 70 y de las convicciones que marcaron a sangre y fuego la «vía chilena al socialismo». Tan lejos de aquel desgarrador episodio del 11 de setiembre de 1973 y sin embargo tan cerca, es posible hoy construir prosperidad en la misma tierra del presidente mártir, con tanta desigualdad?
Nadie duda de que hoy en Chile hay mucho menos pobreza que en 1990, recuperada la democracia. Tampoco existen dos interpretaciones sobre si en una democracia las organizaciones que operan en ella, como factores de poder real, pueden o no expresarse en demanda de mejores condiciones de vida. Los trabajadores organizados en la histórica CUT (Central Unitaria de Trabajadores) expusieron su humanidad y principios para reconquistar la democracia . A veinte años de reinstauradas las libertades, poseen mucho más derecho a salir a las calles a expresarse, más allá de los muy lamentables y deplorables actos vandálicos de un puñado de inadaptados ajenos a las ricas tradiciones de la lucha obrera.
De lo que no caben dudas es de que la violencia está en el sistema que produce seres tan inmensamente ricos y en el otro extremo marginalidad y pobreza. La violencia, por cierto, está en la injusta distribución de la riqueza, en las cuentas bancarias de familias y grupos económicos privilegiados a los que Allende combatió, en el cinismo de los camaleónicos ex partidarios del dictador y su espurio sistema «binominal» perpetuado en una Constitución pétrea e inmoral que requiere de reformas y de su abolición para que partidos políticos de la envergadura y raigambre histórica como el Partido Comunista de Chile puedan tener representación parlamentaria en el Congreso Nacional.
No habrá democracia plena sin la presencia de todos los actores políticos. Tampoco existirá un auténtico diálogo social para la superar las asimetrías del sistema, sin la presencia de los trabajadores organizados y su impronta. Ello a sabiendas de que se ha conformado en estos días y a instancias del propio gobierno un Consejo para la Equidad Social, convocatoria de la presidenta Bachelet a diversos hombres y mujeres provenientes del mundo de la política, de la empresa, de las entidades eclesiásticas y otras organizaciones que discutirán y asesorarán a la mandataria sobre un salario mínimo nacional que responda a las necesidades de los más postergados. La entidad de la protesta minera en «El Teniente» durante este crudo invierno, las señales inequívocas del movimiento estudiantil que antecedieron en 2006, se suman y constituyen la más clara demostración de que la demanda ciudadana por cambios cualitativos en sus condiciones de vida está muy latente.
La sociedad chilena de la domesticación y el terror impuestos por la larga noche de la dictadura llegó a su fin y es entonces cuando los gobernantes deben saber interpretar a sus pueblos y comportamientos, no en función de la estabilidad de frías variables económicas u abstractos, sino en razón de otras sensaciones más ligadas a las frustraciones, sueños y capacidades de esos mismos pueblos para modificar un entorno de humillación y continuas e injustas postergaciones, pues existe riqueza capaz de llevar a los más relegados al umbral del bienestar…
Setiembre y la evocación de Allende, insoslayable en estas fechas, acompañarán a calibrar y a sopesar en toda su magnitud el cambio en curso y en sintonía con una prédica de empoderamiento ciudadano y participación que la propia Michelle Bachelet, al asumir su condición de gobernante, desató en amplias capas y sectores de la sociedad trasandina. *
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