Una lanza por el Parlamento
A partir de mediados del siglo pasado, los políticos en general, y los diputados y senadores en particular, han sido percibidos por la opinión pública como una suerte de parásitos, de funcionarios inservibles que cobran sueldos suculentos por no hacer nada. Esta imagen estereotipada ganó adeptos en todas las clases sociales y casi en todos los ámbitos de la sociedad; incluso entre los militantes de izquierda.
El desprestigio de la clase política y de la política como actividad se reflejaba en chistes, en ocurrencias populares y en un sentimiento generalizado de rechazo. Quien se dedicaba a la actividad política era automáticamente catalogado como un demagogo inmoral, advenedizo, insincero, acomodaticio, dispuesto a vender su alma al diablo y, fundamentalmente, con un desmedido apetito de poder y una propensión a aprovechar su cargo en beneficio propio. En rigor, esa pésima imagen tenía algún fundamento: recordemos las facilidades para acogerse a los beneficios jubilatorios o la famosa «ley de autos baratos» que permitía a los legisladores importar automóviles para uso particular sin pagar impuesto alguno; se trataba de prebendas irritantes que felizmente han sido derogadas.
Esa mala imagen de los políticos fue convenientemente explotada y aprovechada por los golpistas, quienes intentaron aparecer a los ojos del ciudadano común como impolutos e incorruptibles guardianes de la moral en contraposición con los políticos ya bastante desprestigiados. Poco tiempo bastó para que los incautos que creyeron el cuento inventado por los «gobernantes de facto» advirtieran el error en que habían caído y empezaran a añorar los tiempos felices de elecciones periódicas y de funcionamiento pleno de las instituciones. Esta vuelta de tuerca explica el categórico rechazo al proyecto de reforma constitucional de 1980 y el apoyo masivo otorgado a los sectores demócratas de los partidos tradicionales en las internas de 1982.
No obstante, la democracia, las instituciones y el quehacer político han venido sufriendo un desgaste luego de algo más de veinte años de normalidad institucional y de libre juego democrático. Peligrosamente, renace en algunos sectores –y lo peor es que los jóvenes la hacen suya– una mirada escéptica sobre la actividad política y un descreimiento en los gobernantes en particular y en los políticos en general. Frases como «son todos iguales» (o el famoso «que se vayan todos» de la Argentina de la crisis) dan cuenta de un estado de ánimo contrario a la política y a los políticos, un desencanto que abona el terreno para soluciones autoritarias.
Particularmente, la tarea parlamentaria es percibida como algo superfluo, como un juego en el que se trata de rebatir argumentos del adversario sin otra meta que la del lucimiento en la gimnasia verbal. Esa falsa percepción que la opinión pública tiene de los legisladores olvida algo sustancial: la función del Parlamento es, precisamente, la de hablar, deliberar, debatir, cuestionar, analizar con lupa los textos legales antes de aprobarlos. Y tampoco tiene en cuenta que la tarea de los legisladores no se limita a las sesiones plenarias que tienen lugar dos veces por semana, sino que el gran esfuerzo de los representantes del pueblo se desarrolla en las comisiones. Es allí donde se debate más a fondo (y sin público a quien deslumbrar), donde se convoca a especialistas, donde se oyen opiniones, donde se analizan puntos de vista opuestos, donde se corrigen textos, se suprimen artículos, se incorporan disposiciones, se logran acuerdos.
Luego, cuando un proyecto de ley llega al plenario, los miembros de la comisión respectiva que lo han analizado y eventualmente lo han modificado, son los encargados de informar a aquellos de sus pares que no integran la comisión de las características del texto legal a estudio. Evacuan las consultas, aclaran las dudas e, incluso, aceptan nuevas modificaciones para dar más precisión al texto.
Esta es, muy sintéticamente, la tarea de los legisladores. No es moco de pavo, y espero con esta nota contribuir en algo a desterrar el concepto erróneo tan extendido de que se les paga por no hacer nada. *
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