Las desventuras de Napoleón y Bush
E l intento por mantener un mínimo apoyo a una guerra que le revuelve el estómago a la mayoría de los ciudadanos estadounidenses, deja al presidente George W. Bush cada vez más solo. La Government Accountability Office, órgano parlamentario de control de los programas del gobierno de Estados Unidos, estimó –según un informe revelado por el Washington Post– que hasta ahora en Irak sólo se han alcanzado tres de los dieciocho objetivos fijados por el Congreso en materia política y militar.
Los ataques contra civiles no disminuyeron y la violencia fratricida no cesa. Los muertos y heridos se cuentan por decenas todos los días.
El libro «Napoleon’s Egypt: Invading the Middle East», de Juan Cole, puede ser un buena excusa para empezar a vincular las lecciones de la historia con la debacle norteamericana en Irak.
Cole, experto en la región y creador del popular blog especializado Informed Comment, describe en su libro la desventura militar de Napoleón Bonaparte en el Egipto de 1798 y la guerra del gobierno de Bush en Irak como pilares históricos del imperialismo moderno en Medio Oriente.
Hay varias lecciones sobre esas incursiones en la región y la lógica falaz que las justificó, así como las realidades políticas que pueden terminar precipitando una retirada estadounidense de Irak. El llamado de Bush a «liberar Irak» de las garras de un líder tiránico con ansias de pertrecharse de armas de destrucción masiva no puede enmascarar sus ambiciones neocoloniales a largo plazo. Pero como Napoleón, Bush tiende a creerse su propia propaganda. Ambas invasiones utilizaron la retórica de la liberación.
Igual que el imperialista francés, el jefe de la Casa Blanca deseó crear un «Gran Medio Oriente», pero sólo consiguió que la insurgencia viera la presencia extranjera como ocupante, no como liberadora.
La idea de que la guerra de Bush impondría un gobierno democrático en Irak no resiste el análisis. El mandatario norteamericano se vio obligado a aceptar la celebración apresurada de elecciones, en las que prevaleció el Supremo Consejo Islámico Iraquí, partido chiita liderado por Abdul Aziz al-Hakim y apoyado por el enemigo regional de Estados Unidos, la teocrática República Islámica de Irán. Hoy las facciones iraquíes combaten por el control del país. Doscientos años antes, Napoleón designó a un grupo de académicos sunitas de la Universidad Al-Azhar de El Cairo para gobernar en nombre de la población supuestamente liberada de Egipto. En ambos ejemplos, la ocupación militar quería moldear a su imagen y semejanza las tierras invadidas. Pero estos países terminaron siendo repúblicas islámicas.
Si Napoleón fracasó en el intento de convertir a Egipto en una colonia lucrativa de la República Francesa, ¿por qué a Bush le resultaría más fácil convertir a Irak en un modelo de democracia para Medio Oriente?
La aventura militar de Napoleón en Egipto duró sólo tres años. Pero pese a que no pudo sojuzgar a la población de ese país, entonces una provincia del Imperio Otomano lejana de la metrópoli turca, no limitó su ambición de más poder. Volvió a Francia y, vanagloriándose falsamente de sus victorias y conquistas en el Medio Oriente, dio un golpe de Estado y se coronó emperador.
Pero Bush puede no ser tan afortunado. Estados Unidos inició una década o dos de inestabilidad regional a causa de su ocupación militar de Irak. Y el presidente será recordado como el hombre que se empantanó y que no sabe cómo salir del país árabe .
La estrategia del comandante de las fuerzas estadounidenses en Irak, general David Petraeus, de elevar la presencia militar en ese país, sus fracasos ostensibles y sus éxitos parciales son solamente los últimos en una cadena de respuestas bélicas que no remediarán una situación política cada vez más insoluble para la Casa Blanca. *
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