El baño del Papa

Escrito por: JORGE R. BRUNI - Subsecretario de Trabajo y Seguridad Social.

Martes 28 de agosto de 2007 | 5:59
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Cincuenta mil personas y decenas de ómnibus provenientes de Brasil se esperaban en Melo en abril de 1988 cuando la visita de Juan Pablo II. Apenas concurrieron unas 8.000 y un par de ómnibus. ¡Cuánta desilusión! Las expectativas de muchos, humildes en su mayoría, eran las de hacer algún “pesito” aprovechando esa “bendita visita”. Puestos de venta de comida, bebida y cuanta cosa fuere posible vender, existieron ese día en la capital melense. Pensaban en bolsillos llenos. Quedaron vacíos. El “Beto”, protagonista principal de la película, pretendió vender el ¡servicio del excusado que instaló frente a su casa! Lo usó sólo su familia.

Hasta el cansancio hemos expresado que “el Interior también existe”, aludiendo con ello a desencuentros históricos varios entre el “centralismo montevideano” y el “ignorado interior profundo”. Feliz y paulatinamente, reiteradas visitas y Consejos de Ministros han permitido conocer problemas, cuando no dramas, que vive esa gente de nuestra campaña, desconocidos en nuestra concentradora Montevideo.

¡Cuán necesaria resulta la descentralización! En su acepción político administrativa, que significa traspaso de parte del poder del gobierno central a autoridades no jerárquicamente subordinadas, fundamentalmente departamentales. Pero además en su más amplio sentido antropológico del término: que el ciudadano habitante del más alejado lugar geográfico tenga, con las especificidades del caso, igual acceso a la modernidad que el hombre de la ciudad, sea ésta la capital nacional o departamental, pudiendo así adoptar libremente sus propias decisiones. Esto hace a la gobernabilidad democrática. Porque cabe preguntarse, los melenses descritos en “El baño del Papa” ¿tenían opciones diferentes acerca de sus ilusiones de cambio de situación?

Porque ¡qué vida difícil llevarían esos compatriotas para haber pensado que la santa visita se las cambiaría! La descripción que la película hace de los “quileros” montados en sus bicicletas, la mayoría, u otros más afortunados que lo hacían en motoneta, es conmovedora. Algunos “privilegiados” con ropas, heladeras, radios, enseres domésticos al hombro. Otros trayendo por “kilo” su bagayo. Pero todos “a gatas pa´ remediar, ya que los pobres contrabandeamos caña, yerba, rapadura y un royo e’ naco nomás”, según la creación del inolvidable y entrañable ­en este último caso cuando él quería­ Osiris Rodríguez Castillo.

Si de centralismo se trata, recordemos que cuando el “hacedor de milagros” visitó Melo, ¡hacía 45 años! que existía la ley de Consejo de Salarios que posibilitaba no sólo convocar consejos en el Interior sino citar a los trabajadores rurales, cosa que nunca se había hecho. Pasaron 19 años más, para que en 2005 ello sucediera. A la vez, la ley de ocho horas tiene 92 años de vigencia. Hoy, en determinados ámbitos rurales todavía no es aplicada, lo que demuestra que en la vida real, máxime si de trabajo se trata, más que esperar milagros hay que usar las herramientas disponibles, muchas veces desconocidas, precisamente por el centralismo al cual referimos.

Por otra parte, la dignidad y humanidad están siempre presentes en la película. Porque la historia se reconstruyó en una “conversa” de boliche, con tres o cuatro parroquianos como informantes. Y porque Osiris con su “Camino de los quileros” tenía, al igual que los que contrabandeaban “a gatas pa´ remediar”, su propia dignidad. En una reunión de amigos, conversaciones y algarabía general mediante, le pidieron que cantara. “Ni el más humilde de los cantores soporta que no lo escuchen”, contestó rotundamente. Dos o tres horas después los embrujó a todos. No lo podían parar. Demostró su dureza sin perder la ternura, aquella que surgía a raudales de su inolvidable “Malevo”. La misma que los quileros de su canción o la escena final de la película del “Beto” y su hija, plena de sensibilidad y afecto. *

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