Escrito por: JULIO GUILLOT - Periodista
Como cualquier hijo de vecino, a veces me asaltan algunas dudas. No dudas cartesianas ni metafísicas, nada de eso, sino simplemente dudas que pueden asaltar al común de los hombres (y de las mujeres).
Por ejemplo, viendo cómo varían las recomendaciones médicas respecto de infinidad de cosas (alimentos elevados a la categoría de panacea que a los pocos años son desterrados por nuevos descubrimientos científicos), me permito dudar de los consejos o advertencias que nos llegan desde los centros de investigación más avanzados. Sin ir más lejos, hace un tiempo se descubrieron propiedades maravillosas del ajo que bajaban el colesterol y evitaban los infartos. Me dediqué, con fruición, a consumir el delicioso bulbo de mil maneras, feliz de que un condimento tan sabroso fuera, además, bueno pa la salú. Pues bien, hace cuestión de días, llegó del primer mundo la noticia de que en realidad no estaban científicamente comprobadas las virtudes alabadas años atrás. Desde luego que tal información no me hizo variar mis hábitos gastronómicos, por lo cual sigo dándole al alioli.
Ayer me enteré de que la carne roja y los huevos alimentos proscriptos para quienes tenían el colesterol alto son en realidad beneficiosos para las arterias.
Ante estas contradicciones, confieso que me siento atribulado y sin saber qué consejo seguir, y ya a esta altura no me sorprendería que un buen día nos digan que el exceso de agua puede ser perjudicial para el organismo; o que las papas fritas y las hamburguesas son beneficiosas; y sobre todo, temo que descubran que el tannat no tiene el efecto benéfico para la circulación que se creía o que el huisqui no regula la presión arterial.
Pero en fin, estas dudas, confusiones y contradicciones no son nada comparadas con las que se verifican en otros ámbitos no gastronómicos sino más bien en el área de la política y la economía. Leo hace unos días que hay unos empresarios-inversores portugueses interesados en instalar otra planta de celulosa y tal vez una papelera aquí, en Uruguay.
Aclaro que ya a esta altura, después de la agresividad exhibida por los fundamentalistas entrerrianos y, sobre todo, después de los informes favorables a la actividad de dichas plantas, que desterraron las inquietudes sobre contaminación, al igual que el 99 por ciento de mis compatriotas defiendo la fabricación de celulosa. No obstante, lo que me alarma es ver que se sigue adelante a tambor batiente con la forestación en general y con el cultivo de eucaliptos en particular y me pregunto si ahora los eucaliptos son buenos, dejaron de chuparse el agua subterránea y no degradan más el suelo como se nos había dicho no hace tanto tiempo. ¿El proyecto es hacer de este país un gran bosque? ¿No hay riesgo de caer en el monocultivo?
Tampoco me cierra demasiado el hecho de que se hable de inversión para referirse a la compra de una arrocera por parte de capitalistas brasileños. ¿Está bien eso, señores popes de la economía? ¿Es realmente una inversión? ¿No será un mero “cambio de firma”?
Y ni te cuento si me pongo a pensar que ahora se insiste en la posibilidad de obtener electricidad mediante la energía nuclear. ¿Nadie se acuerda de Chernobyl?
En fin, son algunas de las dudas que me desvelan y que quería compartir contigo, amigo/a lector/a. *
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