Las amenazas antidemocráticas del ministro

Las páginas del Semanario estaban pimpantes.

Anuncios de conspiraciones izquierdistas, ¡qué bueno!.

Parecía que hasta retozaban el papel y la tinta en la alegría del reencuentro.

Como en los viejos buenos tiempos de la dictadura.

¡Qué tiempos aquellos!

Con una mano escribíamos a favor del proceso y con la otra salvábamos a la gente que los militares querían encarcelar.

¡Qué éxtasis casi religioso, bi-religioso en realidad, el de aquellas épocas: se podía adorar al verdugo y sus decretos y –al mismo tiempo– salvar a algunas de sus víctimas!

¡Cuánto poder daba estar en el poder!

Por eso ¡cuánto retozo nos devuelven hoy las amenazas de Brezzo!

Cómo se parecen a las que se lanzaban entonces sobre todos pero que a nosotros no nos llegaban pues estábamos en el poder ¡para salvar periodistas!

¡Y qué agradable es preguntar de tal manera que le guste al mando!

Preguntar, por ejemplo, si el ejército no puede entrar a los barrios a combatir a la delincuencia.

Sobre todo eso, las respuestas del ministro de Defensa han sido hechas como a la medida.

Acusaciones genéricas a la izquierda de promover la violencia y el estallido social, denuncia de infiltración de la izquierda en los movimientos estudiantiles… si todo tiene el sabor de entonces.

En este contexto, las que no terminan siendo muy oportunas son las declaraciones del subsecretario del Ministerio de Interior, la rama del Estado que se ocupa de la preservación del orden interno.

Dice que «los servicios de inteligencia, que han seguido trabajando con regularidad, no han detectado nada de lo que anuncia Brezzo».

De paso, y como zonceando, se nos informa que los servicios de control político siguen gozando de buena salud.

Como la situación económico social no da señales de amainar en sus exigencias y la sociedad cruje por todas partes porque no se soporta más la ortodoxia del modelo económico, hay algunos funcionarios y alguna prensa amiga de la mano dura que insinúan un camino posible.

El camino de volver atrás. A lo «bueno» conocido de la amenaza y la intimidación.

Frente a esto, abrir para el país otra perspectiva, como anhelan muchos uruguayos, implica entre otras cosas defender la vigencia de las libertades y derechos democráticas, exigir el respeto estricto de la Constitución en la delimitación de funciones entre los ministerios, condenar la irresponsabilidad de los funcionarios incompetentes de rango ministerial que no están a la altura de los problemas que enfrentan las instituciones y la sociedad.

Hay gente en el gobierno y en la prensa que apoya al gobierno, que antaño fue de izquierda.

En algunos casos de extrema izquierda.

Esos funcionarios y esos empresarios tienen un odio particular, personal, íntimo con la izquierda.

En realidad, la sola existencia de la izquierda les incomoda. Es lo que ellos fueron. Y dejaron de ser. Es un odio morboso, de aniquilación.

A los izquierdistas los conocen. Los odian porque fueron como ellos, a veces más radical y más ultra que muchos de ellos.

La izquierda les trae recuerdos incómodos, de antiguas posturas anteriores a la impostura.

Tras las amenazas de unos y otros se percibe, casi imperceptible, un tenue rumor.

Tan encumbrados y exitosos que parecen con su modelito copiado, y, sin embargo, en sus insinuaciones amenazantes, en sus reportajes jadeantes y febriles pidiendo más amenazas, se puede percibir cierta inquietud.

La inquietud de que un día esta impunidad y estos privilegios se les puedan terminar.

El día que la lucha democrática de los uruguayos instaure un gobierno progresista donde las instituciones no sean el vehículo para obtener privilegios sino un medio para dar solución a los problemas de la gente.

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