Visiones generacionales enfrentadas
Alberto di Candia Mangeney
La verdadera literatura no se identifica, ni mucho menos, con la sociología o con la ciencia política, para felicidad de todas ellas. Pero dentro de la primera existe una amplitud temática tan grande, que es posible hallar en ella enfoques y alusiones que penetran en los campos sociológicos o políticos con una fuerza y una libertad expresiva que las disciplinas científicas pueden tomar como punto de partida; o bien –en paradoja sólo aparente– aquellos enfoques y alusiones pueden convertirse en puntos de llegada que en las ciencias sociales no es posible alcanzar con el efecto expresivo que privilegia a la literatura.
Es muy conocido que Marx, para decirlo con las palabras de Isaiah Berlin, «admiraba prodigiosamente a Balzac, y consideraba que había hecho en sus novelas el análisis más agudo de la sociedad burguesa de su tiempo». Y esto ocurrió pese a la enorme distancia entre las ideas de Marx y las del conservador y monárquico Balzac.
Se han elegido para esta nota, un poco al azar, dos ejemplos de escritores uruguayos de la posdictadura: Juan Carlos Mondragón (1951) y Rafael Courtoisie (1958).
En un cuento del primero que data de 1985 («Los Lecuona Cuban Hounds») un narrador perteneciente a la generación combativa de los años sesenta y setenta, reprochaba a la generación que en su momento se había embanderado con el eslogan ‘Como el Uruguay no hay':
«Qué viejos inservibles, añoran un país que ayudaron a destruir en nombre de la dorada juventud. Cuando esos jóvenes alocados se hicieron hombres –en la acepción cronológica del término– desarticularon todo, dejaron que el mundo se les fuera de las manos y, entre recuerdos compartidos e incapacidad para manejar sus vidas, se creyeron la estudiantina de que todo el año es carnaval. No se lo digo a papá para que no sufra. Pero ellos nos robaron a nosotros la juventud que nos pertenecía y nos legaron trabajo y preocupaciones, peligros y temores que ellos despreciaban como si fueran simples mascaritas.»
En Courtoisie, ya entrado el decenio de los noventa, un maduro luchador de las décadas ‘revueltas’ se lamenta así de su hijo adolescente en el cuento «El Temblor»:
«Si sabré mancar, mirá –se dice indignado el padre– que aguanté que el pendejo de mierda de mi hijo, el entrañable culo sucio Pedro, que era un mocoso cuando me llevaron al Penal, viniera drogado de un concierto de rock a tirarme su lástima europea posmoderna, su conmiseración de injertado en el Primer Mundo, a decirme que la revolución es una payasada trágica, a decírmelo a mí, tan luego.»
Las transcripciones –quizá demasiado extensas– que anteceden, ahora que se habla (por suerte) de actualización ideológica en las fuerzas progresistas, invitan a pensar acerca de la cara y contracara que dibujan dos distintos discursos generacionales.
La crítica dirigida contra la generación optimista mantiene plena vigencia. Más aun, existe desde largo tiempo atrás la convicción de la absoluta imposibilidad de retornar al Uruguay llamado la ‘Suiza de América’. Pero el fragmento de Courtoisie es inquietante. Y si bien las luchas de los años sesenta y setenta –para bien o para mal– son asimismo irrepetibles, su crítica y su autocrítica no pueden conducir en modo alguno al nihilismo de mucha juventud despolitizada. Todo lo contrario: es necesario acentuar las instancias de participación y diálogo a fin de acercar a esa juventud, no para hacerla víctima de un adoctrinamiento paternalista o sectario, sino para estimularla hacia la reflexión y la comprensión del país en que hoy vivimos.
Ese camino están recorriendo las fuerzas progresistas en los últimos meses. Es un camino difícil, por cierto, pero resulta imprescindible transitar por él.
* Abogado
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