La pregunta del millón

Lo que voy a relatar no se refiere a un concurso de preguntas y respuestas. Pero merecería serlo. Para poder esclarecer a todos los jóvenes de estas latitudes, sobre algunos temas muy escabrosos. Uno de ellos es el que se me planteó, hace poco tiempo, de una pregunta que mi hija (Alejandra, 34 años, madre), residente en Buenos Aires desde el exilio obligado de toda la familia en 1975, le formuló a mi esposa, tras haber visto en el aniversario de la instalación de la dictadura en la República Argentina, imágenes horrendas de todos aquellos años de sombra: Mamá, ¿por qué papá, sabiendo el riesgo que corrían nuestras vidas (además Carlos, mi otro hijo), hizo lo que hizo?

A qué se refería la pregunta de mi hija (tu hija o hijo), de la misma edad, y que en esos tiempos eran bebés, niños de escasa edad. Se refería a mi actividad política. A mi adhesión a una causa que tantas y tantos desarrollábamos en ambas márgenes del Plata, para combatir al enemigo común: la dictadura.

Desde entonces me pasa por la cabeza cómo encarar esa respuesta, no solamente a mi hija, sino a toda esa generación que vivió esos años viendo, o no a sus padres, tíos, abuelos, vecinos (a todos los mayores), realizar diferentes tareas con un solo objetivo: derrotar a los déspotas de turno.

Por ello, creo FUNDAMENTAL, informar de todo lo acontecido, con un solo objetivo, que nuestros jóvenes conozcan en detalle por qué surgió, se instaló en esos años la feroz represión que sufrimos todos. Y de allí en más ellos saquen sus conclusiones. Y pienso que vivirán sin dudas, sin miedos y fortalecidos en sus convicciones, estén de acuerdo con las mías o no, y se desarrollarán con otros horizontes. En definitiva, como una frase muy usada actualmente: que la tengan clara…

Decirles que nadie nos obligó a tomar por la calle de la dignidad, del trabajo, de la lucha diaria, de la solidaridad. Que, por lo menos en el caso mío, lo que me llevó a ello fue el ejemplo de mis padres (luchadores sociales), como se les llama ahora. Sus amigos, sus camaradas, entrañables, para mí, por el cariño brindado, que a pesar de su origen humilde, siempre hubo una caricia, un «regalo» (comida casi siempre), que era escasa en esos tiempos en mi hogar. Por eso digo que no me llevó nada material a tomar ese camino.

He conocido camaradas entrañables. Algunos han quedado en el camino… Otros mantenemos desde más de cuatro decenios una amistad indestructible.

Por lo tanto, todo lo que podamos volcar, aquellos que hemos dedicado nuestras vidas a la tarea de tratar de mejorar la calidad de vida, de lograr que la educación sea una obligación y que tenga acceso a todos los habitantes de este país, sin restricciones, que la salud no sea un privilegio de pocos, que la desnutrición infantil no nos lleve a nuestros hijos, que el deporte sea lo que debe ser (practicado desde la más tierna infancia), y que a través de él el ser humano compita sanamente y logre un desarrollo físico e intelectual adecuado. Que nuestros jóvenes no tengan que buscar en otros países lo que por aquí no es fácil conseguir. Y un tema muy doloroso que es el de la justicia social para que nuestros «viejos» (yo, también), tengan una etapa final de sus vidas adecuada, pudiendo disfrutar de nuestros descendientes (hijos, nietos), y que justifique el esfuerzo realizado durante años (en mi caso, 47 de 61), trabajados honradamente.

Todo esto que no se entienda como una actitud presuntuosa de mi parte, y pretender transformarme en ejemplo, para nada. Es simplemente que se sepa que toda una generación (de los ´50, ´60, ¨70), que tenía sueños, aspiraciones, ejemplos válidos de otras latitudes, nos llevaron a luchar por ello. Con errores (y muchos), con aciertos, pero que de poder volver el tiempo atrás, trabajaríamos en la misma película, por lo menos yo lo haría.

Por lo tanto, considero fundamental que a nuestros jóvenes (mis hijos) les trasmitamos no solamente nuestros ejemplos, sino que todos los ciudadanos que transcurrieron en esa etapa se expresaran, manifestaran lo que ellos vieron, no importa que compartan nuestras ideas (la mía), y de esa manera se llegaría a esclarecer tantas situaciones que llevan a mantenernos enfrentados, y no estar permanentemente en la disyuntiva (de mi parte no), si es necesario o no hacer una revisión de esos tiempos.

La historia del mundo está llena de situaciones encontradas. Desde que se pudo escribirlas (con dibujos rupestres), con el advenimiento de la imprenta, a la que tanto estoy ligado, hasta nuestros días en los cuales tenemos una tecnología extraordinaria para poder transmitir a los otros, lo bueno o lo malo que acontece en la Tierra. Sea de nuestro agrado o no, lo que estamos viviendo, es esencial hacerlo. Que el ser humano absorba toda esa información y sepa dilucidar internamente y sin presiones por donde debe ir su camino.

Es lo que pienso se debe hacer respecto de todo lo acontecido, sea en el terreno que sea, y con ello llevar a la humanidad a vivir sin guerras, sin discriminaciones, sin racismo, sin diferencias profundas entre clases, que no nos miremos mal, si nuestros pensamientos no son iguales al del otro. Aunque en alguna oportunidad escuché una frase que siempre recuerdo y es valedera: los antagonismos son imprescindibles. Ellos llevan a la discusión, a la claridad de las metas aspiradas por todos aquellos que luchan (luchamos) por lograr nuestros sueños.

Y que lo expresado por todos los protagonistas de aquellos tiempos sea esclarecedor para las generaciones actuales y futuras. Que estas líneas sirvan para que mi hija entienda (los otros hijos, también), por qué nos inclinamos hacia una determinada clase de lucha ante las injusticias que veíamos y padecíamos.

Además, para que una palabra de tres letras, tan profunda, tan maltratada, desde hace muchos decenios sin lograr instalarse entre los que habitamos este Planeta, así sea: PAZ. *

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