Escrito por: MARIO DE SOUZA - Analista
En el aniversario 128 de la batalla de Carpintería, el 16 de setiembre de 1964, nacía en la capital blanca, Villanueva Saravia. Un joven para muchos, cierto candidato a la presidencia por los blancos en el año 2004. ¿Qué retruécano de la historia, un siglo después, ver enfrentados nuevamente a un Batlle con un Saravia? Una victoria blanca en el aniversario de Masoller, sólo podía hacerla un hombre: Villanueva Saravia.
Para 1964 el Uruguay hacía dos décadas que era base de operaciones de la diplomacia y la inteligencia del dólar para Sudamérica. Ya hacía veinte años que en el país imperaba la “caducidad creciente del ser nacional”, frase con que se definía la doctrina Rodríguez Larreta de las intervenciones multilaterales, por parte de los pupilos de Tío Sam.
El Uruguay había firmado los Tratados de Asistencia Recíproca, por los cuales nuestros oficiales eran equipados, entrenados y adoctrinados en la siniestra Escuela de las Américas, de la cual saldrían todos los sicarios de la década infame de los 70. En ese Uruguay aparentemente pacífico y bonachón, se cobijaban y agentes de inteligencia internacionales, como el caso de aquel cubano Evia, que vino justo en ese año de 1964, reclutado en Cuba por personal diplomático y militar uruguayo, que actuaban como agentes de la CIA. Pasada la Guerra Fría, revolución tecnológica mediante, en el continente se impone una nueva forma política. La globalización ha convertido al planeta en “la casa del Gran Hermano”. Hoy la tecnología ha liberado a las marionetas de sus indiscretos hilos y la tecnología ha revolucionado los controles y con ello ha convertido en androides a muchos hombres, en vez de imitar a los hombres fabricando androides.
La información es poder, por eso dicen, con el pragmatismo típico de los calvinistas, la CIA luce en su puerta la cita bíblica: “La verdad os hará libres”.
De ahí que los historiadores americanos deban esperar la prescripción de los documentos clasificados de esta agencia, para realmente intentar entender nuestra historia. Seguramente esto no es novedad entre nosotros, puesto que si a comienzos del siglo XX Luis A. de Herrera no hubiera hurgado en los Diarios de Sesiones del Parlamento Francés, poco se sabría de la alianza franco-riverista que generara la Guerra Grande y del papel que cumpliera al servicio de los intereses imperialistas todo el proscenio unitario-colorado.
Pero para que esos hechos pudieran ser revelados debieron pasar setenta años. Hoy ya, cada treinta años, puede alguien intentar meter la nariz en viejos papeles. Aunque, como dicen, “se nombra el pecado pero no el pecador”.
Los nombres de muchos de los actores son censurados en los archivos desclasificados para los historiadores. Por lo menos para los historiadores extranjeros.
¡Hay muchos esqueletos que no deben enterrarse porque aún dan jugo! Pero si algo quisieran saber las futuras generaciones de historiadores sobre los crímenes políticos uruguayos, han de ir a buscarlos en los archivos del “gran hermano”. Si queremos saber quiénes fueron los envenadores del vino de los Heber, nos dirán que sí, que lo saben todo, pero hay demasiada gente viva aún para que puedan ser públicos.
Y no es para menos, no se le puede pedir que quemen a sus devotos y ancestrales colaboradores de toda la vida. ¡Oh, Uruguay! País de la cola de paja. Donde desde la presidencia, sin ver el muerto, se decretan los suicidios.
O se niega ayuda a un secuestrado, prohijando su homicidio, para luego negar los hechos aun frente a las osamentas de la víctima. Dos misteriosos asuntos que tal vez tengan la virtud que tienen los crímenes casi perfectos, fomentar la fantasía del pueblo, sembrando la duda sobre todo y todos, para gloria de los aprendices de Borgia.
Llevados por la fantasía que estos misteriosos crímenes incitan, no podemos dejar de pensar que tanto en el caso de los vinos envenenados, como en de Villita, los une un móvil: descabezar posibles liderazgos auténticos.
Para los chantajistas, “todo el mundo tiene un esqueleto en el ropero”. Y el que no lo tiene, y si lo tiene no le importa, es un peligro para un sistema que opera con marionetas, con hombres amansados por los rituales de la logia, o disciplinados en la lógica de la obediencia debida. Sobre la muerte de Villanueva Saravia, aquel 12 de agosto de 1998, el “gran hermano” debe tener todos los detalles. “Había algo falso, como fuera de lugar”, dijo monseñor Cotugno al salir de la prolija escena del crimen, donde alguien se pega un tiro con un arma de grueso calibre, Magnum 357, sin descerebrarse…
Nada relevante pasó ni pasa en este país sin que quede rigurosamente registrado, puesto que la información es poder, sea por ser actores directos de los hechos sus agentes. Sea por implicar a personajes locales de los cuales se han servido. Sea porque nada es más redituable que los “secretos de familia” para mantener la fidelidad de personajes de los cuales se están aún sirviendo, sea como fuese, treinta años no bastarán para destapar estos vinos añejos. *
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