La propuesta modificación al balotaje

La nota de Walter Pesqueira publicada el sábado 4 bajo el título «Elecciones y balotaje» me parece muy oportuna y muy clara. Como corresponde a uno de nuestros representantes en la Corte Electoral, de reconocida versación en la materia. La comparto del principio al final, con la convicción de que es necesario ir abriendo camino sobre estos temas, y desde ya.

Más allá de la propuesta que anda circulando de realizar en la misma fecha las elecciones nacionales y departamentales autorizando el voto cruzado, quiero concentrarme en la elección presidencial y el mecanismo del balotaje.

Tengo el convencimiento absoluto (y eso desde la época en que se gestó la reforma constitucional vigente, en la década pasada) de que el régimen impuesto por blancos y colorados al artículo 151 de la Constitución es el más antidemocrático que existe en el mundo. Las exigencias que establece no se encuentran en el régimen electoral de ningún otro país. Y esto frecuentemente se desconoce. He tenido oportunidad de verificarlo en reuniones internacionales en diversos lados. Incluso no siempre se aprecia en su real dimensión en nuestro propio país. A menudo he preguntado: «Para ganar en primera vuelta se requiere el 50% más uno ¿de qué?» Las respuestas suelen ser imprecisas.

Pues bien. Debe grabarse bien que el artículo 151 de la Constitución vigente, en la redacción impuesta a machamartillo por colorados y blancos, establece: «ARTÍCULO 151. El Presidente y el Vicepresidente de la República serán elegidos directa y conjuntamente por el Cuerpo Electoral por mayoría absoluta de VOTANTES». Destaco el término VOTANTES. O sea: todos los votos emitidos por todo concepto, incluso los votos en blanco, los votos anulados y los votos rechazados por cualquier razón (ya lo veremos con más detalle) se suman todos contra la votación del partido mayoritario, la cual debe sobrepasar a todos esos votos juntos.

En otros países alcanza con 45% o 40% de los votos válidos, a veces con el agregado de sobrepasar en determinado porcentaje al que llega segundo. En un país centroamericano el presidente fue electo con 35% de los votos, con una ventaja determinada sobre el que le seguía. En Uruguay la condición indispensable es sobrepasar la mayoría absoluta de todos los VOTOS EMITIDOS por todo concepto, incluso los invalidados por variadas razones.

Recuerdo que cuando esto se discutía en el Senado, hablé con varios senadores frenteamplistas y todos me respondieron lo mismo: en este punto los blancos y los colorados son inconmovibles, están como una roca, no admiten la mínima modificación. Es su reaseguro para no perder nunca, sumando sus votos aunque el Frente Amplio pasara a ser el partido más votado (que fue precisamente lo que sucedió en la anterior elección y gracias a lo cual resultó electo Jorge Batlle con votos colorados y blancos). Era la contrapartida exigida por admitir la candidatura presidencial única, que está consagrada en el citado artículo 151 a continuación de la disposición transcrita.

A esta luz hay que calibrar la verdadera proeza realizada por el Frente Amplio, que en octubre de 2004 alcanzó un apoyo ciudadano que sobrepasó no solamente a la suma de los votos de los 7 partidos restantes, sino a esa cifra más el agregado de todos los votos invalidados por distintas causales. El compañero Pesqueira establece con nitidez cuáles son éstas.

Vienen en primer lugar los votos en blanco, que también son votos válidos. Le siguen los votos anulados por diversas razones, como es bien conocido. Pero se incluyen además los votos observados, parte de los cuales habrán de resultar a la postre rechazados, «ya sea por haber emitido el ciudadano más de un sufragio, porque el ciudadano no estaba habilitado para votar y la comisión receptora le admitió el sufragio, o porque los técnicos dactilóscopos no pudieron confirmar la huella digital del votante», escribe Pesqueira. Supongamos el primer caso. Un ciudadano vota tres veces, en tres mesas distintas, en tres localidades del interior, por ejemplo. Esos votos serán a la postre anulados. Pero cuentan los tres para la suma de los votos emitidos, cuyo 50% habrá que superar para ser consagrado en la primera vuelta. Otro caso: si vota una persona que por alguna causa legal esté impedido de hacerlo (tener la ciudadanía suspendida por estar procesado, por ejemplo), ese voto emitido influye en el resultado que proclama el órgano electoral, aunque después sea rechazado. En ningún país del mundo se da semejante aberración.

Se dirá que esos votos son pocos. Pero pueden resultar decisivos y llegar a forzar un balotaje aun cuando el partido mayoritario sobrepase el 50% de los votos válidos. En la nota que estoy comentando se brindan ejemplos numéricos de la elección de octubre 2004 que consagró al Frente Amplio en primera vuelta. Los votos por los ocho partidos (Frente Amplio, P. Nacional, P. Colorado, P. Independiente, P. Intransigente, Unión Cívica, P. Liberal, PT) sumaron 2:177.039. Los votos comprendidos en las otras categorías llegaron a 52.572. El total de votantes es 2:229.611 y el 50% de esa cifra da 1:114.806. El Frente Amplio, con 1:124.761, la sobrepasó por cerca de diez mil votos (9.956). Pero si le hubieran faltado esos votos, se habría ido a un balotaje.

Para la elección de senadores y diputados se toman en cuenta los votos válidos emitidos a favor de cada partido. En este caso le correspondieron al FA 52 diputados en 99 y 17 senadores en 31. Se propone que rija el mismo criterio para la elección presidencial, requiriéndose para ello «la mayoría absoluta de los votos VÁLIDOS emitidos, sin contabilizar los votos en blanco». Esta sería la fórmula sustitutiva incluida al comienzo del artículo 151. Parece lo más razonable.

Una anécdota. En una elección en Wembley (distrito de Londres, donde está el célebre estadio) ganó el candidato laborista… por un voto. Y allí la elección es al todo o nada. *

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