Dialogar y aceptar algunas demandas: un camino posible para el gobierno

En los últimos días, al tiempo que el análisis del Presupuesto Nacional pasaba a estudio del Senado, se ha incrementado la movilización de los sectores de funcionarios o estamentos sociales que se sienten afectados por las normas a estudio.

La situación de movilización de los funcionarios de la administración central y varias empresas públicas, entre las cuales se encuentran los Bancos Oficiales, se suma a una cada vez más amplia movilización de los órdenes universitarios.

El Hospital de Clínicas, institución clave en cualquier estrategia en materia de salud, se halla también desplegando sus medidas de lucha sin con ello afectar en lo medular la atención de las situaciones médicas más urgentes.

A esta situación de intranquilidad de los trabajadores del sector público hay que sumar los problemas graves motivados por problemas de salarios, despidos o desocupación que han llevado también a una situación de preconflicto en varias ramas del transporte, de la salud privada y de la construcción.

Otras ramas de la actividad industrial se encuentran tan disminuidas en su obrar que las propias posibilidades de sindicalización y movilización están canceladas.

En este contexto resulta claro que hay una parte considerable de los problemas que afectan al mundo del trabajo que dependen en fuerte grado de los condicionamientos externos: los precios de intercambio, la apertura o cierre de los mercados, las fluctuaciones cambiarias.

Variables todas que, tendencialmente, vienen afectando en forma desigual a todos los países, afectando, como se ha denunciado, a los países más pobres, a las economías más débiles y a los productores de materias primas.

Esto es así y lo sería aun si el gobierno nacional fuera de otro signo; son los manes de la famosa globalización que le dicen.

Ahora bien, frente a ese cuadro, todo parece indicar que no hay sólo una conducta a asumir, la conducta de adaptarse sin trepidar al ritmo y las imposiciones externas.

No tomar distancia, no poner límites, acatar siempre. Ese es el norte del neoliberalismo ortodoxo. El mercado manda, el gobierno acata y hace acatar.

Pero ese no es el único camino.

El país tiene sus instrumentos, sus ámbitos de resolución en los que es posible ejercer la soberanía nacional.

Y entre los instrumentos claves para todo un período de gobierno, el Presupuesto Nacional es decisivo.

Es en manos del Poder Ejecutivo y la flexibilidad e inteligencia que revele al enviar un Mensaje Complementario y de la mayoría del Senado, que reside la clave para mitigar la situación de irritación creciente que afecta a la sociedad uruguaya.

El gobierno tiene en sus manos los instrumentos para desactivar la presión que agita la caldera.

Dialogar es imprescindible.

Desde el poder dialogar en serio, sustantivamente, quiere decir abrirse a la posibilidad de ceder.

Sin aflojar en las pautas restrictivas de la inversión pública que paraliza la construcción y de los gastos en salud y educación, tanto en la ANEP como en la Universidad, no habrá distensión social.

Podrá haber, como hubo bajo los gobiernos anteriores, gremios derrotados.

Este gobierno podrá decir, como le gustaba a Sanguinetti, que «no ha perdido ningún conflicto».

No creemos que eso sea indicio de buena gestión ni de sabiduría en la conducción del conflicto social.

Lidiar con la conflictividad en democracia es lo normal.

Hacerlo pacíficamente, con buen tino y respeto es lo lógico.

Para que todo esto encuentre canales razonables de salida, el equipo económico y el gobierno deberán ceder en su intransigencia fiscal y presupuestal y habilitar al Senado para adecuar, aunque sea en algo, el Presupuesto a las aspiraciones sociales que afloraron.

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