Las arenas del desierto

Irma María Oliveira

Un elemento subyacente en los conflictos de Oriente Medio ha sido la capacidad nuclear de Israel y sus esfuerzos para impedir que los países árabes la alcancen, lo que haría que tuvieran acceso a ese instrumento, en apariencia omnipotente: la bomba. El ataque al reactor nuclear Osirik, de Irak, en las cercanías de Bagdad en 1981 fue más que una advertencia. Aunque cabe señalar que en 1987 Irak, a su vez, bombardeó la planta nuclear de Irán en Bushehr, sobre el Golfo Pérsico, pues las relaciones entre ambos países distan mucho de ser fraternales, como lo testimonia la larga guerra que sostuvieron.

El programa nuclear israelí fue iniciado bajo los auspicios de su similar estadounidense «Atomos para la Paz», en los años 50, patrocinado por el presidente Dwight Eisenhower. Pero rápidamente tomó un giro bélico, con la ayuda de Francia, a pesar de que John Kennedy, durante su mandato intentó controlarlo. Su sucesor Lyndon Johnson, en cambio, al ser informado de que Israel estaba en condiciones de fabricar armas nucleares se limitó a ordenar al director de la CIA: «No se lo diga a nadie más». Recién en 1986, la situación se hizo pública cuando el técnico nuclear israelí Mordechai Vanunu la denunció al diario británico Sunday Times. Fue posible saber entonces, con certeza, que Israel era la sexta potencia nuclear y, por ende, uno de los estados más poderosos del mundo. No obstante, continuó sin reconocer dicho status y los países occidentales se adhirieron a esa política de «opacidad».

India y Pakistán, en cambio, no fueron tan reticentes en proclamar sus intenciones y logros. La primera, debutó con la explosión «pacífica» llamada «Buda sonríe», en el desierto de Tahr en 1974. La segunda, hizo realidad una década después, la aspiración del primer ministro Ali Bhutto, quien en 1979, escribía: «Sabemos que Israel y Sudáfrica tienen capacidad nuclear. Las civilizaciones cristianas, judía e hindú tienen esa capacidad. Los estados comunistas también la poseen. Sólo la civilización islámica no la posee pero, esta posición está a punto de cambiar». Y así comenzó a ocurrir cuando Pakistán, a fines de los años 80, produjo uranio enriquecido destinado a «Bombas para la Paz». Israel, en cambio, tenía ya material preparado para 100 a 200 bombas nucleares de fisión y estaría en camino de producir las termonucleares.

Al mismo tiempo, desarrollaba el misil Jericó, que podía ser equipado con cabezas nucleares y cuyo alcance excedería Oriente Medio, según Vanunu, quien fue secuestrado en Roma por el Mossad, servicio secreto israelí, y llevado a su país para ser juzgado. La producción de plutonio para uso bélico se efectuaba en una planta subterránea del complejo nuclear de Dimona, (desierto de Negov) y fue en su etapa inicial como instalación textil.

Durante la guerra de los Seis Días, en 1967, existía una capacidad nuclear rudimentaria pero operativa, que continuó siendo perfeccionada y habría influido en la concreción del tratado de Paz con Egipto, en 1979, y en los de Oslo, con los palestinos, en 1993. Dos años después, el primer ministro Shimon Peres opinaba: «Israel ha tomado la opción nuclear no para tener un Hiroshima sino un Oslo. No obstante, se ha ido avanzando más en dirección del primero que del segundo. Como ya lo había advertido el almirante Noel Gayler, testigo de Hiroshima, respecto a la bomba atómica y EEUU: «Inventamos la única cosa que posibilitó que gente como Khaddafi y Khomeini nos pongan en un brete si alguna vez se apoderan de una».

En otras palabras, la famosa «disuasión nuclear» sirve de muy poco si otros estados, también pueden esgrimirla. Y de nada, si cualquiera de los bandos la hiciera efectiva. Pues «la idea de arrojar decenas, centenas o aún miles de armas nucleares es el delirio de personas que muy literalmente ignoran de qué están hablando». Si bien Israel es la real potencia nuclear de Oriente Medio, ello no basta para librarla de la destrucción. Una sola arma nuclear que la alcanzara mataría gran parte de su población y la contaminación radiactiva haría inhabitable casi todo su territorio –decía Frank Barnaby, director del Instituto Internacional de Estocolmo para la Paz, a fines de los años 80. Arma con la que no le sería imposible contar a más de un país árabe, incluso, a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), agregaba.

Actualmente, el ambicioso programa nuclear de Irak, desarrollado con la colaboración de muchas naciones de Occidente, no ha podido ser, por éstas, totalmente desmantelado. Sus vastas dimensiones, reveladas por Kamel-al Majid, yerno de Saddam Hussein y jefe del Ministerio de Industrialización Militar, tras su huída a Jordania en 1995, no han sido desmentidas por el gobierno iraquí. Este, sin embargo, adjudicó la responsabilidad a Kamel, quien habría llegado, sin conocimiento oficial, al extremo de ocultar miles de documentos secretos en su granja avícola. Estos fueron entregados a inspectores de la ONU, quienes, en su deambular por instalaciones nucleares, poco habían obtenido, hasta entonces, excepto corteses bienvenidas acompañadas por tazas de té y galletitas.

En 1998 uno de ellos, William Scott, ya mejor informado, daba la noticia de que Irak contaba con tres bombas nucleares casi operativas y, además, con poderosas armas químicas y bacteriológicas. Se sospecha, asimismo, que parte del programa continúa activándose, acaso en Argelia o Libia, país que, en los años 70, procuró adquirir un arma nuclear, propósito perseguido, igualmente por Irán, dos décadas después, tras la desintegración de la URSS. Tal riesgo preocupaba a Shimon Peres, quien advertía que Irán no cesaba de proclamar «a una audiencia de 1.300 millones de musulmanes» la necesidad de destruir a Israel. Pero continuaba confiando en el efecto disuasorio del poderío nuclear israelí.

Si éste fallara, no podría pasarse al terreno de los hechos sin que los resultados de tal medida fueran apenas menos devastadores que aquellos que se buscaba evitar. Barnaby no podía imaginar un uso táctico para las armas nucleares israelíes en Oriente Medio sin que sus efectos, para las tropas y población civil, fueran extremadamente graves. La guerra del Golfo, con la introducción de numerosas armas nucleares pertenecientes a potencias ajenas a la región, denunciada por Yasser Arafat como una «agresión inhumana», puede repetirse y se resume la situación de nuevo en estas palabras de Manuel Velasco, presidente de la Sección México de la Confederación de Médicos contra la Guerra Nuclear: «La existencia del mundo pende, literalmente, de un hilo». Habrá que apearse, pues, de los caballos del Apocalipsis y buscar, en la Tierra, la paz. Antes de que el desierto, cuyas arenas contaminadas radiactivamente en distintas zonas del planeta, se dispersen por miles de kilómetros, y se convierta en una inmensa masa vítrea, que refleje la nada.

* Militante ecologista

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