La esperanza de un pueblo
La integración, y más aun, la unión latinoamericana, tan acariciada por hombres tan infinitos como Francisco de Miranda, José Gervasio Artigas, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Abreu de Lima y tanto otros, ahora es arcilla para moldear un nuevo horizonte en las manos de millones de mujeres, hombres, niños, ancianos, campesinos, obreros, indígenas, personas con discapacidad y muchos más que han encontrado un nuevo y reluciente amanecer en
La Alternativa Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA) es ahora una opción que no cabe en un papel de acuerdos comerciales, porque es tan grande como la esperanza humana y se fundamenta en principios de solidaridad orientados a elevar la dignidad y calidad de vida de nuestra gente, o mejor, para que compartamos una vida con calidad.
Claro, esa expectativa por otro mundo posible existe porque, junto con esos ideales, se está haciendo un excepcional esfuerzo para darle prioridad a la inversión social, que tiene como base la voluntad política de quienes suscriben el nuevo amanecer y están aprovechando las oportunidades que se desprenden del uso inteligente y sostenible de los inmensos recursos naturales y humanos que nuestras naciones poseen por herencia ancestral y como consecuencia de un especial mestizaje que, hasta ahora, había sucumbido a la pérdida de identidad de nuestros pueblos y como consecuencia del ansia capitalista que ha regido la conducta de quienes han tomado las decisiones, partiendo de sus intereses particulares, sin tomar en cuenta lo que es del patrimonio colectivo.
América Latina vive una etapa de transición, es un despertar para la mayoría, un sueño para algunos que todavía esperan nuevas señales y una pesadilla para una pequeña cofradía que sigue usando la política como instrumento para tratar de mantener su estatus de poder.
En los lugares donde se ha identificado y asumido que el poder radica en el pueblo, al tiempo que sus líderes están transfiriendo responsabilidad, protagonismo y participación a ese poder popular y comunal, se observa que las posibilidades se incrementan en favor de la longevidad de cualquier iniciativa político-gubernamental que pretenda armonizar el crecimiento económico con la capacidad productiva interna y la democratización de los procesos.
Desde el septentrión de América Latina se viene observando un nuevo amanecer. El resplandor del ALBA está impactando en la vida de innumerables compatriotas latinoamericanos. Es bien conocido que los procesos de alfabetización están dando inmensos resultados en Cuba, Venezuela y Bolivia. Son incontables los casos de mujeres, hombres y niños que han superado sus obstáculos tras ser eliminadas determinadas limitaciones visuales, discapacidades de cualquier tipo, enfermedades con complejos y costosos procesos terapéuticos, operaciones delicadas con precios inalcanzables para la mayoría de nuestra gente, entre otras cosas.
La inversión social y la solidaridad internacional son dos de los colores de una bandera que se está izando lenta pero firmemente en nuestro continente. Algunos pensadores dentro del campo de la salud, sociología, educación, e incluso de la economía, estamos convencidos de que la falta de vivienda, educación, trabajo, servicios básicos y hasta de los avances de la tecnología, constituyen variables que pueden enmarcarse dentro del concepto de problemas de salud pública; una casa que no posea condiciones mínimas para una vida digna tiene, en su interior, sin lugar a dudas, una familia enferma y, como núcleo de la sociedad, su enfermedad afecta a todo el tejido social.
Ese estandarte integracionista y unitario que, como herencia bolivariana lleva Venezuela, ha conseguido terreno fértil en muchos caminos para sembrar la semilla del ALBA; uno de esos terrenos es el Pueblo Bolívar, un pequeño punto ubicado al noreste de la Intendencia de Canelones en la República Oriental del Uruguay; allí apenas comienza a materializarse un concepto liberador y unificador que está marcado en la huella de nuestros próceres; es consecuencia natural de la conciencia y, por ende, es fruto de la conjunción entre la mente y el corazón; es expresión de amor a nuestros compatriotas, es el compromiso que asumimos frente a los ejemplos abonados por nuestros próceres.
Ahora Pueblo Bolívar cuenta con un funcional Centro Cívico; fue construido por el gobierno venezolano con la comunidad y entregado a ella el pasado 28 de julio, tras la promesa dada en diciembre de 2005 por el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, cuando, en compañía del primer mandatario uruguayo, doctor Tabaré Vázquez, visitaron ese poblado que cuenta con apenas 150 habitantes con enormes ganas de luchar pero con muchas cosas por resolver.
El Centro Cívico consta, entre otras cosas, de una clínica y un salón de usos múltiples; lo acompaña una hermosa cancha de fútbol, parque infantil y otras áreas más que ahora pasan a ser patrimonio de la Asociación Civil Pueblo Bolívar para que, con sentido de pertenencia, comiencen a convertir ese espacio en epicentro de las decisiones que la comunidad debe tomar para orientar su destino.
La solidaridad no termina allí; la solución al problema habitacional es otra de las metas que deben acometer en ese lugar la Intendencia de Canelones, el gobierno y, especialmente, la fuerza del poder comunal de Pueblo Bolívar y nosotros, por supuesto, estaremos dispuestos para la colaboración.
Pueblo Bolívar debe ahora definir cuál es la ruta a seguir; «el camino será duro, pero es el camino»; no se detendrá en su empeño por consolidar sus proyectos de vida; tendrá que exigir por sus derechos, pero deberá entregar su mejor esfuerzo para hacer su propia revolución dentro del marco de una transformación profunda que encuentre en sus raíces y creatividad su vocación productiva.
El ALBA comienza a iluminar a Pueblo Bolívar; esa luz acabará con las sombras, en tanto que la fuerza del poder comunal la sepa mantener encendida y eso sólo es posible si logra compartirla con el mismo amor y solidaridad con que ha sido entregada. *
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