Una madre, una mujer, una víctima

Escrito por: RICARDO CAPPELETTI - Analista

Jueves 02 de agosto de 2007 | 6:17
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Resulta poco creíble que un sujeto proceda a rociar con bencina a su mujer embarazada de ocho meses en el interior de un automóvil y que esta conducta criminal, estigma de un mundo violento, en el cual la mujer y los niños indefensos llevan la peor parte, pueda resultar impune.

El caso invocado ocurrió hace pocos días en la austral ciudad de Punta Arenas, Chile, y ha conmovido a la opinión pública por su brutalidad, por las características de una patología criminal, la del ex conviviente, reiterado agresor de mujeres, y porque estamos en el umbral de la “Décima Conferencia Regional de La mujer de América Latina y El Caribe”, a celebrarse en Quito, Ecuador a partir del 6 de agosto .

Más de seiscientas mujeres mueren anualmente en Guatemala, nación que lidera la fatal y brutal estadística de mujeres asesinadas por convivientes o psicópatas que las ultrajan y terminan con sus vidas.

Una sociedad como la uruguaya, que fuera paradigma a comienzos del Siglo XX, en la reivindicación de la mujer y sus derechos no puede permanecer indiferente frente a tal flagelo. Opera en nuestro seno y bajo la órbita del Ministerio de Desarrollo Social el Instituto Nacional de la Mujer, referente obligado para toda aquella fémina que se sienta sus derechos conculcados, que ha demostrado sensibilidad y eficiencia en dos años de gestión.

Ahora bien, colocar esta cuestión de derechos humanos elementales en el centro de la opinión pública no le corresponde exclusivamente a las mujeres. Nos corresponde también a los hombres, a quienes tuvimos la dicha de ser cuidados por una madre, protegidos y contenidos afectivamente por quienes se constituyen en el eje central de la familia, en la educación, en el respeto y en el amor hacia sus propios hijos.

Los temas de género cobran cada día mayor transversalidad, superando al propio sexo femenino, la diversidad de ideologías y sistemas políticos, las creencias y religiones milenarias, pues la mujer se ha ganado su lugar por una vida más digna.

Una sociedad justa, una sociedad que se precie de igualitaria, donde hombres y mujeres comparten el sustento de sus hogares, debe establecer en la normativa reguladora de los derechos laborales y entre otras reivindicaciones el principio de igualdad para ambos géneros. Esto es: a igual trabajo, igual remuneración.

No sucede así en muchos colectivos sociales de América Latina y el Caribe, donde las mujeres se constituyen en jefas de hogar ante el abandono del hombre y se erigen en el soporte fundamental del hogar, pues está probado a través de estudios de organismos internacionales que administran mejor los recursos que hacen a la educación de sus hijos, a su cuidado y alimentación. Esta verdad empíricamente comprobada se vislumbra con más énfasis en aquellas familias de extrema pobreza, donde el hombre en su rol de padre está ausente y lo que produce lo destina a alcohol y tabaco. En estos días y a raíz de la violencia hacia las mujeres en Chile, un proyecto de ley, perteneciente al senador socialista Camilo Escalona, verá la luz pública apuntando a proteger a la mujer aun sin que la víctima mantenga una relación de convivencia con el agresor. También busca que el Ministerio Público inicie sus actuaciones sin previa consulta a los tribunales de familia. Otro proyecto en discusión pretende innovar con una nueva figura legal en la legislatura penal: el “femicidio”, contrapartida del “homicidio”.

En suma, creemos que equiparar los roles en una sociedad es un muy buen comienzo e impulso para fortalecer el papel de la familia como núcleo de base social y liberar a la mujer de tamaño flagelo, en un continente plagado de pandemias sociales y violencia. *

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