Los medios y la información sobre el juicio

Dos formas de encarar el periodismo

En la edición del viernes 27 de la revista Posdata se informa sobre el juicio que enfrentó a nuestro director con el semanario Búsqueda y, de paso, con los grandes medios de comunicación masiva.

El hecho no merecería destacarse por cuanto toda la prensa se ocupó del asunto. Lo que sí merece ser resaltado es la prolijidad y la objetividad con que se concibió y se redactó la crónica. La seriedad periodística y el celo profesional exhibidos por el autor de la nota ubican a esa publicación –junto a otros medios que supieron salvaguardar la dignidad– entre la prensa nacional auténticamente independiente de cualquier compromiso, es decir, en el polo opuesto del comportamiento deleznable de los medios complacientes que conforman el coro obediente a los dictados del poder.

La revista Posdata ha hecho una crónica que se ajusta a la realidad y que desmenuza y destruye las groseras falacias y tergiversaciones en que incurrieron los grandes medios.

Con esta revista hemos mantenido –y sin duda seguiremos teniendo– discrepancias de índole ideológica y otras diferencias, por lo que su apreciación del juicio tiene aun más valor, porque nadie puede sugerir connivencia o identidad polítco ideológica entre Posdata y LA REPUBLICA.

El coro de los medios genuflexos ha estado haciendo oír una cantata prolijamente afiatada contra la prensa independiente y contra una forma de periodismo de investigación a fondo y de denuncia que ellos no se atreven a practicar.

No han tenido el menor escrúpulo en falsear la realidad, en tergiversar los hechos para ofrecer a sus incautos lectores una visión no ya deformada o tendenciosa, sino escandalosamente engañosa y falaz. No tuvieron prurito alguno en acompañar y suscribir la versión del oscuro periodista calumniador que no se retractó de lo que escribió frente a los micrófonos de la prensa, pero que sí se desdijo de sus falsas acusaciones ante la Justicia, de manera de eludir las obvias responsabilidades penales.

Es interesante observar entonces dos conductas, dos posturas que separan a los medios uruguayos. Y esa línea divisoria ha mantenido en esta circunstancia el mismo trazado –ya de vieja data– para agrupar por un lado a los órganos de prensa que, más allá de compromisos políticos o de diferencias ideológicas, se han alineado tradicionalmente con la verdad, con la democracia informativa, con la independencia y con la dignidad, y del otro, a aquellos cuya vocación ha sido la de servir sin claudicaciones al poder, no importa quién lo ejerza, y bajo cualquiera de las formas en que se manifieste. De un lado, el coraje de quienes están a la intemperie; del otro, la obsecuencia de quienes se ubican cómodamente al abrigo, amparados por el poder.

Y conste que no nos referimos exclusivamente a la ideología o a la opinión editorial de los medios. Estamos hablando de las formas sutiles (y a veces no tan sutiles) que emplean para manipular la información y ofrecer a sus lectores esa visión tergiversada o directamente falseada de la realidad y de los hechos. Un periodismo francamente perverso y peligroso que, bajo el prolijo camuflaje de una supuesta objetividad, distorsiona la noticia y la da vuelta de manera que sirva a los intereses de los poderosos. Incapaces de arriesgar la protección brindada con beneplácito, soslayan hechos importantes o directamente los presentan disfrazados.

El juicio de Fasano contra Paolillo sirvió pues para desnudar y dejar en evidencia –por si acaso ello era preciso– hasta dónde puede llegar la complacencia de los medios comprometidos con el poder y dependientes de él.

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