La ola conservadora
Antesala de lo que seguramente será su gobierno porteño, Mauricio Macri ha solicitado públicamente al Presidente argentino, Nestor Kirchner, el control político de la Policía Federal sobre su capital, Buenos Aires. Naturalmente, la respuesta frente a la demanda de seguridad pública se ha convertido en un desafío emergente en la «aldea global».
Basta apreciar lo sucedido en la Francia de Chirac, durante el pasado año, donde sectores que han sido marginados de la sociedad, en su mayoría inmigrantes, pusieron en jaque el orden imperante en el seno de la Quinta República.
Nicolás Sarkozy, discípulo de Charles De Gaulle, surge al poder catapultado por los sectores nacionalistas e inquisidores de los nuevos y muy pobres ciudadanos que provienen desde la periferia global a ocupar una mano de obra de segunda clase. Durante su campaña electoral descargó su ira contra el mayo galo de 1968 y el carácter universal y democrático de aquellas protestas estudiantiles que sacudieron al mundo, anunciando lo que vendrá en su gobierno: «En estas elecciones se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser liquidada de una vez por todas… No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la «provocación» y el «Estado policial» cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar»… Vivíamos en 1968 un mundo convulsionado como el de hoy. Volver al presente y a esta América Latina, saqueada y torturada en los años 70 y 80 por cruentas dictaduras militares, en particular la Argentina, tan cercana por afectos e historia, nos permite intentar esbozar algún juicio de valor sobre el nuevo referente conservador que integran, entre otros, Mauricio Macri, ex «menemista» y visible dirigente de un grupo empresarial y de un club de fútbol, al mejor estilo Berlusconi, que hará su estreno en el poder en diciembre próximo.
Ni la belleza y atractiva personalidad de Gabriela Michetti, proveniente del Partido Demócrata Cristiano, quien profesa admiración por la Madre Teresa de Calcuta y por el ex canciller federal alemán Konrad Adenauer y a quien los analistas políticos y el pueblo reconocen como una mujer honesta nos eximen de advertir los riesgos de que Argentina repita experiencias políticas truncas.
En su calidad de licenciada en Relaciones Internacionales, experta en temas de comercio mundial e integración, Gabriela Michetti, mujer de enorme talento y manejo mediático, debiera saber que no se hace «bisagra» en la historia ni en la política con un accidente tan trágico como el acaecido en «Cromañón», que costó la vida de muchos jóvenes, por responsabilidad de locatarios y de una banda de rock pirómana que lanzó bengalas en un local cerrado.
En esa realidad hay responsabilidades que hablan de la desintegración familiar y social, de la carencia de educación y valores, de una pobreza espiritual y material, signos inequívocos de una sociedad en decadencia, de la cual, el arte de gobernar también forma parte.
Dentro de esa dinámica, el costo político lo pagó por cierto Aníbal Ibarra, ex jefe de Gobierno, cual estigma de una sociedad que ve el árbol sin observar en su entorno el enorme bosque de fragilidad democrática que viene padeciendo desde el golpe militar de Uriburu en 1933 y el escaso desarrollo de una conciencia cívica y democrática, que el Uruguay de comienzos de Siglo XX y luego de una Guerra Civil desarrolló . No sucedió así en la vecina orilla.
No operaron allí, durante mucho tiempo, los equilibrios que debiera generar el continuo ejercicio del voto popular, la natural rotación de partidos en el poder y el culto a la democracia como forma de vida, en la cual el gobernante es un servidor público, desprovisto de apetitos ajenos a su función y representatividad.
Muy por el contrario, el fracaso del proyecto conservador de los partidos que tradicionalmente han gobernado y ejercido influencia durante el Siglo XX en la Argentina,el caudillismo hecho carne en las reglas de juego de una sociedad democrática y la muy incipíente expresión de una izquierda como alternativa real de gobierno y de poder, entre otros aspectos, determinan la irrupción de Mauricio Macri, acompañado ideológicamente en la región por conspicuas figuras derechistas, que comulgan con él en la recreación de modelos trasnochados como respuesta a los dramas que azotan a Argentina y a toda América Latina, reconvertidos en vengadores y restauradores del orden conservador y de los ajustes fiscales sobre los trabajadores.
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